Cronos (1)

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Apología de los Mossos d’Esquadra

Con título idéntico a la película que lanzó al estrellato al mexicano Guillermo del Toro en 1993, el español Fernando González Molina (Pamplona, 1975) ha realizado una de las pocas aproximaciones al espinoso y escabroso tema del terrorismo por parte de la cinematografía nacional.

Hubo de ser el director italiano Gillo Pontecorvo quien, precedido de su fama como director político y comprometido, describiese la preparación y ejecución del asesinato, por la banda terrorista ETA, del presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, punto de inflexión en la agonía del franquismo. Apenas transcurrieron seis años entre el hecho histórico (1973) y su recreación cinematográfica (1979), lo cual demuestra el amplio consenso existente en la época sobre el efecto positivo de dicho atentado terrorista para el advenimiento de la democracia.

Posteriormente, el terrorismo español de ETA no se ha prodigado en el cine, con algunas contadas excepciones, como Imanol Uribe: La muerte de Mikel (1983), Días contados (1994) y Plenilunio (2000), aunque en todas ellas el terrorismo funcionaba más como una escenografía que como un asunto mollar; Mario Camus: La playa de los galgos (2002); o Manuel Gutiérrez Aragón: Todos estamos invitados (2006).

Esa renuencia a escudriñar o, simplemente, ilustrar los actos de la banda terrorista ETA son un síntoma de la debilidad e impotencia de la sociedad española para arrostrar un estigma social y político que causó centenares de víctimas mortales durante más de medio siglo. Era un tema que no vendía y en el que no interesaba profundizar.

Paradójicamente, será un tratamiento en clave de comedia, surgido a raíz de la atmósfera social proclive e inducida desde el poder, tras el anuncio del abandono de las armas por parte de ETA, el que alcance un éxito de público notorio y el que no sólo normalice, vía sonrisas y carcajadas —y aparente crítica costumbrista del modus vivendi del más acendrado vasquismo—, sino que también lleve a cabo un blanqueamiento del terrorismo, obviamente auspiciado por intereses políticos coyunturales concretos, y comprado por la mayoría de la sociedad española, recipiendaria hasta la fecha de las garras mortales de los gudaris vascos.

El Cronos del director de la exitosa Tres metros sobre el cielo (2010, pistoletazo de salida en la triunfante carrera de Mario Casas) responde también a un hecho histórico bastante reciente, y se instala en la ola de atentados terroristas de raíz islamista que sacudieron el mundo tras la destrucción de las Torres Gemelas neoyorkinas, el once de septiembre de 2001.

Dicha espoleta islamista también fructificó en Europa (París, Niza en Francia; Bruselas, en Bélgica; acciones en Alemania; Londres, en Inglaterra), ocupando el espacio de violencia armada que las sucesivas bandas autóctonas habían despejado y desplegado por el Viejo Continente, en Irlanda, Alemania, Italia: el IRA, la Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas… y, por supuesto, la española, vasca, ETA.

A España también la alcanzó el zarpazo islamista, a través de dos grandes atentados. El primero, el once de marzo de 2004, en Madrid, en donde una serie de explosiones en diversos trenes de cercanías causó la muerte de casi 200 personas, el mayor atentado en Europa después de la II Guerra Mundial. Las repercusiones de aquella salvajada todavía colean hoy en día. Tal vez por ello siga siendo tabú su conversión, trasformación en materia artística. El 17 de agosto de 2017 tuvo lugar también otro atentado yihadista en las Ramblas de Barcelona, con dieciséis víctimas mortales y ocho terroristas abatidos.

Cronos fue el nombre en clave con el que se bautizó el protocolo que se aplicó para impermeabilizar las fronteras catalanas con las regiones vecinas: Francia, Aragón y Valencia, para intentar capturar a los responsables del sacrificio religioso y político. Una especie de operación jaula a nivel nacional, en donde el adjetivo remite a la nación catalana. Esta singularidad, este destacamento de lo propio, esta diferencia esencial y constitutiva frente al hachazo yihadista es el objetivo último que pretende retratar la película y al que el director se pliega gustosamente.

No se trata aquí y ahora de ofrecer una versión a la catalana de la magnífica Chacal (1973), de Fred Zinneman, con un ritmo y un montaje trepidantes al servicio argumental de un suspense por evitar el atentado contra el general Charles de Gaulle, a la sazón presidente de la República Francesa, plan tramado por las OAS, aquellos franceses obligados a abandonar sus tierras, su país, en Argelia (origen del FLN de Le Pen); sino de subrayar lo específicamente catalán frente a un acto de violencia terrorista.

