Todo sobre la industria del cine

Se supone que cuando acudes a un festival de cine, lo primordial es ver cuantas más películas mejor, sobre todo si eres crítico, y eso repercute en que todo lo que es tangencial a las proyecciones acaba por pasar a un segundo plano, y acabas con la sensación de haberte perdido muchas cosas interesantes.
Y es que el Festival de Sitges cuida mucho sus actividades paralelas, un lugar donde se mueve todo lo que tiene que ver con la industria del cine y además se pueden encontrar presentaciones de libros; masterclass de distintos talentos; pódcasts; mesas redondas e incluso actividades dirigidas a los más pequeños. Vamos a citar algunos de estos actos culturales que tienen lugar en esta edición de 2026:
Un año más, FNAC está presente con su carpa de Ocio y Cultura junto al Hotel Meliá, donde se puede encontrar la mejor selección de productos relacionados con el cine fantástico, la ciencia ficción y el terror.
Además, han preparado una Agenda Cultural llena de actividades, presentaciones y encuentros con autores que celebran la pasión por el género fantástico. Citamos algunas de ellas: Presentación de la colección La popular de Vial Books; demostración de maquillaje y caracterización por Marta García Sánchez, profesional especializada en efectos especiales para cine y televisión; celebración del 30 aniversario de Tesis con la firma de su director, Alejandro Amenábar, y de dos de sus actores, Fele Martínez y Eduardo Noriega; presentación de Más allá de la trilogía del cine parapsicológico de Sebastià D’Arbó (AppleHead Team), del dibujante Jordi Mas y del propio Sebastià D’Arbó; firma de Virginia Feito, autora de Victorian Psycho, con motivo del estreno de su adaptación cinematográfica; presentación de España, guía de bolsillo de los lugares del cine de Paola Settimini…
Proyecciones Sitges Family, Fantastic Teens y PopCorn: el Mercat Vell se convierte en el escenario ideal para disfrutar del mejor cine fantástico en familia. Con sesiones casi diarias, estas proyecciones ofrecen una oportunidad única para descubrir películas emocionantes y compartir la experiencia del cine fantástico con los más pequeños.
Este año se pueden ver títulos como El despertar, de Jaime Osorio; El enigma de Franca Farmín, de Octavio Revol; El trompetista y el fantasma, de Augusto Sinay; La mujer que soñaba bajo el agua, de Ale García; Jeepers Creepers, de Victor Salva; Tiempos grises, de Frank Rodríguez, o No salgas, de Victoria Linares.
Taller de Cocina Monstruosa, patrocinado por BonÀrea: De la mano de BonÀrea, los más pequeños podrán ponerse manos a la masa y dejar volar la imaginación con propuestas creativas, divertidas y sorprendentes. Un taller pensado para que experimenten, descubran nuevos sabores y disfruten de la cocina de una manera diferente. Será el momento perfecto para que se conviertan en pequeños chefs, prueben cosas nuevas y, sobre todo, ¡se lo pasen genial mientras cocinan y dejan volar su creatividad! Y recordad: queda totalmente prohibido comerse al monitor, por muy bueno que parezca.
Taller de stop-motion: En este taller experimentan con diversos materiales la técnica de animación stop-motion. Diseñan un personaje y dan vida a objetos inanimados, estimulando la creatividad y el ingenio necesarios para crear tu propia animación.
Y ahora vamos a las pequeñas reseñas de lo que vamos viendo estos días en las distintas secciones oficiales de Sitges 2026.

Sheep in the Box
En un Japón de un futuro cercano, la comodidad automatizada se introduce silenciosamente en la vida cotidiana mediante drones de reparto y electrodomésticos inteligentes. Hirokazu Koreeda presenta una sociedad que intenta sobrellevar la pérdida con asistencia tecnológica, una premisa que resulta dolorosamente similar a nuestra era de confort algorítmico.
La corporación REBirth convierte el duelo en un servicio de alquiler, arrendando réplicas de niños con inteligencia artificial de apariencia realista a familias que sufren una pérdida. Este servicio llega al frágil hogar de Otone Komoto y su esposo Kensuke.
Dos años antes, un repentino accidente acabó con la vida de su hijo de siete años, Kakeru. Su hogar se ha sumido en una silenciosa rutina de supervivencia, hasta que llega un paquete de la compañía.
Esta película ofrece un sereno cuento de hadas que sustituye el terror típico de la ciencia ficción por un análisis íntimo del duelo parental. Si bien los cambios estructurales en la segunda mitad introducen un enfoque narrativo irregular, las sólidas interpretaciones de los protagonistas y la impactante cinematografía mantienen el interés del espectador.
La obra funciona mejor como una exploración íntima de la vida doméstica que como una extensa epopeya filosófica.

