Volver a casa
Pues sí. Es un mes de retornos.

No crean que hablo de los infelices que agotan su merecido mes de vacaciones en julio, que también, sino de aquellos que habiendo tocado la gloria vuelven a casa para compartir sus mieles. A esta hora, a menos que hayan pasado este tórrido mes de julio encerrados en la cueva más profunda, ya sabrán que la Selección española ha conseguido el campeonato del mundo de fútbol –masculino, ahora hay que decirlo– tras apabullar a Francia, Argentina y un poco menos a Bélgica y Portugal.
No hubo discusión, a menos que uno tenga menos ojos en la cara que el Cíclope odiseico, sobre lo merecido de un campeonato que no auguraba tan venturoso término cuando el combinado español se enfrentó a la sorprendente Cabo Verde. Pero como ya es canónico, parece que a esta selección se le da bien comenzar mal, y tras recibir algún que otro arañazo y golpiza de los seleccionados australes –valga el apelativo tanto para los uruguayos como los argentinos–, los chicos de De La Fuente alzaron en su foto finish junto a Trump el trofeo de campeones.
Los campeones retornan y pasean su trofeo y sus medallas por los rincones de una piel de toro que arde, no solo metafóricamente, mientras decenas de miles de vecinos abandonan sus hogares con la esperanza de volver.
Porque los incendios, más furiosos que la roja y más intensos que nunca, arrasan un número de hectáreas inconmensurable aunque se quiera traducir en campos de fútbol, tan familiares en sus dimensiones hasta para el más lego en el deporte rey. Ya van más de ciento cincuenta mil hectáreas en lo que se ha calificado como el peor año de la historia, y es un año que en lo pírico sólo acaba de comenzar.
Retornan los reproches absurdos, insultantes para la inteligencia de la ciudadanía, las excusas baratas, los golpes en el pecho, el recurso al pensamiento mágico y a los pactos siempre enunciados y nunca cumplidos.
Vuelve lo peor de la política cuando algunos no saben siquiera si podrán volver a casa.
El mes se despide también con la sorprendente irrupción de miles de marroquíes en Ceuta a través del paso del Tarajal, llamados a cruzar la frontera según parece por la reciente sentencia del Tribunal Supremo que dice que no se les puede «devolver en caliente» si acceden a través del franco paso marítimo, que no puede considerarse una frontera artificial al uso.
Tan llamativo como la entrada parece haber sido el regreso: los ciudadanos alauitas no han encontrado Lestrigones que los apedreen ni hechiceras que los encanten, pero han despertado rápidamente del sueño lotofágico en la medida en que han visto que nadie iba a acogerlos en España como si aún imperase la Xenia o Ley de Zeus, recuperando con ello el deseo del retorno a un hogar que, si bien no demasiado rico, sí resulta más real que lo que prometen los cantos de sirena de mafias y monarcas sibilinos acerca de los paraísos allende las columnas de Heracles.
Lamentablemente al menos 59 de ellos ya no volverán. Se los tragó una insaciable Caribdis que no sabe de sueños de futuro ni esperanza y que en su voracidad no distingue entre aqueos y troyanos.
Laertíada, casta de Zeus, ingenioso Odiseo…
Ha vuelto Nolan, como es habitual, para reventar las taquillas de un verano pródigo en estrenos. Lo ha hecho como siempre con interesada polémica –no en vano el tráiler y las fotos del rodaje calentaron ya a un personal dispuesto a lanzarse al cuello del realizador–, pero también, no hay que negarlo, con unas gotas de buen cine.
Poco puede añadirse a la prolija crítica que Juan Ramón Gabriel ha realizado sobre La Odisea de Nolan que no sea ya una modesta opinión propia.

