Minimalismo inquietante y complejo

Laura, una joven estudiante de música en Berlín (Paula Beer), sufre un accidente automovilístico en el que muere su novio. Ella sale del golpe milagrosamente ilesa a nivel físico, pero está profundamente afectada y deprimida. Betty (Barbara Auer), es una vecina que presenció el accidente, la recogió y la llevó a su casa.
En realidad, es Laura quien, de forma inesperada, le pide a su salvadora quedarse en su casa y esta le ofrece alojamiento para que pueda recuperarse. Betty es una mujer de edad mediana con un marido Richard (Matthias Brandt) y su hijo Max (Enno Trebs), ambos mecánicos de coches.
Tras pasar un tiempo con ellos, encuentra consuelo y apoyo para volver a encarrilar su vida. Emplea su tiempo en la jardinería y en tareas domésticas como la cocina, está serena y tranquila en un entorno acogedor.
Esto no quita para la joven observe gestos y detalles en la familia que no acaba de comprender. Lo cual le lleva a preguntarse quiénes son realmente y qué oscuros secretos esconden.
Estamos ante un sutil drama psicológico del director y guionista Christian Petzold, que explora, entre otros, las maneras poco convencionales en que las personas traumatizadas encuentran la forma de sanar tras un trauma severo.
Esta es la cuarta colaboración entre Petzold y la actriz Paula Beer, en una cinta que es un ejercicio de economía, reducida a lo esencial. Aunque es una obra sutil que ofrece grandes recompensas y puntos de interés para quien sabe mirar.
Miroirs No. 3 (que toma su título del tercer movimiento de una suite para piano de Ravel) es una elegante demostración de lo que se puede lograr con ingredientes limitados en manos de un equipo creativo ingenioso y un reparto de primera categoría.
La modesta escala de la película quizás explique su estreno en la Quincena de Realizadores de Cannes en lugar de en la competencia principal, sin embargo, su enfoque discreto e íntimo ya parece haber cerrado acuerdos interesantes para la película.
Los temas de la pérdida y el duelo sugieren el paso a un terreno melancólico y reflexivo para Petzold. Pero la cinta maneja su carga emocional con ligereza. Y si bien esta enigmática película no es una comedia propiamente dicha, se vislumbra un humor sutil entre la historia de Betty y su familia, y su nuevo huésped.
Beer está brillante en su papel de Laura, que interpreta de manera magnética y con opaca calidez; el rol de una mujer segura de sí misma pero atormentada, a quien conocemos cuando al principio del metraje andaba mal vestida y mirando distraídamente un río, como si estuviera la intención de arrojarse a él.
El magnetismo personal de Paula Beer, junto con la insinuación de una compleja vida interior, la convierten en un personaje fascinantemente enigmático: una persona en la que los demás proyectan sus propias necesidades.
De todos los personajes clave de la historia, Laura es quien menos sabe de su sufrimiento. Sin embargo, Beer transmite con convicción, desde el principio —incluso antes del accidente que acaba con la vida de su pareja—, la sensación de que algo anda profundamente mal.

Parte de la gestación y evolución de la crisis de salud mental de Laura se expresa a través del diseño de sonido de la película, a cargo de Dominik Schleier, colaborador habitual de Petzold. En las escenas iniciales, en las que Laura deambula, desconectada y a la deriva por las calles de Berlín, los sonidos de la ciudad son estridentes y abruptos, un asalto abrumador para una joven que encuentra el mundo demasiado difícil de sobrellevar.
Más tarde, en casa de Betty, los sonidos ambientales adquieren una cualidad melódica reconfortante: el canto de los pájaros cobra protagonismo, junto con el suave susurro de la brisa entre las hojas.
Por fortuna, la película no revela la naturaleza exacta del malestar de Laura. Sin embargo, el dolor de Betty se manifiesta con mayor claridad. Hay una profunda necesidad en sus ojos desde el momento en que ve a Laura por primera vez.
De hecho, hay un lapsus significativo cuando Betty llama a la joven por error, Yelena, lo cual pone nombre a su hija perdida, la pérdida de su vida.
Las reacciones de desconcierto del esposo de Betty y su hijo Max al encontrarse con Laura por primera vez dan una idea de la magnitud de la crisis que la familia ha estado afrontando hasta ese momento.

La presencia serena y misteriosa de Laura en la casa actúa como catalizador. Richard y Max, quienes habían estado viviendo fuera del hogar familiar, vuelven a ser visitantes habituales. Y los problemas en la vida doméstica —un grifo que gotea, un lavavajillas, un piano desafinado, una bicicleta, el mismo matrimonio de Betty y Richard— se van solucionando poco a poco.
Pero este oasis de armonía hogareña es precario. Finalmente, Max se siente obligado a revelarle la dolorosa verdad a Laura cuando le espeta que ella no es su hermana, incluso golpeándola por la emoción. Tras esta revelación, el enfoque minimalista de Petzold en la narrativa comienza a resultar evasivo.
Así, Laura es un ángel caído que ha vuelto a la vida después de un accidente de coche para reencarnarse en una ausencia que había disuelto la unidad armónica de una familia de clase media.
La película gira alrededor de esta anécdota, que puede resultar exigua para algunos espectadores, pero que deja espacio para un extraño y fantasmagórico trabajo de atmósfera, donde la fascinación mutua entre dos mujeres, una de ellas el duplicado de una imagen vacía, de un recuerdo, revierte en un elogio de los cuidados.
En mi opinión, esta es una de esas películas que se habrían beneficiado de unos minutos más, aunque solo fuera para darnos la oportunidad de pasar algo más de tiempo en compañía de estos personajes tan complejos y cautivadores.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin