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Para Grace Pine, una crítica musical de 23 años, su vida y deseos de independencia se concentran en el año 2011, una cápsula del tiempo de esperanzas analógicas que se desvanecen.
Lleva consigo a Montreal una ambición que utiliza como escudo protector: analizar el álbum Jagged Little Pill, de Alanis Morissette, para escribir un libro, dar estructura a una rabia célebre y quizás encontrar un modelo para la suya propia.
Barbie Ferreira presenta esta ambición con una frágil certeza, la creencia de que una nueva ciudad puede transformar a una nueva persona. La película respira el aire húmedo del verano de la ciudad, cargado de la promesa del indie rock y la evolución artística.
Sin embargo, toda búsqueda de una voz propia comienza con un periodo de profunda escucha, y uno se pregunta qué elementos externos responderán cuando Grace le pregunte al mundo quién se supone que debe ser. La búsqueda de la autenticidad suele ser una peregrinación hacia las propias contradicciones.
Montreal no ofrece un refugio; presenta un caos seductor que amenaza con disolver la singular concentración de Grace. La ciudad misma se convierte en un personaje, un laberinto de fiestas en azoteas, lúgubres salas de conciertos y panaderías de bagels que funcionan a su propio ritmo, al margen de las ambiciones mundanas.
El apartamento que encuentra en Craigslist le permite conocer a Madeleine, una compañera de piso cuya vida como DJ es un retrato de inmersión natural en el mismo ambiente que Grace desea documentar desde una perspectiva crítica. Este nuevo mundo cobra vida gracias a la música de Bone Party, un grupo local cuyo rock vanguardista es el himno perfecto para la hermosa apatía que Grace encuentra tan seductora.
La banda actúa como punto central de su perdición, personificada por dos fuerzas opuestas. Está Archie, el guitarrista, cuyo humor irónico e inteligencia discreta ofrecen un camino hacia una conexión genuina. Luego está Chevy, el líder, un imán de ego e indiferencia. No es una persona a la que conocer, sino un fenómeno para experimentar.
Grace abandona inmediatamente el análisis y cae rendida a la órbita del segundo. El libro, su símbolo de autodefinición, languidece. Su descenso es una lenta y metódica desaparición. Empieza a volcar sus habilidades profesionales en el ascenso de la banda, un sacrificio ofrecido en el altar de la aceptación. Este acto es un eco inquietante de compromisos pasados, un ritual de autonegación que parece condenada a repetir.
La película se convierte en un estudio clínico de la fragmentación de su protagonista, explorando el abismo entre su agudo intelecto y sus desconcertantes decisiones emocionales. Su búsqueda de validación externa es una huida del terror de la autoconstrucción; es más fácil verse reflejado en la mirada de otro, por vacía que sea, que construir una identidad desde dentro.
Barbie Ferreira retrata esta guerra interna con una precisión asombrosa. Su interpretación se basa en una torpeza física que oculta una mente inquieta y analítica. Vemos el peso de cada mala decisión en su postura, el cálculo silencioso en sus ojos incluso cuando sus acciones desafían toda razón. La película examina la sombría mecánica del poder.

La cámara no actúa como un testigo objetivo, sino que está ligada a la experiencia subjetiva de Grace. Las decisiones estilísticas no son meras cuestiones estéticas. Son argumentos sobre las formas en que fuimos condicionados a ver y ser vistos en ese momento particular. La meticulosa reconstrucción de 2011 que hace la película es esencial, mostrando un mundo al borde de la hiperconectividad, donde la soledad tenía una forma diferente.
El director del film, Chandler Levack, utiliza este escenario para plantear una pregunta silenciosa pero persistente: ¿cómo se construye uno mismo a partir de los escombros de los propios errores? Los momentos finales de la película no ofrecen respuestas fáciles ni una transformación triunfal. En cambio, se asientan en un estado de aceptación.
Esta gracia ganada no es un destino, sino una comprensión: que la identidad no es un punto fijo al que llegar, sino un proceso fluido, a menudo doloroso. Todos somos simplemente una colección de nuestras propias revisiones.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Adso Films