Los mossos d’esquadra se erigen como los verdaderos protagonistas de la historia, no por su condición de policías sino por la de catalanes

Ni se nos informa del clima social y político de aquella época —tan reciente (apenas nueve años), tan lejana—, de la tensión política existente entre el gobierno protoindependentista catalán y el gobierno español; ni se nos pone en antecedentes sobre  la atmósfera de sospecha permanente frente a la posibilidad de sufrir y padecer un sorprendente atentado yihadista que sobrevolaba el ambiente, tal y como corroboraban  los precedentes ataques  europeos supracitados.

El director aboga por arrancar prácticamente con el propio atentado en las Ramblas, eso sí, pudorosamente difuminado y sin resaltar los aspectos más morbosos o las consecuencias más terribles. Hay un respeto por las víctimas, por los cuerpos destrozados, que se convierte en frialdad dramática, puesto que en realidad ese ocultamiento persigue dominar los posibles impulsos negativos, de violencia incontrolada, de deseos de venganza, tanto en el espectador como en los espectadores ficticios, a través de cuya mirada y cuyos semblantes descompuestos contemplamos la tragedia.

Los policías catalanes, los mossos d’esquadra se erigen como los verdaderos protagonistas de la historia, no por su condición de policías sino por la de catalanes, pues se vuelve a insistir, de manera a veces muy sutil, otras con trazo grueso, en que los mossos son una policía diferente; en que sus pautas de actuación responden a unos parámetros mejores, mucho mejores, que los de los policías tradicionales (españoles, ingleses, franceses…), por el mero hecho de ser catalanes.

Su atavismo diferencial radica en su empatía para con las víctimas e, incluso, con los victimarios, pues algunos de ellos son los nuevos catalanes que decía Carandell, eso sí, sin mostrarnos otra vez el porqué de esa aquiescencia en Cataluña con respecto a los magrebíes, cuya inmigración ha sido favorecida por causas lingüísticas-nacionalistas: no hablan español y son preferidos a los inmigrantes de origen hispanoamericano, de lengua materna española.

Esta apuesta por subrayar como rasgo idiosincrático y pertinente de los mossos su profunda condición y convicción intrínsecas de policía democrática de un verdadero país democrático per se rompe las expectativas asociadas al funcionamiento y arquetipo dramáticos de los cuerpos policiales, y más en una situación de tensión mayúscula como la que se afronta. Pero claro, es que se trata de demostrar que en dicha situación la policía catalana funciona, sabe controlar sus emociones violentas y vindicativas, a cambio de mostrarnos su faceta más humana, sus rostros regados por las lágrimas, su inherente humanidad y su hondo dolor ante los terribles hechos de que son testigos y protagonistas.

La focalización sobre el cuerpo policial autóctono es total, desplegándose sobre varios personajes

Esta dialéctica entre la narración sincopada y briosa de un ritmo desenfrenado a lomos de unos acontecimientos incontrolados (nunca se logra trasmitir ese vértigo, por mucha cámara en mano y plano secuencia que se inserte: suena a prefabricado, a falso, a adocenado, a telefilme de sobremesa) se confronta con la intimidad familiar, amistosa y emocional de los mossos; con los problemas de conciliación que les surgen a raíz del atentado; con los nervios incontrolados que les hacen disparar sus pistolas precipitadamente (a casa es enviado ese mosso que es incapaz de dominarse); con la camaradería que hay entre todos ellos; con la colaboración espontánea entre diversas secciones; con la amistad personal; con más lágrimas de emoción; con la lealtad inquebrantable; con su independencia y su profesionalidad insobornables frente a las presiones políticas del Gobierno y del Govern. Todos los mossos y mossas se caracterizan por su pulcritud: qué bien les queda el uniforme; qué bien se desenvuelven mimetizados como turistas en busca de carteristas; qué jóvenes son unos y guapos; qué maduros y expertos y sabios, otros.

