Editorial junio

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Jóvenes rebeldes

Aparte de la canícula, que ha golpeado con fuerza este junio sobre todo en Francia, es típico de junio ponderar el palmarés de Cinema Jove, festival que se ha celebrado en la ciudad del Turia del 16 al 27 del mencionado mes.

En esta edición de 2026 se ha otorgado el premio Luna de València, que es el principal, a la película Filipiñana, de Rafael Manuel. La cinta del realizador filipino, inspirada en uno de sus cortometrajes, también ha sido la favorita del público. Se dice de esta denominada sátira social que parece tener reminiscencias de Haneke y Lynch, aunque suavizada por ciertos toques de humor negro.

En el apartado de cortometrajes el premiado ha sido Ningú borda, de Júlia Coldwell, mientras en la sección de series el galardón ha ido a parar a la sueca Hundarna.

Es interesante esta referencia a Cinema Jove no solo porque lo manda la tradición de nuestra revista, sino porque señala que el talento sigue vivo y que hay un circuito ajeno a las grandes productoras que entrega obras muy notables.

Esto viene al caso porque últimamente en la gran pantalla se está dando una especie de relevo cinematográfico interesante: en primer lugar, la tan esperada película de Steven Spielberg, El día de la revelación, muestra cómo las grandes estrellas también se apagan –o, Dios no lo quiera, estallan como supernovas– de modo inexorable, aun contando con grandes campañas promocionales.

Spielberg, como no podía ser de otra manera, ha reventado las taquillas en su primera semana, pero el entusiasmo ha dejado paso pronto a la decepción: se dice de su película que es rutinaria y hasta en determinados momentos absurda, y el hype creado por el estreno del verano –con el permiso de Nolan y su Odisea, que también produce más desasosiego que esperanza– se ha desinflado a la velocidad de la luz, como un soufflé intergaláctico.

Sin embargo, el joven talento del que hablábamos antes se abre paso en forma de producciones independientes que también –y de qué manera, oiga– arrasan en taquilla. Hablamos por un lado de la inquietante y sugerente Backrooms, cuyo director Kane Parsons acaba de cumplir 21 añitos este 18 junio, aunque ya lleva realizando cortometrajes desde los 16.

Este su primer largo, producido por A24, ha costado 10 millones de dólares y ya lleva recaudados 330. Si bien el trabajo de dirección y la arquitectura narrativa aún son mejorables, no cabe soslayar la profundidad psicológica de su propuesta, que de seguro se sustanciará en productos más acabados en próximas películas, ya estén vinculadas a la saga de los cuartos amarillos, ya a cualquier otra pesadilla liminal y surrealista.

El otro joven prometedor es Curry Barker, de tan solo 26 veranos. Un realizador que también se curtió en los cortometrajes antes de entregar su muy exitosa Obsession. La película sobre relaciones tóxicas y deseos cumplidos, incluso supera los guarismos de Backrooms, dado que costó menos de un millón de dólares y lleva recaudados 370.

Una verdadera y divina locura, un soplo de aire fresco que muestra que la originalidad y el talento venden más que los guiones hechos como salchichas e inflados con grasas hidrogenadas de CGI. Tomen nota, productoras viejunas: en YouTube hay una mina creativa por explotar; una que no se ciñe a las absurdas reglas de los códigos HAYS o RIS (estándares de representación e inclusión actuales) y que además consigue mucho con muy poco dinero.

Curry Barker, de tan solo 26 veranos. Un realizador que también se curtió en los cortometrajes antes de entregar su muy exitosa Obsession

¿Arde París?

Hablando de aire fresco, con el estío galo la cosa se pone caliente: resulta que se ha desencadenado una especie de batalla cultural sobre la influencia climática del aire acondicionado y sobre la conveniencia de su instalación para aliviar el asfixiante calor que padecen últimamente: los hay que defienden que la vida –cómoda– es lo primero y que los splits refrescantes son una necesidad humana básica en tiempos de cambio climático; por otro lado, los ecologistas y apocalípticos –no necesariamente en la misma medida y por las mismas causas– sostienen que instalar aparatos refrigerantes degenera el medio ambiente, consume una gran cantidad de energía y además recalienta –si tal cosa fuera posible– aún más el exterior de las viviendas, haciendo entrar en espiral ascendente las necesidades refrigeratorias.

Probablemente ambos tienen parte de razón, aunque la cuestión es que como hemos dicho, esto ha degenerado en una batalla cultural e ideológica: se supone que los que defienden el aire acondicionado son de derechas y los que abominan de él son de izquierdas.

Procurando surfear un poco sobre los simplismos, aquí procuraremos dar unos sabios consejillos para superar a la vez las batallas ideológicas y los calores.

En primer lugar, cabe constatar que Francia tiene grandes excedentes de electricidad, suministrada por sus 57 reactores nucleares. Aunque algunos de ellos han reducido su producción precisamente por el calor, el argumento del consumo excesivo de los aparatos no parece que sea de peso en un país que genera fluido eléctrico muy por encima de sus necesidades. Punto para los refrigeristas, si no fuera porque la energía nuclear tampoco tiene muy buena prensa ni puede considerarse absolutamente limpia: desde la altura de sus torres, más de cuarenta siglos de residuos nos contemplarán.

