El termómetro del cine español
Escribe María Sánchez González
Fotografías José Luis Pérez Sánchez
Con el fantasma de la crisis (la económica y, para algunos, la de nuestro cine), la duodécima edición del Festival de Málaga ha finalizado el 25 de abril tras nueve días en los que la tendencia a apostar por el cine de género y, sobre todo, por cineastas noveles se consolida. Igual que el creciente matiz comercial de un certamen por cuya alfombra roja han pisado, más que grandes de nuestro cine, jóvenes rostros televisivos que han vuelto a despertar el furor del público asistente.
Afortunadamente, ha habido vida más allá de los focos y, en su nueva etapa, no se ha olvidado de rendir homenaje a los grandes del cine español. Málaga se reafirma así como recuerdo de su pasado pero, sobre todo, espejo de su presente y futuro.
Si el año pasado fuera el personal thriller apocalíptico 3 días, del cordobés Francisco J. Gutiérrez, el triunfador de la Sección Oficial de largometrajes, éste ha sido una producción que, además de asemejarse en cuanto a su título, comparte con la anterior su proximidad al cine de autor y su carácter de ópera prima, Tres días con la familia, de la catalana Mar Coll.
Aunque la Biznaga de Oro finalmente ha recaído, como contábamos en nuestro artículo sobre el palmarés, en La vergüenza, del también debutante como director David Planell, ésta ha acaparado tres de los principales premios -mejor dirección, mejor actor y mejor actriz- y, sobre todo, ha supuesto el triunfo de una de importante batalla: que películas españolas rodadas en un idioma distinto al castellano se exhiban, tanto para prensa como para público, en versión original subtitulada. Ha sido el caso, en esta edición, además de Tres dies en família, de las también catalanas Trash y Bullying (esta última con un pase extra para la prensa tras proyectarse por error en castellano en el pase previsto).
A la importancia de este aspecto se refirió, agradecido, Eduard Fernández al recoger su Biznaga como Mejor Actor por la cinta de Coll durante la gala de clausura celebrada el pasado 25 de abril en el Teatro Cervantes. Y es que tal vez a Eduard pudiera haberle sucedido como a Penélope Cruz, en el sentido de lo que días atrás apuntaba uno de los productores de Bullying, José Antonio Pérez Giner, tras el referido error en el idioma de proyección: si los norteamericanos la hubieran visto en la famosa Vicky Cristina Barcelona doblada al español seguramente no le habrían dado el Oscar. Polémicas idiomáticas aparte, lo cierto es que con su apuesta por las versiones originales, "más completas", como señalaba también entonces el propio Carmelo Romero, el festival ha ganado en seriedad y respeto al trabajo de tales profesionales.
Comparándolo con ediciones anteriores, da la sensación de que en ésta la nueva organización que preside Romero haya "recortado" en cuanto a número de invitados y días de estancia de los mismos en Málaga. No sabemos si intencionadamente, en pro de incentivar otros aspectos más cinematográficos y menos comerciales y mediáticos, o porque haya habido un recorte real de presupuesto tras la polémica suscitada en los últimos años en que Castiel lo dirigió; pero el caso es que dicho recorte se ha hecho especialmente evidente en los días laborales del certamen y en la gala de clausura que, conducida de nuevo por Anabel Alonso y Fernando Tejero, contó con rostros en su mayoría televisivos (desconocidos para quienes apenas sigan la pequeña pantalla) para entregar las preciadas biznagas a los galardonados.
Una gala que además fue más moderada en cuanto a las reacciones del propio público, menos entusiasmado de lo habitual, y a las palabras, en general, de los premiados y, por consiguiente, más breve de lo habitual. Bastante comedidos emocionalmente y limitados, en su mayoría, a resumir sobre el escenario los comentarios que horas antes hacían, al mediodía, en la rueda de prensa del palmarés ante los medios, no hubo apenas espacio para la improvisación, ni siquiera entre quienes prometían, como Borja Cobeaga, director de Pagafantas, del que muchos esperaban un gag al estilo de Vaya semanita.
Entre las escasas excepciones, Toni Acosta, galardonada como mejor actriz de reparto, consiguió avivar y humanizar la velada al agradecer de forma espontánea y emocionada dicho galardón; un galardón con el que, por cierto, volvemos a reflexionar, como sucediera el año anterior con Oscar Jaenada, si el trabajo de Acosta, aunque dentro de una película coral, como una de las protagonistas no le valía más bien el Premio de Mejor Actriz.
Dejando de lado el sabor agridulce que nos ha dejado su cierre, por su "sosez", hay que reconocer que la presencia, a todas horas, de niñas y adolescentes a las puertas del Teatro Cervantes, al menos, ha puesto color al festival, ante una disminución de público en torno a la alfombra roja (lo que no tiene por qué resultar negativo, puesto que bastaba con dar una vuelta para comprobar que la mayoría de gente estaba dentro de las salas viendo cine, que de eso se trata al fin y al cabo).
Los principales patrocinadores que, como viene ocurriendo en los últimos años, han dejado de nuevo su impronta en el certamen, son, en buena parte, responsables de estas "guardias" juveniles en torno al Cervantes; sobre todo Antena 3, que ha utilizado la alfombra malagueña para promocionar sus series trayendo a sus rostros más conocidos. Comentaba en tono de broma Eduard Fernandez, ante la pregunta de si tanto premio se le subiría a la cabeza, que le bastaba, para evitarlo, salir a las puertas de su hotel, repleto de niñas, y ver cómo nadie lo reconocía mientras a su lado gritaban emocionadas a Mario Casas o a Amaya Salamanca, los protagonistas de Fuga de cerebros, producción precisamente de la misma cadena televisiva que ha salido triunfadora (como también lo ha hecho otra de sus producciones, Pagafantas, sorprendente pero, todo sea dicho, merecido Premio de la Crítica) tras ganar, tan solo un día después de su estreno en los cines.
