La bola negra (1)

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Kermés homoerótica

El hipocorístico Los Javis es la marca con la que el dúo personal y artístico formado por Javier Calvo y Javier Ambrossi ha alcanzado la fama en los últimos años, a raíz de su debut cinematográfico con La llamada (2017).

No obstante, el verdadero éxito para el tándem fue la conversión de sus propias personas en producto, en mercancía, como consecuencia de su continua exhibición en toda una serie de programas, de talents, en los que formaban parte del jurado por su condición de: jóvenes, simpáticos, atractivos físicamente, pareja sentimental, homosexuales orgullosos y felices. Es decir, toda una serie de cualidades que en la España actual connota modernidad, hedonismo y buen rollito.

Porque esta pareja que ha hecho de lo público y de lo privado una alianza aparentemente indisoluble (su relación sentimental se ha roto; se rumorea que uno de ellos mantiene un nuevo affaire con el protagonista de su última película), ha cincelado con su intimidad su mejor mecanismo de promoción. Lo público es privado y lo privado es público, sin límites ni fronteras que salvaguarden lo íntimo y distingan a la persona del personaje: la máscara es naturalidad, sinceridad, autenticidad. La vida y los sentimientos legitiman el arte.

Si Baudrillard, en la casi prehistoria, ya avisaba y advertía respecto a los simulacros, tiempo después la omnipresencia de la contemplación y de la exhibición; la mostración irredenta de cualquier escondite; el panóptico del Gran Hermano se ha adueñado de una sociedad que espectaculariza la propia existencia desde el mismo feto, mediante las primeras fotografías para del álbum de la vida. Una sociedad pornógrafa, obscena.

La bola negra deviene, así, un algo más que un simple objeto artístico, que una mera película. Es ya por propio derecho un fenómeno sociológico en este año 2026. Asistir a una proyección con la sala abarrotada, sin entradas para determinadas sesiones (cinco o seis pases diarios de la película en un mismo cine); con un público transversal, en el que se confunden y se mezclan las edades, los sexos, las identidades sexuales; en donde reina un silencio más que sepulcral, reverencial, es algo que hace tiempo no sucedía en nuestro país. Y como tal suceso extraordinario, merece una pequeña digresión contextual que explique este tsunami de espectadores.

Si el franquismo exultante y vencedor de la Guerra Civil propició y alentó en los años cuarenta una cinematografía que exaltase los valores del bando nacional (la contienda como una Cruzada Religiosa; apelación a las épocas históricas gloriosas, a las grandes gestas y a la conquista de América; militarismo y apología de la vida castrense), en la última década y, especialmente, desde la constitución de los gobiernos de Progreso (esto es, el Sanchismo), varias corrientes temáticas han surgido bajo su  alargada sombra (producción).

Tendencias que exaltaban los valores, la ideología de estos gobiernos transformadores en cuyo seno se creaban ministerios ad hoc cuya ambición se canalizaba artísticamente mediante el cine, el arte de masas más popular y propagandístico. Un cine hecho, dirigido, por mujeres jóvenes que escenificaban los problemas y los anhelos de un feminismo revitalizado y axial: la maternidad, el aborto, la conciliación, el placer. Un cine que incidía en la diferencia sexual, en una homosexualidad y lesbianismo reprimidos y en las nefastas consecuencias para las personas implicadas. Un cine en las lenguas vernáculas (vasco-gallego-catalán) de la piel de toro que se esforzaba por bucear en las diferencias étnicas, culturales, lingüísticas, con un trasfondo político nacionalista. Un cine social que se hace eco de los nuevos españoles, de la inmigración sobrevenida en la última década.

En todos ellos, lo tradicional, lo carca, lo represor son amenazas constantes frente a las que hay que estar alerta y prevenidos, pues son un peligro acechante y recurrente.