Más seria es la objeción de las emisiones: aquí la única opción para mantener los aparatos en marcha sería la de operar solo con aquellos que no emitan gases fluorados, cosa que ya es posible y no debería ser problema para una potencia tecnológica como Francia. La ventaja de que el país galo decida apostar por esta vía es que sin duda resultaría en un avance en las investigaciones sobre este tipo de refrigerantes, que redundarían en una mejora ecológica a nivel internacional. Aquí, de momento parecen apuntarse un tanto los ecologistas, pero si lo pensamos bien, es un argumento en favor de la evolución tecnológica mediante el uso. Empate.

En el calor de la noche, de Norman Jewison

Cine de verano

Podríamos seguir perorando a favor y en contra del uso del aire acondicionado con argumentos más o menos banales, pero todo esto en realidad no es más que una excusa para recomendar a nuestros vecinos del norte que vayan al cine: incluso en la patria de Godard se tolera que las salas estén climatizadas, así que si quieren huir de los rigores del verano, lo mejor es buscarse una buena peli y encerrarse en la sala oscura. Mejor si es sesión doble, que me consta que en las Galias todavía se resisten algunos a la invasión de las multisalas. Allí pueden verse incluso clásicos como los que les sugiero.

Y es que el calor sofocante ha sido utilizado por muchos directores como algo más que un elemento ambiental: se convierte en una fuerza narrativa que acentúa la violencia, el deseo, la paranoia, el agotamiento o la decadencia moral, y a veces todo a la vez. Aquí tienen una selección de películas en las que el calor resulta casi un personaje más, para que puedan disfrutarlas en la refrigerada sala del cine viendo cómo sufren los protagonistas.

Haz lo que debas, de Spike Lee, cuenta cómo durante el día más caluroso del verano en un barrio de Brooklyn, las tensiones raciales y sociales aumentan hasta desembocar en un estallido de violencia. El calor impregna cada escena y simboliza la presión acumulada entre los personajes interpretados por el propio Spike Lee, Danny Aiello, Gian Carlo Espósito y John Turturro.

En el calor de la noche, de Norman Jewison, donde un detective afroamericano –Sidney Poitier– debe colaborar con la policía de un pueblo del sur profundo. Aquí el caloret del verano refleja el ambiente opresivo del racismo y la desconfianza mutua.

En Barton Fink, Joel y Ethan Coen cuentan cómo un dramaturgo –John Turturro de nuevo sudando en el cuartucho de un inquietante hotel–  llega a Los Ángeles para escribir un guion. La atmósfera húmeda, pegajosa y asfixiante contribuye a la sensación de pesadilla onírica. O quizá sea la propia idiosincrasia de Hollywood.

La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, es un clásico en el que la temperatura contribuye a la sensación de encierro y angustia: James Stewart, un fotógrafo impedido por la rotura de una pierna, observa a sus vecinos a través de su teleobjetivo durante una ola de calor. La supuesta contemplación de un crimen le hará tener sudores fríos durante todo el metraje.

Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet, nos sitúa en una sala sin apenas ventilación durante un día extremadamente caluroso. Allí, doce miembros de un jurado deliberan sobre un crimen en el que la culpabilidad del reo parece cantada. El calor exacerba los conflictos y las discusiones y a veces se utiliza como excusa para acabar pronto con un juicio que podría condenar a un inocente, aunque con una conciencia refrigerada por una buena cerveza frente a un ventilador en casita.

También tenemos El largo y cálido verano, de Martin Ritt. En este film, cuyo título ya lo dice todo, se narra la llegada de un joven ambicioso –Paul Newman– a una comunidad sureña donde el calor parece alimentar la pasión, el orgullo y los enfrentamientos.

Pero si no queremos olvidarnos de los ecologistas franceses, podemos añadir como off topic El síndrome de China, de James Bridges, que ficcionaba sobre un accidente nuclear en California y que anticipó casi punto por punto el incidente de Three Mile Island en Pensilvania tan solo doce días después de su estreno. 

O bien Into Eternity, del danés Michael Madsen –nada que ver con el actor fallecido hace exactamente un año–, un documental que nos ilustra sobre la duración cuasi eterna de los residuos nucleares. Abríguense, porque ambos les pueden dejar helados.

El largo y cálido verano, de Martin Ritt

Quedarse fríos

Lo que sí nos ha dejado fríos es la inesperada muerte de Marjene Satrapi, la historietista y directora de cine franco-iraní famosa por Persépolis, cómic que dio lugar a una película homónima. Se dice de Satrapi que falleció de pena tras la pérdida hace un año de su esposo. Quienes la seguíamos podemos entender perfectamente la hondura de su tristeza: pocas personas han sabido llevar al arte con tanto talento su intensidad para amar.

Por lo demás no podemos despedirnos sin lamentar la terrible tragedia que ha padecido Venezuela. Un doble terremoto ha castigado una zona densamente poblada en un país ya de por sí roto y desamparado. Hay inquietud por las cifras de víctimas y por las supuestas objeciones del ahora protectorado trumpista en manos de Delcy Rodríguez a que se conozca la magnitud real de la tragedia. Esperemos que por una vez la intervención norteamericana sirva para algo más que un cambio de cromos y se imponga la responsabilidad frente a la conveniencia, enviando toda la ayuda necesaria.  

Y así, mientras América se debate entre la alegría mundialista y el pesar del país caribeño, nosotros nos despedimos hasta el próximo mes, esperando nuevos estrenos que acudir a ver al cine.

Aunque sea solo por el aire acondicionado.

Escribe Ángel Vallejo

La inesperada muerte de Marjene Satrapi, la historietista y directora de cine franco-iraní famosa por Persépolis