Wicker (3)

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¿El hombre perfecto?

Eleanor Wilson y Alex Huston Fischer conjuran un cuento popular surrealista para adultos que parece rescatado de una visión febril del siglo XVII.

Ambientada en un pueblo costero desvinculado de cualquier noción temporal definida, Wicker sigue a una marginada social conocida como la «Mujer Pescadora» (el resto de personajes que aparecen en el filme también se conocerán por sus diversos oficios).

Olivia Colman la interpreta con un cansancio áspero, en el seno de una comunidad regida por rígidas costumbres patriarcales y arcaicas normas sobre los nombres. La Mujer Pescadora soporta a diario las burlas debido a su oficio y a su aspecto desaliñado, impregnado —lógicamente dada su ocupación— de olor a pescado.

La historia arranca cuando un ritual nupcial la señala a raíz de un presagio supersticioso. Ella decide renunciar al cortejo y contrata al maestro cestero de la localidad para que le trence un marido de mimbre. El resultado es un compañero dotado de conciencia, devoción y capacidad física.

Lo que sobre el papel parece una provocación, se transforma en una exploración compleja del matrimonio y del caos que genera una pareja «ideal». La fábula oscila entre el humor pícaro y una ternura genuina, utilizando al marido de mimbre como un espejo deformante que refleja las flaquezas humanas de los habitantes del pueblo.

Los directores construyen una aldea en una especie de universo alternativo que funciona como una versión distorsionada de la Inglaterra isabelina. Esta sociedad se rige por una estricta jerarquía lingüística en la que la mayoría de habitantes, como hemos comentado antes, quedan reducidos a sus oficios; así, nos encontramos por ejemplo con el Panadero y el Carnicero.

Las mujeres, por su parte, son tratadas como meras posesiones: se las identifica según su proximidad a los hombres y se les asigna una nueva etiqueta que denota pertenencia marital —pasando, por ejemplo, de ser la hija del médico a la esposa del sastre (Elizabeth Debicki)—. Se trata de un sistema de anulación mediante la relación, que entrelaza el tejido social de una forma asfixiante, hermética y orgullosamente provinciana.

Los rituales patriarcales marcan así el ambiente de la aldea. Durante la ceremonia nupcial, se le coloca a la novia un pesado collar de metal: una metáfora visual contundente de la deuda matrimonial. Las mujeres solteras lanzan huevos de mimbre rellenos de polvos de colores para adivinar su futuro conyugal.

La pescadora vive al margen de este orden: es una paria cuya condición y su feroz independencia se interpretan, a ojos de los aldeanos, como una amenaza tanto biológica como social. Su negativa a doblegarse genera una fricción que los habitantes intentan eliminar constantemente, como si se tratara de una suciedad que pueden oler.

Peter Dinklage interpreta al Cestero, el artesano local y una especie de mago. Su oficio constituye el eje sobrenatural de la historia, al ofrecer una solución original para una crisis social. Él trata a la Pescadora con un nivel básico y sencillo de dignidad, lo que funciona, a su vez, como un comentario: quienes crean belleza son, a veces, capaces de reconocer la soledad como una realidad tangible, y no como un simple chiste. (Aquí, la empatía viene acompañada de manos callosas).

Lo más alucinante de la película es sin duda el diseño del marido improvisado (un casi irreconocible Alexander Skarsgard), un triunfo absoluto de los efectos prácticos. Creado por WETA Workshop, su rostro parece una alpargata tejida, tensada sobre un cráneo humano. El diseño resulta a la vez extraño y profundamente tierno, poniendo de relieve su origen artesanal. Sus ojos expresivos sugieren una consciencia que parece imposible. Podríamos definirlo como una «automatización orgánica» en su vertiente más romántica: un objeto de amor forjado a base de artesanía y anhelos.

La película es rica en metáforas, pero avanza con una ligereza sorprendente

Lo cierto es que este acompañante ideal transmite emoción y algo parecido a un alma a través de una rígida envoltura de madera, sin recurrir a las habituales señales faciales. Sus movimientos poseen una gracia deliberada, que contrasta con el ajetreo frenético y torpe de los hombres humanos de la aldea. El diseño sonoro termina de consolidar la ilusión: Andy Neil hace que cada movimiento vaya acompañado del crujido de la madera, como el de una vieja mecedora que recuerda el paso del tiempo.

Los directores manejan un reparto numeroso, logrando que incluso los papeles más pequeños contribuyan a crear la sensación de una comunidad cerrada y llena de juicios. Su dirección mantiene unidas, con mano firme, la comedia negra y la fábula conmovedora: una sujeción lo suficientemente tensa como para conservar la coherencia, pero lo bastante flexible como para permitir que ambos elementos rocen y choquen entre sí.

La película es rica en metáforas, pero avanza con una ligereza sorprendente; es un relato popular que ríe, se estremece y sigue su camino.

Escribe Francisco Nieto | Fotos Vértice 360 Spain