La focalización sobre el cuerpo policial autóctono es total, desplegándose sobre varios personajes. El primer jefe del operativo inmediato, rápidamente  montado sobre el Hard Rock de Las Ramblas; el jefe de información que lo sustituirá apacible y amistosamente, sin acritud ni celo profesional: qué abrazos de compañeros se dan; la jefa de prensa del comandante Trapero, verdadero baluarte del cuerpo y encargado de sufrir y soportar todos los embates de los politicuchos que rondan, como buitres, por allí; jefa de prensa que sacrifica su día libre en un parque acuático y permite que su marido y su hijo caigan en la red tupida de la operación Cronos,  que sean víctimas de ¡un atasco de cuatro horas!

Una suboficial de Ripoll, la Cataluña interior de donde proceden los terroristas, incapaz de reconocer que sus antiguos vecinos hayan perpetrado tal matanza; cuyo hijo pequeño juega al fútbol, en amigable camaradería, con el hermanito pequeño de los terroristas; cuya madre magrebí es amiga de la policía; cuya maestra del colegio consolará a la pobre madre y se peguntará qué ha fallado en la integración de los muchachos, qué les ha llevado a inmolarse (con cinturones de explosivos falsos), a ser abatidos por los mossos, abatimiento que se produce muy a pesar de los propios policías catalanes, a los que no les queda más remedio que disparar, por la pertinaz y obcecada actitud, por la contumacia suicida de los terroristas, en unas secuencias que provocan estupor e hilaridad, como las lágrimas, otra vez, de los policías.

En fin, todo un florilegio, un  muestrario de los diversos integrantes del cuerpo policial catalán, cuya humanidad, profesionalidad, entrega  y espíritu democrático y de servicio los ensalza por encima de los prosaicos y pedestres policías nacionales (maduro, canoso, de gesto displicente) y guardia civiles (orondo, calvo, mal afeitado, luciendo tricornio decimonónico) que, muy brevemente, hacen acto de presencia, quienes pretenden arrebatar las competencias del caso a los mejor preparados y conocedores del terreno: los mossos. El incólume e impertérrito Trapero se lo impedirá.

Como villanos de la trama, aparecen los políticos. Resaltar que sólo son nombrados los del gobierno central (Rajoy y Santamaría, a la sazón presidente y vicepresidenta), mientras de los catalanes, ni mu. Hay una secuencia televisiva en la que el inefable Puigdemon, el molt honarable president de la Generalitat en ese año de autos 2017, aparece al lado de un Rajoy que se afana por pronunciar un farragoso discurso. Y basta.

Apología de los Mossos d’Esquadra, de la parte (policial) por el todo (político: Cataluña)

Por cierto, el personaje más canalla es un jefe de prensa del Gobierno Central, al que interpreta el grandísimo Israel Elejalde y cuya caracterización y actuación y diálogos provocan sonrojo ajeno. Por favor, qué falso y qué estereotipado. Su efímera aparición sirve para atisbar aquella sombra de sospecha que se quiso cernir respecto al atentado, cuya autoría intelectual provendría de colinas cercanas a los servicios secretos españoles.

Como colofón, esa manifestación delante del Ayuntamiento de Ripoll en que un copioso grupo de mujeres musulmanas, con los cabellos cubiertos; arropadas y consoladas por la maestra comprensiva, gritan aquello de que «en mi nombre, no». En el de los demás, sí, claro.

Mientras, el hermano pequeño de los yihadistas abatidos contempla, apartado, cómo juegan al fútbol sus amigos, quienes encabezados por el hijo de la policía lo vuelven a reclamar y a incorporar a sus juegos infantiles, en una estampa de convivencia y fraternidad más que catalana, universal. Una cita poética, sobre la condición de Barcelona como «ciudad de la paz», pone el broche final a un rosario de bienintencionadas imágenes, cuyo didactismo y pedagogía es más propio de una charla de catequesis, que de un sólido y vibrante argumento sobre la violencia.

Se nos hurta la manifestación de protesta (¿contra quién? ¿contra España, el rey, el gobierno Central, los terroristas?) posterior en las propias Ramblas, en la que el rey Felipe VI y el presidente Rajoy fueron perimetrados, aherrojados y neutralizados por una multitud más o tan efectiva como el dispositivo Cronos. Después vendría el referéndum del 1-O, el 155, la huida de Puigdemon, Pedro Sánchez, la amnistía, Illa.

De aquellos polvos, vienen estos lodos. Apología de los Mossos d’Esquadra, de la parte (policial) por el todo (político: Cataluña). Sinécdoque pro domo sua.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Beta Fiction Spain