Cosas que no olvidaré (4)

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Siempre la vida

«Todo lo que nos ha sucedido
es de una riqueza inagotable».

(Cesare Pavese)

De considerable valía es el nuevo largometraje del cineasta italiano Alessandro Aronadio: Cosas que no olvidaré (Per te). La película, basada en hechos reales, se centra en Paolo, excelsamente interpretado por Edoardo Leo, un hombre de 40 años que empieza a sufrir alzhéimer.

La obra, a través de una brillante mezcolanza de comedia y drama, aborda cómo la enfermedad transforma las relaciones del protagonista con los distintos componentes de su familia: la mujer, el hijo, el hermano. Sin grandes pretensiones, el filme resalta por su sencillez y emotividad.

A mi modo de ver, el gran acierto de Cosas que no olvidaré consiste en haber logrado ese difícil equilibrio entre los momentos humorísticos y las secuencias dramáticas. La risa y el dolor confluyen en la propuesta cinematográfica como en la vida.

En el ámbito interpretativo, Teresa Saponangelo, que encarna a Michela, la mujer de Paolo, y Javier Francesco Leoni, que se mete en la piel del hijo de ambos, Mattia, de 11 años, ofrecen dos actuaciones espléndidas y dan muy bien la réplica a Edoardo Leo.

En los dos tercios iniciales del largometraje, Aronadio y el montador, Roberto di Tanna, ofrecen una lección sobre cómo contar una historia a dos bandas: las escenas de Paolo con su mujer y las escenas de Paolo con su hijo. Especialmente brillantes son estas últimas, como cuando Paolo enseña a conducir a su vástago o cuando intenta preparar con él la receta de raviolis que aprendió en su infancia.

Bajo el caparazón cómico, se halla el intento del personaje principal de aprovechar el tiempo, incluso recuperarlo, ahora que siente que el tiempo y su capacidad de manejarlo se le escapan de las manos. Entrañable es la figura del muchacho, bondadoso, inteligente y comprensivo, que, desde los ojos de la niñez, desde la mirada del deslumbramiento, va tomando conciencia de la gravedad de la dolencia de su padre. El ritmo narrativo, fluido y ameno, como ocurre con las películas de Nanni Moretti, posibilita que la película no caiga ni en el melodrama ni en el sentimentalismo.

La película posee, asimismo, el mérito de que, por medio del relato de cómo avanza el alzhéimer y de cómo afecta este avance a la vida de Paolo y de sus familiares, se efectúa la reconstrucción de su propia historia, con sus múltiples vertientes existenciales. De esta forma, a través de la escena de la discoteca entre Paolo y Michela, se da un paso hacia el pasado, a modo de flashback, para contarnos cómo fue el inicio de su idilio amoroso.

Cuando en la última parte del filme, con el giro temático provocado por la aparición del personaje de Nicola (Giorgio Montanini), pienso que este nuevo personaje enriquece la diégesis fílmica, pero queda en una posición periférica con respecto a la relevancia de Mattia y Michela.

En el hogar del hermano, una casita junto al mar, se produce una de las secuencias de la obra, una escena muy bergmaniana, cuando Paolo se reencuentra en la cocina con su madre, fallecida tiempo atrás, pero que continúa viva en sus recuerdos. El espectador valorará si quien habla es el hombre adulto, con la mochila cargada de experiencias y con la dificultad de enfrentarse a una grave enfermedad, o el niño que nunca abandonó del todo, el niño que nunca dejamos de ser.

En Cosas que no olvidaré se produce un hermoso homenaje al cine, un tributo que recibe la ascendencia de Tornatore. Así, hay maravillosos guiños a las películas mudas de Buster Keaton, a Rocky (1976), a Cantando bajo la lluvia (1952). Para el recuerdo, la escena en el restaurante, en blanco y negro y sin sonido, donde Paolo y Michela ofrecen una variopinta galería de gestos y movimientos, transmisores de emociones, como en las películas de hace cien años.

Con un humanismo deudor de Renoir y Ford, con la herencia significativa de la comedia italiana

Por otro lado, la obra de Aronadio plasma con genialidad algunos elementos destacados de la cultura y la sociedad italianas. Sobresalen la escena de la ópera, cuando Michela y Paolo, asisten a la representación de Tosca, de Puccini, o la secuencia en la playa, cuando Mattia, Paolo y Nicola juegan al fútbol. La música profundiza en la conflictividad anímica del protagonista. El deporte favorece la reconciliación de los dos hermanos, a la vez que los vincula al universo infantil del niño.  

El largometraje de Aronadio se basa en una noticia real de 2021. Un niño veneciano, Mattia Piccoli, recibió el título de Abanderado de la República por parte del presidente Sergio Mattarella, con esta mención: «Por el amor y la dedicación con que apoya a su padre Paolo, afectado por una forma temprana de Alzhéimer». 

Aronadio decidió no reunirse con la familia de Mattia para crear su película con total libertad cinematográfica. De hecho, trasladó la historia a Roma y no incluyó en la misma a Andrea, el hermano menor de Mattia. El cineasta afirma: «Es una película sobre personas que se preocupan por otras personas, que saben cómo encontrar apoyos en los momentos difíciles».

Con un humanismo deudor de Renoir y Ford, con la herencia significativa de la comedia italiana, Cosas que no olvidaré nos devuelve el cine de las historias, de las personas, el cine que intenta comprender ese milagro cotidiano, refulgente y doloroso, que llamamos vida.

«¡Y nunca he amado tanto la vida!».
(Giacomo Puccini)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos BTeam pictures