En este caldo de cultivo es en el que hay que incluir el atronador éxito de los Javis. Pues ellos también son plenamente conscientes de que los preliminares son muy importantes. De ahí, la apabullante campaña promocional que ha acompañado, jaleado, amparado, La bola negra, siendo el cénit los veinte minutos de aplausos atronadores del público de Cannes, amén de su premio como mejor dirección ex aequo con el polaco Pawel Pawlikowski. En lontananza, los Oscar.

Cuando el público entra en la sala, está predispuesto a contemplar una película moderna, progresista, liberadora; artística y poética. Cuando llega el final, hemos contemplado una kermés, heroica en tanto en cuanto homoerótica; una canonización: Lorca ha sido santificado; una narración simétrica y especular a La península de las casas vacías, del alabado Uclés, cuya novela comparte el punto de vista de la película de los Javis, algo propio de los tiempos: un adanismo cuya base no se sustenta sobre lo argumental y lo racional, sino sobre la más pura emoción, sobre el sentimiento más desenfrenado.

Lorca fue asesinado, fusilado por el bando nacional; Maeztu, José María Hinojosa, Muñoz Seca, por el republicano

Ni datos ni bibliografía ni contención: unas historias que desde el primer minuto apelan al corazón, a la lágrima fácil, a la autoindulgencia y a la autosatisfacción. Narcisismo y vanidad. Onanismo no ya intelectual, sino capcioso, engañoso, tramposo. Y lo que es peor, erigido desde una conciencia de transgresión y de reivindicación catárticas, liberadoras. ¿De qué? Desgraciadamente, ni de la estupidez ni del lugar común más trillado. Nos liberan del conocimiento y de la búsqueda de la verdad artística, trastocada por una pantomima kitsch, superficialmente bizarra y adocenada, aherrojada, maniatada. Tan carente de nervio y de vigor electrizante como esos ruines y mortales prejuicios que se pretenden denunciar.

La sociedad española de la posguerra conoce a tres poetas: al buen don Antonio Machado, epítome del compromiso republicano y popular, mantenido hasta la muerte; al combativo y represaliado Miguel Hernández, fusión de las armas y de las letras en las trincheras (ambos deben gran parte de su fama a sendos LPs de Joan Manuel Serrat; también a la Transición); y a Federico García Lorca, cuyo asesinato en los prolegómenos de la Guerra Civil truncó su fulgurante carrera artística y su no menos brillante vida.

Lorca fue asesinado, fusilado por el bando nacional; Maeztu, José María Hinojosa, Muñoz Seca, por el republicano. Lorca ha sido elevado a los altares laicos, se ha convertido en el ejemplo por excelencia del martirologio a manos de la depravada y sanguinaria represión de los alzados, levantados contra la República. Lorca ha sido mitificado por «rojo y maricón», disfemismos con los que se quiere acentuar su condición de chivo expiatorio.

Obviamente, los Javis retoman a Lorca como excusa, como macguffin sobre el que alzar, con la ayuda de Alberto Conejero, cuya premiada obra de teatro La piedra oscura es la viga narrativa de la película, un guion que no logra superar ese pretexto lorquiano, sino que se regodea en su sombra, la cual sobrevuela toda la historia, más allá de los cinco minutos finales en que Lorca mismo se encarna en la pantalla como personaje, bueno, como persona.

La canonización lorquiana de los Javis responde a su homosexualidad, la de ellos y la de Lorca, pues cabría preguntarse si esos versos que se recitan no fueran secundados por el mito del hombre, alcanzarían el mismo reconocimiento y la misma emoción en la sala (hubo aplausos y ojos llorosos tras la proyección). Lorca es el pretexto para endiosarnos nosotros, sus fervientes admiradores ¿poéticos? Su homosexualidad estigmatizada será reivindicada y enaltecida por los Javis. Su asesinato será reparado por nuestra película.

La homosexualidad se puede heredar, siempre y cuando vaya asociada al reconocimiento artístico

Si se ha luchado contra el esencialismo desde el siglo XVIII para enarbolar la bandera de la modernidad y de los derechos civiles, ahora regresamos a lo particular y a lo aldeano. Los Javis presumen del elenco de actores homosexuales para interpretar los principales papeles protagonistas, puesto que tal orientación sexual debe de añadir un plus de arte, sinceridad o lo que sea a aquello que se está narrando, en una apuesta en la que se mezclan el culo con las témporas y se explicita una concepción reduccionista del Arte.

