Cruzando el umbral

Hace ya un lustro y medio que esto que hemos convenido en llamar cine de terror elevado se ha hecho un hueco importante en el panorama cinematográfico de cada año. Tanto, que el cine de terror, en estos últimos años, se ha colado en premios, festivales y acontecimientos varios destacados del celuloide. Amén de las listas de mejores películas de terror que también surgen anualmente.
Si echamos la vista atrás un par de décadas, los filmes de terror podían conseguir el estatus de culto, pero no lograban traspasar los circuitos más minoritarios, a no ser que fueran slashers adolescentes diseñados para la creación de largas sagas. Pero los lectores saben de sobra que no estamos hablando de este tipo de formato cuando hablamos del elevated horror, que usa el miedo desde una perspectiva mucho más artística y sociopsicológica.
No es menos cierto que hay quien afirma que esto el terror elevado es cine gafapasta plagado de esnobismo. Pero la realidad es que el género ha venido para quedarse y para seguir produciendo ideas insólitas, al menos por el momento. Y con una idea insólita, o como mínimo diríamos con cierta originalidad, se fraguó la cinta que hoy nos ocupa.
Todo empezó, para quien no sepa los prolegómenos de la película, con una imagen surgida en la red en 2019 que rápidamente se viralizó hasta llegar a convertirse en fenómeno. En ella, podíamos ver una especie de habitación a modo de despacho, con paredes empapeladas, moqueta y una luz fluorescente a medio gas, y toda la imagen estaba imbuida en un color amarillo rancio que daba verdadera grima. La cuestión es que varios usuarios comenzaron a subir imágenes similares de espacios vacíos que daban un mal rollo impresionante.
Y surgió la moda de los espacios que ahora llamamos liminales, algo así como espacios cuya función sería una muy concreta (por ejemplo, la función de una oficina) pero que vacíos de personas, y con la iluminación adecuada, parecen pertenecer a otra dimensión. Estos espacios fueron bautizados como los backrooms.
A partir de aquí, se lo pueden imaginar, empezó toda una cosmogonía de backrooms, puertas que dan a otras dimensiones, realidades a distintos niveles, y también de entes extraños. Todo un mundo alternativo online que apasionó a un tal Kane Parsons, youtuber jovencísmo conocido como Kane Pixels, que tomó el concepto inicial de los backrooms y empezó una serie de cortometrajes realizados con CGI fotorrealista hace unos cuatro años. No fue hasta el año pasado, con (atención) 20 años recién cumplidos, que Parsons decidió trasladar el mundo de los espacios liminales al cine.
Para su primera cinta, el joven creador ha conseguido reunir a dos nombres centelleantes como son los de Renate Reinsve y Chiwetel Ejiofor. Para más inri, el filme se ha convertido en un estreno que, a modo de cohete, ya ha logrado récord de taquilla en lo que va de año, pasando la mano por la cara a majors y haciendo que Kane sea el director más joven de la historia de Estados Unidos en llevar una película directa al número 1 del box office. Ahí es nada.
Dentro del laberinto
Backrooms se inicia (si obviamos una secuencia de apertura que ya nos otorga ciertas pistas) con la descripción de dos personas corrientes que cargan con un bagaje emocional de alto voltaje. El protagonista de la función es Clark (Ejiofor), un arquitecto frustrado que regenta una enorme tienda de venta de muebles que parece tener más bien escaso público y éxito. Arrastra el trauma de haber sido abandonado por su esposa y necesita acudir a terapia para sobrellevar la ira que ello le ha supuesto.
La comparsa de Clark es precisamente su terapeuta (Reinsve), una joven que también vive encadenada a los recuerdos de una madre desequilibrada y a un desahucio que sufrió cuando esta era aún una niña. Clark encontrará, en el sótano de su propia tienda de muebles, una especie de portal a una dimensión desconocida y laberíntica en la que los elementos de su cotidianidad son reconocibles, pero parecen haber sido alterados parcialmente.

Desde que Clark accede a ese mundo alternativo de color mantequilla, la paranoia y el terror más soterrado se apoderan del espectador. Porque Kane Parsons demuestra donde enclavar los planos perfectamente para retorcer esos miedos viscerales que todos tenemos. Toda la tensión sostenida que supone descubrir cada nueva habitación, cada nuevo recoveco de esos backrooms, cada nuevo detalle, logran calar hondo en cuanto a imágenes y sensaciones. Porque lo que hace Parsons aquí es un ejercicio de terror subliminal, liminal y estilizado, con un diseño de producción excelso. Y este es el hallazgo absoluto de la cinta.
Cierto es que, en su tramo final, una vez se descubre (o al menos se intuye) el pastel de lo que está sucediendo en una secuencia que sucede alrededor de una mesa, la cinta se vuelca argumentalmente hablando en lugares mucho más comunes del propio género. Por supuesto, habrá un deus ex machina que ayude a la finalización del conflicto, no antes sin haber pasado por unos cuantos backrooms más para alargar un supuesto clímax, que quizás sea lo más anticlimático de todo el entuerto. Pero el recorrido por el que la cámara decide llevar al espectador es francamente eficaz.
También no está de más decir que estamos delante de la típica obra con ínfulas de alcanzar cierta trascendencia mental que a algunos les parecerá una soberana tontería, mientras que a otros creerán haber encontrado un nuevo Santo Grial dentro del cine de terror. Desde luego, Parsons lo que nos demuestra es que tiene inventiva visual de sobra, y que sabe lo que maneja entre sus manos. Porque lo que Parsons quiere es transmitirnos esa angustia contemporánea que todos vivimos, la incertidumbre social de la soledad, del desamparo o del desarraigo. Incluso podríamos atrevernos a decir que la obra pretende, al unísono, deconstruir los códigos del cine de terror clásico.
Backrooms es cine hecho de texturas, de muchos interrogantes y pocas respuestas, de ideas líricas pero terroríficas a la par, cine sensorial que también implica cierta opinión sesuda. Incluso cuando su relato sufre algún que otro traspié, el producto resulta sugerentemente singular, lo que nos pronostica que su artífice nos deleitará pronto con una nueva rareza que consumiremos con buena gana.
Escribe Ferran Ramírez | Fotos Elástica films