Dos fiscales (3)

Published on:

El malévolo terror estalinista

Corre el año 1937, cuando al prisionero de una cárcel soviética le ordenan que proceda a quemar un saco lleno de correspondencia de otros reclusos. Antes de hacerlo echa una ojeada y salva una de las cartas que va dirigida a la fiscalía regional.

La carta es de Stepniak (Aleksandr Fillipenko), un anciano gravemente enfermo preso de alta seguridad en la prisión de Bryansk, escrita con sangre en un trozo de cartón. La carta alega que los servicios de seguridad, el NKVD, no respetan el estado de derecho y utilizan las prisiones y el sistema judicial para torturar y asesinar a una generación de veteranos del partido como él.

Esa misiva acaba llegando a manos de un joven fiscal, Alexander Kornev (Aleksandr Kuznetsov), recién nombrado, que acude a la cárcel para entrevistarse con su autor. La carta habla de una condena sin motivo, y hace todo lo posible por reunirse con el condenado, estrechamente vigilado. Con un riesgo que nuestro fiscal novato aún no conoce bien.

Un escalofrío gélido de miedo y paranoia justificada desprende esta película cruda, austera y a la vez fascinante de Loznitsa, ambientada en el estalinismo soviético y basada en un relato del disidente escritor y científico Georgy Demidov, que estuvo recluido en el gulag durante catorce años y fue acosado por el Estado hasta su muerte a finales de los años 80.

Película dirigida por Sergei Loznitsa, adapta una novela de Georgy Demidov, víctima como sus personajes de las purgas estalinistas y el gulag, y cuya obra sólo se publicaría póstumamente.

Entre fiscales

El preso resulta ser otro fiscal prestigioso, profesor que fue del joven fiscal Konev, injustamente acusado por la KKVD, o Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Horrorizado por el estado deplorable de Stepniak y las muestras de tortura en su cuerpo, consciente de la respetada erudición y experiencia jurídica de Stepniak, Kornyev toma un tren a Moscú, convencido de que los lugareños no harán nada.

No hay en el metraje lugar para los sentimentalismos o torturas brutales, pero lo que cuenta Loznitsa llega al corazón del espectador. Bien elegida la música de Christiaan Verbeek y la paleta fotográfica de colores apagados de Oleg Mutu.

El protagonista Aleksandr Kuznetsov hace un magnífico trabajo como miembro del partido y profesional idealista con convicciones, que no teme arriesgar su vida por hacer lo que cree que debe hacer. Pero claro, son «malos tiempos para la lírica» (como decía la canción de Golpes bajos).

Tenaz, aguanta las impertinencias burocráticas de los guardianes y el propio director de la cárcel, hasta acceder a la celda donde se encuentra con Stepniak, un hombre envejecido prematuramente, decidido a seguir en su esfuerzo por la verdad.

George Orwell parece inspirar esta obra de escenas lentas filmadas desde una sola posición de cámara

Entre puertas

La puerta que nos da acceso a esta soberbia película y a un espantoso establecimiento carcelario es un enorme portón metálico. Nada bueno ocurre tras él. Ni al principio ni al final. Estamos en la Unión Soviética y, como nos informa prontamente el título, en «el apogeo del terror de Stalin».

No desvelamos nada ni es spoiler decir que, más adelante, esta puerta implacable se abrirá por segunda vez, antes de cerrarse con la fatalidad de un telón que cae de nuevo sobre una tragedia histórica. Parafraseando a Marx: «La historia ocurre primero como tragedia y después como farsa»; o sea, se repite a nuestro alrededor permanentemente como una obra grotesca carente de gracia.

Mientras, guardias con rostros adustos dan órdenes a gritos en el patio amurallado —una muestra de diseño de producción de Jurij Grigorovič y Aldis Meinerts—; y una trompeta cómica suena y le da a la imagen un toque que curiosamente me ha recordado a Jacques Tati.

George Orwell parece inspirar esta obra de escenas lentas filmadas desde una sola posición de cámara, permitiendo que fluya la ansiedad, pues trata de una burocracia maligna que se protege y se reproduce, infectando a quienes la desafían con un bacilo de miedo y culpa.