¿Que no conocemos el caso de James Dean, Rock Hudson o Montgomery Cliff? Su reprimida y clandestina y obligatoriamente oculta homosexualidad, ¿los incapacitaba para interpretar papeles de varones heterosexuales? ¿La sinceridad, la verdad artísticas dependerán de la etnia, orientación sexual, ideología, color de ojos y de pelo naturales?  ¿Pierde vigencia el largo monólogo interior de Molly Bloom, al final del Ulises (1922), por haber sido escrito por un hombre? ¿Y qué decir de las Memorias de Adriano, de Marguerit Yourcenar, la cual por cierto era lesbiana? Por Dios, a estas alturas aún estamos así. Y encima desde una supuesta posición izquierdista.

Hasta casi se reivindica cierto darwinismo social, cierta teoría de la herencia naturalista. La homosexualidad se puede heredar, siempre y cuando vaya asociada al reconocimiento artístico. El arte, si no libres, os hará homosexuales.

Estructuralmente, la historia está dividida en tres segmentos temporales diferentes con tres protagonistas enlazados por Lorca. En 1932, en Granada, un joven burgués atractivo llamado Carlos aspira a ser aceptado en el Casino, esto es, a superar el rito de iniciación de su virilidad. Este personaje es un trasunto del joven Lorca de principios de los años veinte, angustiado por la falta de oxígeno vital, que deambula y pasea su melancolía y frustración por las angostas calles del Albaicín granadino.

Este apartado es la representación de la apócrifa obra lorquiana La bola negra, de ahí que sea aquel en que el surrealismo, lo onírico y lo más kitsch se empoderen de la pantalla, a través de la imaginería (según confesión de los propios directores) de Gregorio Prieto, pintor del 27 que compartió el exilio en Londres con Luis Cernuda, al cual le planchaba la raya de los pantalones (esto no sale en la película). Los padres de Carlos-Lorca se muestran muy comprensivos con el malestar de su vástago.

Estructuralmente, la historia está dividida en tres segmentos temporales diferentes con tres protagonistas enlazados por Lorca

Una secuencia en un lupanar granadino, filmada en plano secuencia, les sirve a los Javis para engastar una especie de videoclip en homenaje al flamenco, a esa veta neopopular que tantos éxitos le proporcionó a Federico y del que abjuraría el resto de su vida, motivado posiblemente por las burlas sarcásticas y parisinas de Dalí y Buñuel.

Otro momento se sitúa en 1937, en un pueblo de la España más profunda. De hecho, este es el arranque la historia, que entrecruza diferentes momentos y espacios, más profunda. Una mujer cetrina está bañando en un barreño a un sucio niño. El pueblo está engalanado. Se preparan para la recepción de las tropas nacionales. Una escuadrilla de aviones se otea en el horizonte. Cuando la banda empieza a tocar, se produce el ametrallamiento y el bombardero de la localidad. Sólo hay un superviviente. El trompetista Sebastián (Guitarricadelafuente). El ataque se intuye. El referente se palpa: un remedo del bombardeo histórico de Guernica. Sebastián se enrolará, para sobrevivir, con los nacionales. Acabará de guardia vigilante en un hospital militar.

Allí se le encomienda la custodia de un prisionero malherido: Rafael Rodríguez Rapún, el último amor de Federico, a quien le dedicó los Sonetos del  amor oscuro (recuérdese la obra de teatro de Alberto Conejero: La piedra oscura). Aquí hay que hacer un inciso: hay otro candidato a figurar como último amante lorquiano, un joven rubio de Albacete de 19 años, que ha mantenido oculta esa relación toda su vida hasta su reciente muerte. Es decir: Lorca fue un creador fértil, muy productivo; Lorca fue un amante muy promiscuo, que vivió y gozó de su sexualidad con todos los hombre con los que pudo, sin atenerse a reglas morales y sentimentales burguesas o canónicas.