No rest for the wicked
Dos sistemas de creencias rigen la aldea de Baldur, y ambos se convierten en armas cuando su amor se niega a permanecer en secreto. El cristianismo proporciona escrituras, juicio y castigo. Costumbres más antiguas sobreviven junto a él en huesos de animales, rituales con agua y el temor a que los muertos regresen con cuentas pendientes.
Sin descanso para los malvados, de Kasper Kalle, sitúa el deseo queer entre estos sistemas y luego se pregunta cuál de las creencias es verdaderamente bárbara.
Ambientada en las Islas Feroe en 1862 y adaptada del relato La mansión, de Karl Heinrich Ulrichs de 1884, la película muestra a Baldur viviendo con su madre viuda, Ásla, en una comunidad costera marcada por la oración y la dependencia. Pesca y asiste a la iglesia hasta que la niebla trae a Helge, un ballenero danés varado cerca. Su llegada transforma la vida familiar antes de que nadie admita el motivo.
La película transforma el deseo homosexual en una fuerza folclórica, contraponiendo el amor de Baldur y Helge a una comunidad cuyo orden moral no puede reconocerlo sin tacharlo de malvado.
La dirección paciente de Kasper Kalle, las imágenes envueltas en la niebla de Jacob Møller y la sutil química entre los protagonistas otorgan a la tragedia un peso real. El ritmo a veces decae, y el pueblo en general está poco desarrollado, lo que impide que la escalada final tenga la misma fuerza. Aun así, el argumento central de la película es contundente: la represión crea el monstruo que dice temer.

Blades of the Guardians
El ocaso de la dinastía Sui ofrece un terreno propicio para el tipo de inestabilidad política que alimenta las grandes epopeyas del género wuxia. En Blades of the Guardians, este trasfondo histórico —que abarca del año 581 al 618 d. C.— es mucho más que un simple decorado; define un mundo donde la ley se desvanece en el recuerdo y el poder pertenece a quien blande el acero más afilado.
En el epicentro de este caos se encuentra Dao Ma, un formidable espadachín que recorre el desierto como el segundo fugitivo más buscado del imperio. Aunque es cazarrecompensas de oficio, su misión más reciente trasciende el mero interés económico: tras recibir el encargo del líder del clan Mo de escoltar al orador rebelde Zhi Shi Lang a través del desierto de Taklamakán, Dao Ma termina protegiendo la chispa de una rebelión incipiente.
Blades of the Guardians es una revitalización vigorosa y trepidante del género wuxia que prioriza la energía visceral sobre la claridad narrativa. Aunque el extenso reparto y las intrincadas subtramas políticas amenazan a veces con ralentizar la travesía, la magistral coreografía de Yuen Woo-ping y las carismáticas interpretaciones de los protagonistas mantienen el ritmo con firmeza.
Es un espectáculo crudo y conmovedor que se percibe como un puente entre las leyendas del pasado y las estrellas del futuro. Para quienes buscan la emoción cruda y cinética de una epopeya ambientada en el desierto, esta obra supone un regreso triunfal a la mejor forma del género.

Onslaught (Aniquilación)
Adam Wingard ha pasado la última década dirigiendo monstruos lo bastante grandes como para arrasar ciudades, por lo que su regreso a un polvoriento parque de caravanas de Nuevo México podría parecer una reducción de escala. No es así.
Onslaught simplemente sustituye a criaturas del tamaño de un rascacielos por tres soldados modificados genéticamente capaces de atravesar muros a puñetazos, ignorar las balas y tratar a los civiles como mero decorado prescindible. Un escenario más reducido, pero con el mismo apetito de destrucción.
La diferencia radica en que Wingard parece, una vez más, personalmente involucrado en esa destrucción. Tras Blair Witch, Death Note y dos películas del Monsterverse, este reencuentro con su colaborador habitual Simon Barrett se asemeja a un cineasta que redescubre una caja de herramientas que había dejado aparcada tras You’re Next y The Guest: paranoia propia de la era de los sintetizadores, efectos gore prácticos, una estructura narrativa de asedio, personajes con vestuarios inquietantes y una violencia puesta en escena con el entusiasmo de quien por fin ha logrado escapar de una reunión costosísima.
Onslaught ha redescubierto el gusto de Adam Wingard por lo sórdido, la sangre de efectos prácticos, la fealdad fluorescente y los personajes que parecen vestidos para películas más extrañas que aquella en la que aparecen. Adria Arjona dota a Celeste de una humanidad contenida que aporta realismo al asedio en el parque de caravanas, mientras que Oren Soffer fotografía la violencia con una textura auténtica.
El problema radica en una saturación de ideas: la Operación Paperclip, la experimentación militar, la imaginería de los tiroteos masivos, los encubrimientos gubernamentales y la paranoia conspirativa compiten por hacerse un hueco en apenas 92 minutos. La película abre constantemente puertas hacia escenarios más oscuros, para luego pasar de largo a toda velocidad.

