Las heridas de la paternidad

Roberto Bueso debutó en el cine con La banda, un filme intimista, rodado con actores primerizos, que exploraba los vínculos que nos unen a nuestras raíces, nuestra familia y nuestro territorio.
Posteriormente, dirigió Llenos de gloria, una comedia ambientada en un orfanato y protagonizada por Carmen Machi, con la que se adentraba en el universo de la infancia.
Ahora, con El mal padre, su tercer largometraje, Bueso da un nuevo paso en su trayectoria y firma su trabajo más ambicioso hasta la fecha, una película que profundiza en la paternidad y sus consecuencias en el entorno familiar.
Santiago Balmes es un célebre académico que reúne a sus tres hijos antes de Navidad para cumplir un deseo: pasar unos días juntos en la casa de la playa donde vivieron durante su infancia y juventud. Para los hermanos, distanciados de su padre desde que años atrás abandonase a su familia por otra mujer, la invitación reabre viejas heridas y oportunidades de acercarse a su padre.
El reencuentro familiar ha sido siempre un recurso narrativo inigualable para hurgar en viejas heridas emocionales y situar el conflicto en ese territorio ambiguo donde el amor y el rencor conviven en un frágil equilibrio.
En este caso, además, la casa de veraneo actúa como detonante de la memoria y reactiva los vínculos afectivos con un pasado compartido por el padre y sus hijos, ligado a la familia primigenia de la que Carmen, la segunda esposa, todavía no formaba parte.
El distanciamiento entre los hijos y el padre amenaza con reducir la reunión a un mero encuentro familiar, pero la irrupción de un elemento dramático introduce un nuevo vínculo entre los personajes y actúa como catalizador de sus emociones. La noticia altera las relaciones entre ellos y convierte la convivencia en una oportunidad para afrontar los conflictos pendientes y ajustar cuentas con el pasado.
Santiago (Eduard Fernández) es presentado como un hombre brillante, con una trayectoria destacada en el ámbito universitario, cuya ambición intelectual y dedicación profesional han prevalecido siempre sobre su vida familiar. Incluso ahora, cuando se encuentra en la recta final de su vida, sigue empeñado en escribir lo que considera que será su obra más importante. Esa misma entrega al trabajo explica, en buena medida, sus carencias como padre: cuando tuvo que ejercer como tal, descuidó sus responsabilidades afectivas y acabó abandonando a su primera mujer para formar una nueva familia con Carmen, su segunda esposa, con quien tuvo otra hija.
Durante buena parte del relato, la mirada se detiene en Alberto (Adam Jezierski), el hermano pequeño, que además está esperando un hijo. Se trata de un personaje algo pusilánime, incapaz de asumir con naturalidad su futura paternidad –tal como le reprocha su mujer–, ninguneado por sus alumnos en el instituto y cuestionado por su propio padre, que le recrimina su falta de carácter. Alberto parece necesitar un modelo paterno al que aferrarse, una figura con la que identificarse y que le permita construir una imagen de la paternidad distinta de la que ha conocido. Sin embargo, el referente que tiene delante dista mucho de ser ejemplar.
El retrato familiar se completa con Clara (Meritxell Calvo), la hermana triunfadora, al menos en el ámbito profesional, aunque con carencias en su vida afectiva; y Damián (Francesco Carril), un actor entregado a proyectos teatrales amateur que sobrevive gracias a la asignación mensual que recibe de su padre. Todos ellos conforman un trió de personajes que ejemplifica las distintas formas en que cada hijo arrastra a las heridas emocionales provocadas por su padre.
Con estos elementos, El mal padre construye un drama salpicado de situaciones con cierto componente cómico que reflexiona sobre la figura paterna y la huella que los padres dejan en sus hijos. En el centro del relato se sitúa la contradicción de un hombre que nunca estuvo dispuesto a renunciar a sus ambiciones profesionales para asumir plenamente su responsabilidad en la educación de sus hijos. Pero la película también dirige su mirada hacia Alberto y las inseguridades y las dudas que despierta en él la inminente llegada de su primer hijo. Dos generaciones enfrentadas a una misma cuestión, la paternidad, aunque desde posiciones muy diferente, ya que Alberto no desea labrarse una carrera en el ámbito universitario limitándose a su papel como profesor de instituto.