Se ha discutido mucho sobre si es lícito reinterpretar un clásico y aun sobre si todo vale a la hora de reinterpretarlo. En mi opinión, la respuesta a la primera pregunta es afirmativa y la segunda discutible, pero creo que Nolan ha reinterpretado dentro de los límites de lo aceptable y ha entregado una obra estimable a la que apenas puedo reprocharle algunos desajustes técnicos referentes a su torpeza para realizar escenas de acción y a la incapacidad para encontrar un tono narrativo acorde con las solemnidades del texto.
Veamos: dentro del catálogo de versiones cinematográficas de La Odisea las hay de varios tipos: aquellas que quieren ser fieles al original –por supuesto sin lograrlo, porque la propia interpretación de una obra milenaria se hace a través de la lente contemporánea de los nuevos rapsodas–, como las de Mario Camerini con Kirk Douglas y Silvana Mangano o la serie de televisión de Konchalovsky con Armand Assante y Greta Scacchi, o por otro lado aquellas que hacen una adaptación tan libre que resulta ocurrente de puro grotesca, como sucede con la O’Brother, de los hermanos Coen.
He dejado a un lado El regreso de Ulises, penúltima versión de La Odisea, de Uberto Pasolini, protagonizada por Ralph Fiennes y Juliette Binoche porque, constituyendo un tercer tipo de acercamiento al clásico, según el cual apenas una idea de la obra constituye el eje central en torno al que se desarrolla la revisión del mismo, esta se parece tanto a la de Nolan –aspectos formales aparte– que merece ser comentada por separado.
Y es que en una revisión vale casi todo, sí, siempre que esta no pervierta o desvirtúe absolutamente el espíritu original –y eso es difícil porque algo llega a ser un clásico por atesorar una miríada de perspectivas hermenéuticas–, y a fe mía que este no es el caso de las películas de Pasolini o de Nolan. Ambas se enfocan desde el punto de vista de un ciudadano occidental del siglo XXI, que siendo conocedor de la psicología y de la historia, ha constatado la devastación de guerras cada vez más crueles y cada vez más cercanas a su propio territorio.
Ambos realizadores recrean un Ulises que, más que perdido o maldito, se muestra inconscientemente reacio a volver a casa temeroso de lo que pueda encontrar allí. El Odiseo de Pasolini y Nolan es un héroe con estrés postraumático, pero sobre todo cargado de culpa porque ha asumido que las tretas por las que se volvió universalmente conocido destruyeron un mundo que ya no volverá sino en los cantos, a veces tan épicos y edulcorados, que harán olvidar los errores que sus protagonistas cometieron, condenando a las nuevas generaciones a repetirlos.
Pero he aquí que lo valioso de estas versiones de La Odisea es que se hacen eco, mediante una reinterpretación oscura pero legítima, de interpretaciones implícitas y no menos verdaderas que las canónicas, puesto que también se hallaban potencialmente en la semilla originaria.
Así llegamos a la paradoja de que, cuanto más «fiel» parece una adaptación a la obra original, más nos hace eludir alguno de sus posibles sentidos, potencias que florecen en cada época y con cada expresión de lo humano, eso que resulta tan glorioso y a la vez tan sórdido como la personalidad del astuto Odiseo, el rico en ardides.

Se nos va Manolo Solo
Trágica como el destino de los héroeses la voluntad de los dioses de llevarse pronto a los que más aman.Así, al cierre de este editorial nos golpea la inesperada noticia del fallecimiento de Manolo Solo, uno de esos magníficos secundarios que da el cine español y que poseía un registro tan amplio como versátil.
Solo era un rostro familiar en las producciones más recientes de nuestra filmografía. Uno de sus personajes más convincentes fue el Gutiérrez Mellado de la serie Anatomía de un instante, de Alberto Rodríguez, que se estrenó este mismo año en Movistar +.
Quizá por ese aire de funcionario de oficina que transmitía, Solo se ha prodigado interpretando a jueces, políticos y ejecutivos, no pocas veces marcados por el servilismo e incluso la corrupción. Pero en la serie basada en el libro de Cercas se mostraba sereno y comedido, como correspondía a ese personaje clave de la Transición.
Actor de referencia para Rodríguez, con él también actuó en El traje, 7 vírgenes, La isla mínima y en la serie La peste, y sin embargo, su papel más celebrado fue en la película Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, con el que ganó un merecidísimo Goya gracias a una voz tan rota como la vida del personaje que interpretaba.
Solo fue alcanzando galones poco a poco, hasta convertirse en protagonista en varios filmes de directores tan señalados como Víctor Erice, en Cerrar los ojos, o Avelina Prat en Una quinta portuguesa.
Se va demasiado pronto, con mucho cine por hacer, dejándonos como testamento Aquí, de Tiago Guedes, un filme que se estrenará en enero de 2027 y que pasó por la sección Première de Cannes.

El final de Damien
Justo en las antípodas de nuestro país, desaparecía también el actor Sam Neill, conocido por su larga carrera cinematográfica entre Hollywood y Australia, principalmente por sus papeles en grandes producciones como la última entrega de La profecía (El final de Damien), Evasión o victoria, A la caza del Octubre rojo, Parque jurásico, Calma total o El piano.
Actor de mirada intensa y a veces socarrona, transmitía madurez incluso desde su juventud. También era capaz de sugerir terror, desconcierto y ternura. Estuvo a punto de ser James Bond en Alta tensión, pero el papel fue para el insulso Timothy Dalton; También sonó para Elrond en El Señor de los Anillos, pero enfrascado en el rodaje de la fallida Parque jurásico III, el papel fue para otro actor austral, Hugo Weaving.
No obstante todos esos renombrados éxitos, a mí me agradó especialmente su papel en un filme menor: The hunt for the wilder people, de Taika Waititi, donde interpretaba a un huraño, iletrado y asilvestrado superviviente que de repente se ve obligado a cuidar a un niño adoptado por su mujer, recientemente fallecida. Una comedia tan sorprendente como humana, que nos habla del diálogo intergeneracional entre perdedores, de gente inadaptada que no es capaz de regresar a casa sencillamente porque nunca ha tenido una. Una fábula con happy ending que al fin y al cabo sugiere que solo hay que tener suerte y sabiduría para encontrarla.
Visto lo visto este mes de julio, el problema algunos de nuestros conciudadanos es otro: muchos suspiran, a veces, por no perderla
Escribe Ángel Vallejo