Buddy
Un enorme unicornio naranja permanece inmóvil en un encuadre de formato 4:3 cargado de estática; su hocico aterciopelado se contrae mientras emite una risita nasal y aguda. Esa imagen única establece la idea central de la película: Buddy reconstruye —con precisión quirúrgica— la seguridad artificial y bañada por el sol de la televisión pública de los años 90, para luego llevarla al límite hasta que algo desagradable sale a la superficie.
El diseño de producción está dominado por texturas de cartón y colores primarios saturados, concebidos para transmitir una sensación de confort. El decorado se percibe como una celda de contención muy iluminada y disfrazada de parque infantil. En su interior, la realidad se desarrolla en un bucle episódico regido por normas estrictas: los niños asimilan lecciones sobre higiene o el valor de compartir, interpretan una canción obligatoria y observan cómo los créditos finales desfilan ante sus rostros en tiempo real.
Buddy funciona transformando la seguridad artificial de la televisión infantil en una prisión asfixiante basada en bucles. Evita los clichés habituales del terror protagonizado por mascotas al centrarse en la carga psicológica de quedar atrapado en una emisión, más que en las muertes en sí.
Las alteraciones de la realidad se sienten justificadas y, aunque el ritmo decae ocasionalmente, la ejecución de una premisa tan ambiciosa y la interpretación vocal de Keegan-Michael Key generan una sensación de inquietud duradera. Es una obra original de sátira mediática que comprende el lado oscuro de la nostalgia compartida sin recurrir a trucos fáciles.

Company
La hospitalidad es la primera prueba moral en Company, y Casey Affleck la repite una y otra vez hasta que el gesto empieza a parecer una maldición. Un desconocido aparece durante una tormenta, alguien abre la puerta y surge una historia entre ambos. El patrón comienza en 1975, cuando Evelyn (Emily Alyn Lind) llega a una reunión navideña diciendo que se ha perdido.
Ella les habla a los invitados sobre Tom (Nick Nolte), un ermitaño entrado en años que encontró a Alice (Caylee Cowan) inconsciente frente a su cabaña de Colorado en 1953. Alice responde contándole sobre Rebecca (Adelaide Clemens) y Emmett (Scoot McNairy), unos agricultores que encontraron a un joven vagabundo llamado Caleb (Atticus Affleck) tendido en la nieve en 1903.
Company transforma la hospitalidad en un ritual gótico: desconocidos entran en los hogares, intercambian historias y transmiten violencia a través de las generaciones. Las composiciones nevadas y los interiores iluminados por el fuego, captados por Casey Affleck, confieren a la película una amenaza austera, mientras que Nick Nolte y Adelaide Clemens logran transmitir humanidad en medio de su deliberada artificialidad.
El problema radica en la insistencia del guion por explicar su filosofía mediante monólogos recargados, referencias literarias y declaraciones místicas. La revelación final sobre los vampiros resulta ingeniosa en su planteamiento, pero pierde fuerza debido a la excesiva demora de la película en generar urgencia dramática.

Kill Me
Kill Me, de Peter Warren, construye un misterio de asesinato a partir de una pregunta que la mayoría de quienes rodean al protagonista consideran ya resuelta. Jimmy, interpretado por Charlie Day, despierta en una bañera llena de sangre, con la muñeca cortada y la memoria fragmentada; su primer instinto es insistir en que no intentó quitarse la vida.
La premisa es sombría, pero la película la aborda con la lógica retorcida de una historia de detectives. ¿Qué pasaría si la víctima, el sospechoso, el testigo y el investigador fueran la misma persona?
Ese elemento central confiere al debut de Warren su identidad más distintiva. El filme funciona como comedia negra, drama psicológico y misterio en torno a la capacidad de la depresión para disfrazarse de certeza.
Allison Williams interpreta a Margot, la operadora del servicio de emergencias que mantiene a Jimmy con vida al teléfono y que, posteriormente, se convierte en la única persona capaz —a juicio de él— de ayudarle a reconstruir lo sucedido aquella noche. Su vínculo dota a la película de un pulso singular, a medio camino entre el contacto de emergencia, la colaboración investigativa y un romance frágil.
Kill Me es una comedia negra incisiva e inquietante que convierte la depresión en un misterio sin reducir el dolor que conlleva a un simple recurso efectista. Charlie Day y Allison Williams aportan la carga emocional de la película, mientras que la dirección de Peter Warren mantiene la premisa tensa, divertida y claustrofóbica. Aunque el desenlace carece de la precisión del planteamiento inicial, la cinta sigue siendo un debut sólido con una idea central memorable.