La película se ajusta a los códigos de este tipo de dramas familiares y articula su relato a través de una sucesión de encuentros en los que la tensión permanece latente y aflora mediante indirectas, diálogos cruzados y situaciones límite. Un progresivo ajuste de cuentas con el pasado en el que los reproches, las heridas sin cerrar y los conflictos soterrados terminan convirtiendo las relaciones familiares en un permanente fuego cruzado entre los personajes.
El guion de Roberto Bueso y Óscar Díaz incorpora distintas escenas destinadas a enriquecer el retrato de Santiago y dotarlo de mayor complejidad y matices. Es el caso de la cena con sus antiguos amigos, en la que los hijos descubren una faceta desconocida de su padre y vislumbran en él a un hombre comprometido, muy distinto del que han conocido en el ámbito familiar. También resulta significativa la aparición de la hija que tuvo con su segunda mujer, a quien Santiago parece haber dedicado toda la atención y el afecto que negó a sus primeros hijos. Dos elementos que contribuyen a dibujar las contradicciones de un personaje cuya dimensión humana va más allá de sus carencias como padre.
En ocasiones, la película transita por terrenos predecibles y abusa del diálogo para explicitar las motivaciones de los personajes. Así sucede, por ejemplo, en la escena en la que Santiago y Alberto pasean por la playa, durante la cual el primero verbaliza aquello que el espectador ya conoce. En contraste, una larga secuencia posterior, sin apenas diálogos, que recoge la comida y la jornada en la playa, consigue transmitir las emociones de los personajes únicamente a través de las imágenes y el tema musical al piano.
A ello se suma una acumulación de temas –la decadencia de los viejos ideales de izquierda frente a la acomodación a una vida burguesa, la maternidad frustrada, la cultura de la cancelación o la ocultación de la identidad sexual en el entorno familiar– que el relato apenas alcanza a desarrollar, quedándose en muchos casos en meros apuntes sin profundidad.

La película resulta, por tanto, mucho más emocionante cuando Bueso confía en las posibilidades del lenguaje cinematográfico: desde el uso de los primeros planos para revelar los pensamientos de los personajes hasta las elipsis temporales que articulan el relato. Entre estas últimas, cabe destacar especialmente la elipsis final, cuando tras un hermoso primer plano de Santiago mirando por la ventana, este cierra la cortina.
La sensación de estar ante una historia ya contada en numerosas ocasiones queda parcialmente compensada por un reparto que consigue suplir algunas de las carencias del guion. Eduard Fernández compone un personaje capaz de despertar odio y ternura, profundamente egoísta pero a la vez, humano, al que inyecta la complejidad necesaria para sostener la película.
Junto a él, el resto del reparto da consistencia al conjunto aportando un rasgo diferenciador: Adam Jezierski encarna las dudas ante la paternidad; Meritxell Calvo, la arrogancia debida a la falta de afecto; Francesco Carril, la fragilidad de un hijo que demanda el amor de su padre; y Cristina Plazas que aporta el equilibro entre padre e hijos.
Con todo, El mal padre articula un discurso sincero sobre la paternidad y sus consecuencias, en el que confluyen el tránsito generacional, la nostalgia de un pasado familiar compartido y el paisaje mediterráneo como elemento narrativo. Cabe reconocer, además, la capacidad de Roberto Bueso para abordar cuestiones complejas desde una sencillez bien entendida, sin renunciar a la cercanía y la sensibilidad que caracterizan su cine.
Escribe Luis Tormo