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Finalmente héroe
Escribe Mr. Kaplan
Spielberg en la producción ejecutiva, D. J. Caruso en la dirección, Shia LaBeouf como estrella, y no menos de una decena de guionistas (algunos acreditados como productores ejecutivos, asociados o vaya usted a saber qué) forman parte de los créditos de una producción que se pretende adulta, seria y crítica con los mecanismos de seguridad del Gobierno de los Estados Unidos.
Paradójicamente, los giros y trampas de la trama (gentileza de la decena de guionistas por la que ha pasado el texto original) acaban convirtiendo la sesión en una función para adolescentes, con más de un chiste involuntario y cuya capacidad crítica queda reducida a una exaltación del ciudadano mediocre norteamericano, convertido finalmente en héroe gracias a una serie de increíbles peripecias en las que el Pentágono, la Casa Blanca y los más sofisticados sistemas de Defensa no son nada comparado con el impagable factor humano.
Eagle eye (literalmente Ojo de águila, en su título original) parece hablarnos de los peligros del mundo moderno, de las nuevas tecnologías capaces de suplantar a los propios gobiernos encargados de controlarla, de la dificultad de escapar a la "mirada" de ese ser superior que es, en definitiva, la propia Tecnología.
¿Qué sucedería si una supercomputadora pudiera controlar todos nuestros movimientos, todas nuestras decisiones? ¿Qué pasaría si un buen día decidiera esa máquina que es más completa y más importante que el ser humano y decidiera tomar el mando? ¿Cómo podría el ser humano evitar que las máquinas se adueñaran de la Tierra? Y, sobre todo, ¿qué pasaría si la decena de guionistas revisara la historia reciente del cine de acción y de ciencia ficción?
Los nombres de Skynet (la supercomputadora de Terminator y sus secuelas), Joshua (el superordenador que controla la posibilidad de una guerra mundial en Juegos de guerra) y, el padre espiritual de ambos, Hal 9000 (el robot humanizado de 2001, una odisea del espacio), saltan rápidamente a la memoria: el Águila actual no es más que una vulgar secuela de proyectos de más enjundia, pero con su mismo afán controlador respecto al ser humano.
Para disfrazar el saqueo argumental, la decena de guionistas ha aportado (suponemos que cada uno en una etapa distinta del imposible texto) material con el que disimular la apropiación indebida… sólo para comprobar que el nuevo material también proviene de distintos saqueos: la idea de unos jovencitos accediendo como si tal cosa a cualquier centro especial de operaciones de máxima seguridad debe casi todo a Juegos de guerra de John Badham; la llamada telefónica que activa a presuntos terroristas en territorio norteamericano se inspira directamente en Teléfono de Don Siegel (aunque aquí es un chantaje, no un autómata programado), que a su vez era una actualización de El mensajero del miedo de John Frankenheimer, que ya había sido objeto de un remake hace unos años por parte de Jonathan Demme…
En este sentido, resulta ejemplar la escena del clímax final, con un increíble concierto infantil en la Biblioteca del Congreso, al cual asisten el mismísimo Presidente de los Estados Unidos y buena parte de la cúpula del gobierno. Una nota clave será la que provoque la explosión que acabe con todos. Tamaño desatino argumental es visualizado por Caruso con una puesta en escena que plagia sin rubor la del concierto en El hombre que sabía demasiado de Hitchcock, incluyendo las partituras en pantalla, aunque como aquí no hay partituras se las inventa en unos planos imposibles que visualizan la nota musical en que todo acabará… hasta que en el último momento el héroe de la función se líe a tiros, pare el concierto, caiga abatido por los guardias de seguridad y tengamos un nuevo héroe que salva al mundo pagando con su vida… claro que en el cine de palomitas siempre hay un epílogo capaz de cagarla aún más y mejor.
Definitivamente, diez guionistas saquean más que uno o dos, lo que repercute en que uno pueda pasarse la proyección intentando averiguar de qué título anterior proviene tal o cual idea… Lo que no hay que descubrir es quién está detrás del proyecto: la ausencia del padre, incluso de un hermano gemelo considerado traidor cuando era realmente héroe, el ciudadano medio (mediocre diría este cronista) ascendido a la categoría de héroe final, la supervivencia del modelo actual de vida norteamericano (incluso en temas de seguridad), la pasión por las nuevas tecnologías… todo apunta a la firma de su productor ejecutivo, Steven Spielberg.
El caso de Spielberg es particularmente digno de estudio en los últimos tiempos. Su época de mayor proyección económica conllevó su asociación con Katzenberg y Geffen para crear una nueva multinacional, la Dreamworks Pictures, que finalizó con distintos pleitos y desavenencias, lo que ha dado lugar a la coexistencia de dos empresas: Dreamworks Animation, en manos de Katzenberg (antiguo directivo de Walt Disney) que se ocupa sólo de animación en 3D y, más concretamente, de secuelas y refritos de su gran éxito Shrek; y Dreamworks, que produce títulos de imagen real con dos líneas, una pensando en el Oscar (presuntos filmes de calidad como Shakespeare enamorado) y otra en la taquilla (generalmente adolescente).
La conspiración del pánico pertenece a este último grupo. De hecho, tanto su protagonista (el hijo de Indiana Jones en la cuarta entrega de la serie) como su director (un Caruso formado en distintas series de televisión) ya fueron los artífices de una producción anterior de Dreamworks que saqueaba abiertamente La ventana indiscreta de Hitchcock, pero sin informar previamente de ello a los jovenzuelos que tomaron Disturbia como una pieza original.
Precisamente D. J. Caruso es de lo poco salvable de la función: un hombre meticuloso en la planificación, que maneja con soltura las escenas de acción y se entretiene lo mínimo en las explicaciones innecesarias, que visualiza todo lo que puede la historia para evitar diálogos de besugos, que dota de cierto ritmo a la trama… aunque difícilmente puede lidiar con tantas incongruencias de guión imposibles de soslayar: casi todo el mundo puede entrar hasta el ultrasecreto piso 36 del Pentágono como si tal cosa; en el aeropuerto puede haber una persecución a tiro limpio sin que aparezca ni un solo policía o guardia de seguridad; la Biblioteca del Congreso o la Casa Blanca son lugares a los que se accede golpeando a un único guardián ignorante… y al ultrasecreto Eagle Eye casi, casi se puede acceder tomando el metro.
Podría ser instructivo estudiar cómo un guión que ha pasado por veinte manos acaba siendo un queso de gruyere, pero no merece la pena, a fin de cuentas lo verdaderamente lamentable de la función no es la acumulación de incoherencias, sino que todo está en función de un mensaje más que discutible, vergonzoso: por muy mal que esté la seguridad mundial, siempre habrá un jovencito mediocre capaz de arreglar el mundo, un jovencito norteamericano torpe y vago, que gracias a su integridad se convertirá en un héroe capaz de sobrevivir a un tiroteo en mitad de la Biblioteca del Congreso… y, como premio, no sólo rehabilitará el buen nombre de los mediocres norteamericanos, sino que se quedará con la chica (que, por aquello de la modernidad, hoy en día ya es divorciada con niño, y no una adolescente pizpireta como en los tiempos de Juegos de guerra).
Todo un monumento a la mediocridad.