Hope
Tras diez años alejado del cine, el director surcoreano Na Hong-jin regresa con Hope, una superproducción épica de 160 minutos impulsada por una violenta colisión de géneros. Si The Wailing estaba marcada por un desasosiego metafísico y silencioso, el que nos ocupa se desplaza con la fuerza convulsiva de la acción, el terror y la ciencia ficción, todo ello reunido en un único cuerpo inestable.
La historia comienza en Hope Harbor, un remoto pueblo portuario costero bajo la pesada sombra de la Zona Desmilitarizada. Allí, la historia se ha endurecido hasta convertirse en arquitectura. Las advertencias sobre minas terrestres y la propaganda contra el espionaje se integran en la vida cotidiana como viejas cicatrices que han aprendido a pasar por mobiliario.
Hope funciona como un atronador asalto sensorial que sacrifica la disciplina estructural en favor de pura adrenalina. El estimulante caos de factura práctica de la primera hora ofrece una de las mejores ejecuciones del género en el cine contemporáneo.
Sin embargo, la experiencia se resiente considerablemente durante la segunda mitad, lastrada por un cambio de escenario que ralentiza el ritmo, una ingravidez digital que distrae y unos desvíos cómicos irregulares. Sigue siendo un experimento fascinantemente desbocado que termina cediendo bajo el peso de sus propias pretensiones de superproducción.

Sacrifice
Existe un cierto tipo de cine moderno que parece nacido de un sueño febril provocado por navegar demasiado tiempo por las redes sociales. Sacrifice, de Romain Gavras, es esa película. Nos sumerge directamente en el corazón del absurdo: una lujosa gala benéfica en favor del medio ambiente celebrada en una remota cantera griega.
El lugar está repleto de esa clase de personas ultrarricas que viajan en aviones privados a eventos organizados para reducir nuestra huella de carbono. Nuestro guía en medio de esta locura es Mike Tyler —interpretado por Chris Evans—, quien atraviesa una crisis en toda regla. Mientras vive el duelo por la muerte de su padre y entra en pánico por la pérdida de cabello, Mike ve en la gala la gran oportunidad de reinventarse como una persona seria y comprometida con una causa.
Una película dividida en dos mitades claramente diferenciadas y en conflicto. Sacrifice brilla con fuerza en su acto inicial, impulsada por una interpretación que marca un hito en la carrera de Chris Evans y por una crítica mordaz a la cultura de la celebridad. Es visualmente deslumbrante de principio a fin.
Sin embargo, un brusco cambio de tono hace que la narrativa tropiece y se adentre en una segunda mitad temáticamente confusa y dramáticamente inerte. El resultado es un fracaso audaz, frustrante y, en última instancia, fascinante: un hermoso caos que resulta más admirable por su ambición que por su ejecución.

El samurái y el prisionero
En 1578, Osaka se transforma en un mecanismo hostil, un terreno volátil donde la contención actúa como el arma predilecta de la vida feudal. En medio del caos del periodo Sengoku, las formas convencionales de poder militar ceden el paso a presiones más gélidas tras los muros de piedra del castillo de Arioka. La fortaleza montañosa, asediada por las implacables tropas del caudillo Nobunaga Oda, se convierte en un horno político para su señor, Murashige Araki.
Masahiro Motoki interpreta a Murashige con un pánico disciplinado, dotándolo del aire de un gobernante que contempla cómo su propia clase social queda obsoleta y desaparece de la historia en tiempo real. Se aferra a un mando absoluto mientras la lealtad feudal se resquebraja bajo sus pies; una metáfora excelente para cualquier institución que descubre que la obediencia tiene fecha de caducidad.
La película es una obra histórica de cámara meticulosamente construida que sustituye eficazmente la acción tradicional por un duelo de ingenio intelectual. Al fusionar el rigor estructural de una historia detectivesca clásica con la densa atmósfera moral de un asedio feudal, la narración ofrece una exploración profunda y gratificante del ejercicio de la autoridad bajo presión.
Si bien su ritmo pausado y su marcado carácter dialogado exigen paciencia, las interpretaciones brillantes y el preciso control visual dan lugar a una variante elegante y estimulante del género de samuráis.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Sitges 2026
