Los protagonistas en la sombra

Antes de comenzar, quería agradecer enormemente la hospitalidad y la ayuda que me brindaron todas las personas del Festival de Cine Mudo de Forssa. Y no me refiero únicamente a Kari Glödstaf y Ville Koivisto, director artístico y director del festival, quienes desde un principio hicieron posible que pudiera llegar hasta allí y me ofrecieron su ayuda en todo lo que pudiera necesitar, sino también a todos esos maravillosos voluntarios y miembros de la audiencia que forman, en definitiva, el corazón del festival.
No solo me sentí como en casa, sino que fue muy especial poder conocer otras caras y vivir otros momentos del festival a los que normalmente no es posible acceder. Por eso, y teniendo especialmente en cuenta el límite de plazas, agradezco enormemente el acceso que tuve a todas las proyecciones. Así que esto vaya por delante.
Hace unos días publiqué en mis redes sociales algunas fotografías de esas fechas y escribía que, después de haber cubierto varios festivales internacionales desde 2010-2011, el de Forssa se había convertido en mi favorito. Esto no debe entenderse como un menosprecio hacia los demás, ya sean grandes y muy conocidos —como Pordenone, Berlín o Venecia—, o algo más pequeños —como el de Hamburgo, por ejemplo—.
No. Le Giornate del Cinema Muto en Pordenone, por ejemplo, es y será para mí siempre «el festival de los festivales» por muchas razones. Pero después de haber conocido Forssa y a sus gentes, mi corazón tiende hacia allí. Espero que esto pueda entenderse mejor a lo largo de estos artículos.
¿Qué es lo que hace del festival de Forssa algo tan especial? Su atmósfera y la calidez de sus gentes, sus voluntarios, sus músicos y ese lugar tan especial que es el Elävienkuvien teatteri.
¿Es una exageración? Déjenme explicarlo desde el punto de vista puramente musical, aunque, sinceramente, pienso que no es posible separar esta dimensión del conjunto.
Desde que pude cubrir presencialmente para esta revista Le Giornate del Cinema Muto en Pordenone, hace ya un par de años, este se convirtió, sin duda, en mi festival favorito.
Ahora que he conocido el de Forssa, he descubierto otra forma de vivir el acompañamiento del cine mudo. Son dos experiencias diferentes y, cada una a su manera, muy especiales.
En Pordenone, los músicos se encuentran en el foso del teatro. Lo que ocurre allí abajo queda fuera de la visión del público y no sabemos exactamente qué están haciendo. Hay algo misterioso y mágico al mismo tiempo: la música parece ascender desde el foso y sus efectos los percibimos en la pantalla. Es sobrecogedor y consigue introducirnos completamente en la película.
En Forssa, en cambio, tienes a los músicos cerca. Aunque se mantienen discretos en la oscuridad, esa proximidad hace que la experiencia sea muy especial. Sí, existe una ligera distracción que probablemente no agradaría a algunos puristas del cine, pero que, personalmente, me resulta muy atractiva y emocionante.

Me fascina poder entrever, durante unos breves instantes, cómo Ricardo Padilla, por poner un ejemplo, acompaña con su percusión una escena de tormenta de La aldea maldita, junto a la guitarra de Joonas Widenius y el violín de Lotta-Maria Heiskanen, convirtiéndola entre los tres en un momento especialmente estremecedor.
O descubrir la cantidad y variedad de instrumentos que traen los diferentes músicos para construir sus propios paisajes musicales y sonoros.
O, simplemente, observar al Trío Mutual, formado por Janne Kuusinen, Hanne Närhinsalo y Taru Koivisto, tocando en combinación piano, acordeón, flauta y melódica, y utilizando además como ayuda un pequeño tubo armónico (Whirly Tube) que en España inevitablemente asociamos a los «churros» de piscina o de playa que se venden tan habitualmente en las tiendas de souvenirs de la costa.
En Out West (1918), de Roscoe Arbuckle, ese pequeño instrumento participa de pronto en una escena que ya es de por sí divertida. Mientras suenan la flauta, el acordeón y el piano, las siluetas de los perseguidores de Arbuckle corren sobre el techo del tren, cobrando todavía más emoción y, al mismo tiempo, hilaridad.
Y entonces, sobre la melodía, resuena un pam, pam, pam: Janne Kuusinen, si no recuerdo mal, golpea el piano con ese pequeño instrumento mientras, con la mano izquierda, continúa con los acordes.

Pam, pam, pam…
Las siluetas de los perseguidores de Arbuckle corren sobre el techo del tren, pero no consiguen alcanzarle.
Pam, pam, pam… Risas.
Y, de pronto, ¡flutsch! El «churro» de Janne sale volando delante del escenario y cae bajo la pantalla. Y el desvergonzado Fatty mira a cámara, envalentonado por su victoria después de haber engañado a sus perseguidores. Se quita el sombrero y envía un beso al espectador.
Un espectador situado a 108 años de distancia.
Y, sin embargo, qué cercano se siente todo.
A veces entreveo a Janne Kuusinen, Hanne Närhinsalo y Taru Koivisto turnarse los instrumentos. No son más que breves miradas de reojo hacia ellos: la película es demasiado emocionante como para despegar la mirada de la pantalla durante más de unos microsegundos. Me ocurrió también durante su acompañamiento de The Scarlet Drop (John Ford, 1918).
Son instantes de fascinación, quizás muy individuales. Pero cada espectador, de eso estoy segura, tendrá los suyos. Y es que son muchos los momentos que adquieren una dimensión diferente cuando están acompañados por esas músicas y esos sonidos que resuenan de una manera tan particular en aquella sala tan única.

Es una fascinación que en Pordenone se disfruta de manera diferente. En Forssa, tener a los músicos allí, su multiinstrumentación, su creatividad a la hora de construir los paisajes musicales y poder ver de reojo durante apenas un instante cómo ellos van entrando en la película para olvidarlos inmediatamente después al volver a quedar atrapada por la pantalla, es una experiencia muy especial en sí misma.
Quizá sea precisamente esa cercanía la que ha hecho que algo haya cambiado después de Forssa.
Porque ya no se trata solamente de escuchar la música. Se trata también de ver cómo nace, de percibir durante unos segundos el gesto, el instrumento, el movimiento del músico, y volver inmediatamente a la película. De sentir cómo ambas cosas —música e imagen— se encuentran sin que una llegue a imponerse sobre la otra.
En ese sentido, es como si una parte de mi corazón hubiera encontrado también su lugar en esas tierras del norte, donde sus paisajes musicales me han resultado tan excepcionales como sus gentes.
Escribe Laura Bondía | Álbum fotos Forsaa La música y el cine
