Leones en invierno (3)

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¿Justicia o venganza?

Abrazar el mal no conduce a ninguna parte y la venganza solo multiplica la oscuridad. Bajo esta premisa moral, el último largometraje de Albert Pintó llega a las salas de cine con un thriller policial lleno de giros de guion, una acción sostenida y un trasfondo inquietante.

Albert Pintó adapta la novela homónima de Carlos Augusto Casas, con un guion firmado por Juma Fodde. No es la primera vez que el director se adentra en el relato criminal, pues ya vimos su gran trabajo en Tierra de nadie (2025).

Curiosamente, para el escritor tampoco es la primera obra que se lleva al cine, ya que el año pasado se estrenó la adaptación cinematográfica de su novela Ya no quedan junglas adonde regresar.

Por todo ello, la combinación de ambos talentos nos deja un resultado sólido y ambicioso en pantalla.

En esta ocasión, Pintó vuelve a contar con su actor fetiche, Luis Zahera, como protagonista, al frente de un sólido reparto de intérpretes nacionales (Inma Cuesta, Roberto Álamo, Luis Callejo, Jordi Mollà y José Manuel Poga) que sostiene con solvencia el vertiginoso ritmo de la narración.

El argumento de Leones en invierno nos muestra cómo la vida de un humilde matrimonio queda destrozada tras la muerte de su única hija, atropellada por un vehículo que se da a la fuga.

Al comprobar que la posterior investigación policial parece encubrir a los responsables del suceso debido a una red de corrupción, el padre decide tomarse la justicia por su mano. Esto le obliga a sacar a la luz un lado oscuro que tenía dormido y a enfrentarse a un pasado marcado por la extrema violencia y los entornos ultras del fútbol.

Este acontecimiento traumático abre un dilema moral que hace posicionarse al público: por un lado, la asimilación del duelo y la búsqueda de justicia por la vía legal de la madre (Inma Cuesta); por otro, el descenso a una espiral de violencia y venganza del padre (Luis Zahera). El choque entre estas dos formas de afrontar una desgracia es uno de los puntos fuertes de la trama.

Lealtad ante la oscuridad

La puesta en escena de Albert Pintó nos lleva, sin duda, a recordar su anterior película, Tierra de nadie (2025). El director replica esa misma esencia en el personaje de Luis Zahera y establece un paralelismo en el modus operandi de su venganza, ya que recurre a la ayuda de sus antiguos camaradas, un recurso utilizado en ambas cintas. Este código de lealtad y amistad verdadera es el único rayo de luz y amparo en medio de un entorno tan corrompido.

Para conseguir esa atmósfera caótica, cruda y opresiva en la que se desarrolla la acción, la fotografía de David Acereto juega un papel esencial. Los suburbios de Madrid, los escenarios de la periferia y los locales entre penumbras quedan fielmente reflejados y contribuyen a crear una sensación asfixiante que transmite la desesperación del padre y su caída a los infiernos, un descenso que le lleva a despertar al «león dormido» que permanecía en su interior.

Estos escenarios marginales nos transmiten reminiscencias del cine quinqui, tan popular en los años 80. La crudeza de aquel cine quinqui clásico se reformula mediante los códigos del thriller más contemporáneo, dando origen a una fusión de dos estilos que funciona a la perfección en el filme.

Además de la fotografía, que nos sitúa en la noche marginal del Madrid más oscuro, Pintó utiliza un recurso visual de forma brillante: el cambio de relación de aspecto de la imagen. Cuando el padre protagonista revive los recuerdos de su pasado ultra, que parecen darle fuerza y valor para su cruzada de venganza, la pantalla se estrecha por los lados.

De esta forma, se genera una sensación de claustrofobia que sirve de antesala a los momentos en los que los fantasmas de la violencia pasada atrapan mentalmente al personaje.

La figura del león esconde una potente dimensión simbólica a lo largo de la película

Justicia divina

La figura del león esconde una potente dimensión simbólica a lo largo de la película. Es cierto que el padre vengador era apodado «León» en su juventud y que recurre a ese espíritu combativo en determinados momentos de la trama, pero el animal también invita a una lectura más amplia: podríamos relacionarlo con la iconografía clásica del León de Judá, que representa esa fuerza divina que ejecuta la auténtica justicia. Esta doble lucha entre justicia y venganza marca claramente el mensaje de la cinta.

En definitiva, Leones en invierno se consolida como un thriller notable que mantiene la tensión y el ritmo a lo largo de sus 117 minutos de metraje. Es cierto que el libreto no es perfecto y que, en algunos momentos, recurre a ciertos atajos narrativos y conveniencias de guion que restan verosimilitud a determinadas escenas, sobre todo en el desenlace.

Sin embargo, a pesar de estos excesos, el resultado de esta cinta made in Spain es una propuesta potente que poco tiene que envidiar a las grandes producciones estadounidenses de gran presupuesto y que eleva el cine negro nacional a un lugar destacado.

La película es una obra incómoda debido a su violencia extrema y explícita, a los suburbios y la decadencia social que muchas veces queremos olvidar, y a la representación de los estamentos corruptos de la sociedad.

Sin embargo, también encierra un lado esperanzador al mostrar sentimientos de honor, lealtad y amistad verdadera, y recordarnos que siempre es mejor perseguir la justicia antes que ceder a una venganza que inevitablemente nos arrastra a los lugares más oscuros del alma.

Escribe José María Morán | Fotos Sony Pictures España