Incluso acaba de aparecer un nuevo amante, un tal Philip Cumming, con el que mantuvo un breve romance durante su estancia en Vermont, Nueva York. Esto es, Lorca no reprimió su deseo, eso sí, tuvo que someterse a la clandestinidad de la época. ¿Acaso en Inglaterra eran más liberales? ¿No habían enviado años antes a la cárcel a Oscar Wilde por su relación con el joven Lord Alfred Douglas? ¿O en la URSS de Stalin eran más liberales? Habría que ir a Berlín y a su degenerado ambiente de finales de los veinte y primeros años 30 para que Isherwood viviese allí su «Adiós a Berlín», origen de la película Cabaret (1972, Bob Fosse).

Los Javis han buscado una especie de doble sándwich narrativo para envolver la obra de Alberto Conejero, creando un prólogo y un epílogo

Para alargar y crear cierto suspense narrativo, se intercala todo un episodio protagonizado por Penelope Cruz, la cual encarna a una cupletista cuya compañía amenizará el descanso de los fogosos guerreros, una especie de guiño a la Carmela de Carmen Maura y Carlos Saura, pero que en realidad simplemente luce como sketch musical, nuevamente otra especie de videoclip insertado para que la música y las canciones llenen y sustancien unas imágenes que paulatinamente se desinflan de contenido dramático, a la par que exhiben la bestialidad que anida en los supuestos machos guerreros (tan poco es para tanto su ardor).

El guion se centra en el paulatino enamoramiento de Sebastián, encandilado por la personalidad de Rafael, quien le acaba confesando su romance con Federico. Antes de ser fusilado, Rafael nombra albacea literario a Sebastián: ha de ir a Madrid, cuando entre con las tropas nacionales victoriosas, a la calle Alcalá 96, y recoger el manuscrito de La bola negra. Ahí está el título.

Los Javis aprovechan la prolongada recuperación del herido para mostrar unas secuencias de apología del cuerpo masculino desnudo, a través de los baños en la playa, de los desenfrenos alcohólicos y opiáceos de los soldados, en una exaltación de la franca camaradería masculina. Glúteos, penes, cuerpos irisados por los rayos de la luna…, un esteticismo que nos retrotrae a Sin límites (2008, Paul Morrison), en la que un Dalí-Robert Pattison se bañaba también a la luz de la luna con Federico en Cadaqués. Los Poemas para un cuerpo, que escribiría en México un enamoradizo Luis Cernuda.

Este apartado es el eje axial del filme y el fusilamiento de Rafael remite, en ausencia y simétricamente, al del propio Federico. El Rampún histórico y documentado murió de las heridas que le causó un obús. El emotivismo alcanza aquí cotas insuperables.

El último tramo se desenvuelve en 2017, en Atenas y en Madrid. Alberto, un joven y gordo y gay investigador, doctor en Historia, encuentra en los mercadillos del barrio de Plaka un disco de una transformista del año 1922. Su tesis sobre la diferencia y el deseo se enriquecerá. Alberto mantiene una tensa relación con su madre, una alcohólica y cocainómana que le reprocha su gordura y su homosexualidad. Alberto está frustrado. Recibe una herencia sobrevenida de su abuelo materno, cuya existencia ignoraba, pues su madre, que fue abandonada por él, se lo había ocultado a su hijo. La herencia es el manuscrito de La bola negra. Alberto es nieto de Sebastián. Sebastián asumió, a medias, su condición gay y abandonó a su familia y se refugió en un pueblo perdido de Cantabria, con su amante Ramón.

Este apartado tal vez sea el más almodovariano de todos (del último Almodóvar, el más serio). La madre de Alberto resulta esperpéntica y zafia y vulgar en exceso, para agrandar el dolor que le produce a su hijo.