Son represaliados, personas que, como pronto sabremos, no han cometido delito alguno, salvo el de querer ser honestos en un encuadre social

Los represaliados

Equipos de reclusos desnutridos y con aspecto desaliñado, son forzados a realizar trabajos duros para sostener un Estado corrupto y paranoico.

No abunda la película en grandes grupos de encarcelados, pero en los pocos que salen en pantalla queda patente la tortura y la muerte. Son represaliados, personas que, como pronto sabremos, no han cometido delito alguno, salvo el de querer ser honestos en un encuadre social y político sustancialmente indecente y corrupto.

Pareciera sacada la historia de La casa de los muertos, de Dostoievski (que fue detenido en 1849 por «crímenes contra la seguridad del Estado» y condenado a muerte), y también, con la aparición de dos hombres extrañamente sonrientes que cantan en un vagón de tren, nos trae a la memoria El castillo de Kafka. El filme está lleno de una tintura literaria terrible y asombrosa.

El protagonista

Kornev, con su perfil de boxeador y su mirada directa, es un fiscal novato, inteligente y con principios, y toda la situación le pilla un poco desprevenido. Pero acaba viéndose cara a cara con el dramático Stepniak, el recluso que escribió la nota.

Kornyev no tarda en reconocerlo como un pensador otrora respetado que habló en el aniversario de su facultad de derecho sobre el tema de «La gran verdad bolchevique», el cual relata su historia de maltrato e injusticia a manos de la NKVD local (policía secreta).

La búsqueda de justicia lleva a Konev a Moscú, a ver al fiscal general del Estado, metiéndose ingenuamente, en los entresijos de un régimen opresivo plagado de traiciones, sombras y manipulaciones. Allí, en lo alto de una escalera, su distante superior, el inexpresivo Vyshynsky (Anatoli Beliy), ocupa una enorme oficina y celebra reuniones breves y despiadadas con los suplicantes según un horario medido.

El impasible fiscal jefe Vyshinsky, que ha hecho esperar largamente a Kornyev durante horas, al igual que hizo el director de la prisión, escucha sus explosivas acusaciones con una calma inquietantemente atenta.

En la película no hay lugar para la broma o la trivialidad. La cosa es seria, por el contexto

Una película con fondo

Loznitsa, cineasta bielorruso, alumbra un filme verdaderamente terrorífico y conmovedor, con un tempo parsimonioso, conforme a las trabas e impedimentos kafkianos que el protagonista va a ir encarando en el cometido de su tarea, enfrentado al gigante de la represión estalinista y su brazo ejecutor, la NKVD.

Las escenas de espera o de recorrido por largos pasillos, o subiendo o bajando escaleras, tienen una gran fuerza. También los encuentros con diferentes personajes. Escuchamos conversaciones bien resueltas: el director de la prisión, el preso, la gente del tren, el fiscal general o los acompañantes de vuelta en primera clase en el tren.

La cinta de Loznitsa se adentra con ponderación en las miserias del estalinismo a través de la figura de un hombre honrado que todavía cree en los valores de la revolución y que es ajeno a la corrupción que asola a la misma.

Película imprescindible para conocer las miserias de un régimen, algo que no ha sido tan llevado a la gran pantalla como la otra gran dictadura de la época, el nazismo, con infinidad de excelentes películas (La lista de Schindler, de Steven Spielberg, 1993; El pianista, de Roman Polanski, 2002; El hijo de Saúl, de László Nemes, 2015).

Película que es una parábola perturbadora de los insidiosos micro procesos de la tiranía estalinista. Además, es una obra meritoria: puesta en escena coherente con la trama, fotografía sepia, tipo de toma y encuadre ajustados. La inmovilidad de esas tomas y la claustrofobia que sugieren reproducen una celda o la tremebunda sala de audiencias del Gran Fiscal.

En la película no hay lugar para la broma o la trivialidad. La cosa es seria, por el contexto. Una regla solo rota en el compartimento de tren, libre adaptación de una escena de Almas muertas, de Gógol, donde el absurdo se mezcla con la farsa y un aterrador final.

Magnífica película. Sorprende la finalización: han pasado casi dos horas como si nada.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Wanda Vision