Almodóvar también está presente en el film, al menos como referente en algunos momentos

Finalmente, en una especie de coda flashback en blanco y negro, aparece el propio Federico García Lorca, en el que pudo ser el último encuentro con su examante Rafael, unos días antes de emprender su último viaje a Granada. Allí Federico le expone a Rafael que está escribiendo un drama realista sobre la homosexualidad, esta aparecerá explícitamente en la obra. Rafael le recrimina que más que realista, seguirá siendo poética.

Se tiene la sensación de que los Javis han buscado una especie de doble sándwich narrativo para envolver la obra de Alberto Conejero, creando un prólogo y un epílogo que resalten esa corriente subterránea y homoerótica que si escarbamos la tierra (a dentelladas secas y calientes), con ese arado que uno de los personajes ha contemplado en su niñez, brotará como hongos. Pues como se afirma sin ningún rubor, «el corazón de un homosexual alberga un océano de misterio». Ahí queda eso.

La película persigue una emotividad en las distancias cortas que no logra alcanzar, pues se exige una fe previa, en lugar de intentar convencernos mediante herramientas artísticas del dolor que supuestamente anida en el corazón humano y homosexual. Por ello, hay toda una panoplia de secuencias más activas, vigorosas o forzadamente poéticas y oníricas, en que los protagonistas son estetizados aún más. Los personajes de Carlos y de Sebastián parecen remedos de los modos y retratos de Timothée Chalamet, el nuevo modelo de hombre. Ah, la música es del actor que encarna a Sebastián: Guitarricadelafuente.

La aparición de Glenn Close como hispanista norteamericana es todo un homenaje al irlandés Ian Gibson, quien ha hecho de Federico García Lorca el objeto de su existencia. Amparada por una fotocopia de Alana S. Portero (¿o es ella misma?) lapida sobre la incapacidad de la literatura española por abordar los aspectos biográficos más turbios o escurridizos, sí, la homosexualidad. Ella está muy concienciada de su labor y de la necesidad de explicitar la orientación sexual de los escritores porque un hermano suyo, gay clandestino y reprimido, se suicidó con 17 años. Ella abandera toda una cruzada proto gay para que nadie sufra lo que sufrió su familiar.

En fin, mal uso y abuso de Federico

Sobra decir que la andanada va directa contra los herederos de García Lorca, que siempre han sido renuentes ante la homosexualidad de Federico. Tal vez simplemente no hayan querido reducirlo, convertirlo en un icono gay, por considerar que Federico era mucho más que eso. A los Javis, les interesa lo que les interesa. El icono.

En fin, mal uso y abuso de Federico. No es de extrañar los resultados del informe PISA. Un alumno español de segundo de bachillerato se las ve y se las desea para entender la poesía lorquiana. El propio Federico postergó sus obras teatrales más vanguardistas (El público, Así que pasen cinco años, Comedia sin título), en las que ya se vislumbra su homosexualidad, en aras de los dramas rurales: Yerma, La casa de Bernarda Alba, más fácilmente asimilables por los espectadores republicanos.

Lorca convivió con toda una serie de poetas que conformaron una pléyade artística insuperable, muchos de los cuales fueron homosexuales:  Cernuda, Aleixandre y Emilio Prados (ocultaron su orientación sexual); Juan Gil-Albert. Lorca no tuvo continuidad poética en las generaciones posteriores, Cernuda y Aleixandre serían los maestros. En cambio, su influjo se dejó notar en Rafael de León (Sevilla, 1908-1982), autor (también gay y amigo de Lorca) de numerosísimas letras de coplas celebérrimas, que cantaron entre otros Bambino.

Sí, y el boom lorquiano a nivel de flamenco (él había organizado el festival de este con Falla) llegará con Enrique Morente, previo impulso a través de Leonard Cohen. Y de ahí Miguel Poveda, Niño de Elche, Guitarrica…, cuya orientación sexual ni los hace mejores ni peores artistas. ¿O sí?

Y que yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela, / pero tenía marido.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Movistar +