Pasado y presente
Pero no sólo de premios y de famoseo vive un buen festival. Como viene ocurriendo desde prácticamente sus orígenes, en Málaga han vuelto a repetirse los homenajes a los grandes de nuestro cine y cultura. Esta vez mediante la recuperación de un clásico como Viridiana de Luis Buñuel, o la vuelta a las raíces culturales de la copla, que actualmente vuelve a recuperar aliento, con un recuerdo a Miguel de Molina a través de la proyección del documental La España de copla…
Ambas cintas se han integrado en la programación del evento ocupando dos de las noches de proyecciones en el Teatro Cervantes, a cambio de lo cual dos largometrajes a concurso de la Sección Oficial, La vergüenza, de David Planell, y Flores negras, de David Carreras, han tenido que estrenarse tras las galas de inauguración y clausura, respectivamente.
Aunque este hecho no les ha venido mal a las cintas -puesto que, como contábamos, mientras la primera ha obtenido el principal galardón, la Biznaga de Oro, y el de Mejor Guión, la segunda ha conseguido formar parte también del palmarés gracias a su maquillaje-, lo cierto es que ha supuesto determinadas complicaciones en cuanto a la organización. Los más significativos durante la jornada de clausura, en la que se produjo un retraso -previsible pero no comunicado hasta última hora- de la convocatoria de prensa del palmarés por el obligado recuento, tras el pase matutino de Flores negras, de votos de la crítica (nos preguntamos, puesto que lo desconocemos, cómo se las apañan para contabilizar los votos del público para el correspondiente galardón, cuando su estreno tuvo lugar en el Teatro Cervantes tras la gala de clausura y entrega de premios, por la noche).
Volviendo a los homenajes, también han tenido su espacio en el festival malagueño el productor Enrique Cerezo -cuyo trabajo ha sido objeto de la Retrospectiva de esta edición- y el maquillador Gregorio Ros, Premio Ricardo Franco.
Pero ha sido sobre todo un nombre el que ha brillado, en este sentido, con luz propia: el de Juan Diego, quien recibió el Premio Málaga de las manos de su queridísimo Antonio Banderas y acompañado, entre otros, por personalidades de la talla de Marisa Paredes o María Asquerino, en la que fue, al menos de lo que conocemos, una de las galas más emotivas y sinceras en la historia del certamen. El actor sevillano, cuya trayectoria se repasó durante el homenaje, volvió a dar una lección de humildad, al recoger de rodillas el galardón sobre el escenario, y demostró por qué es tan querido entre sus compañeros de profesión, cineastas, crítica y público.
El futuro… buenas intenciones
Echando la vista atrás y repasando las novedades que destacaba la nueva organización del certamen, con carácter previo a su inicio, las relativas a la inclusión de nuevos escenarios para proyecciones o para la realización de actividades paralelas no han pasado de un segundo plano.
Tal vez las que han adquirido mayor relevancia son aquéllas que tienen que ver con el reconocimiento al futuro de nuestro cine y la participación del público más joven a través de nuevos premios, como es el caso de la Biznaga de Plata Nuevos Valores del Cine Español, que ha ido a parar a Asier Etxeandía por 7 minutos, o del Premio Especial Jurado Joven, cuyos miembros tienen entre 18 y 26 años, otorgado sorprendentemente a una comedia de estructura y estética clásica, pensada para un público de mediana edad, Amores locos, del argentino Beda Docampo. Unos galardones que vienen a sumarse al de nombre tan significativo como Premio Eloy de la Iglesia, homenaje con el cual el festival reconoce e impulsa la trayectoria de jóvenes talentos como ha sido, este año, Nacho Vigalondo.
La misma tendencia a apostar por nuevas promesas -en esta edición, si cabe, más que nunca- se evidencia en el modo en que han transcurrido las secciones ya tradicionales en el Festival de Málaga. Así, doce de los catorce directores que han competido en la Sección Oficial de largometrajes, la columna vertebral del certamen, lo han hecho presentando óperas primas, mientras que la proyección de cortometrajes, carta de presentación habitual de nuevos valores, se ha realizado este año en el mismo pase y de forma previa a los largometrajes de la Sección Oficial, adquiriendo de esta forma mayor relevancia y visibilidad.
Al tiempo, se ha reforzado la sección Zonazine, en la que tienen cabida nuevas formas narrativas y, sobre todo, producciones de menor presupuesto que no por ello tienen por qué tener menor valor, como queda evidente con la triunfadora, 25 kilates, también primer largometraje de Patxi Amezcua y en la que podemos ver a unos brillantes Manuel Morón y Aida Folch. Dicha sección, cuya gala de inauguración y clausura se vienen celebran de forma independiente y las proyecciones suceden en un espacio propio, es hoy prácticamente un festival paralelo.
De forma similar, continúa el crecimiento de Territorio Latinoamericano, donde han proyectado catorce películas de habla española de seis países diferentes, que han tenido, en general, buena aceptación; y de los Documentales, un género que esta edición ha incluido sesiones especiales con trabajos como Últimos testigos, Fraga y Carrillo, del que hablábamos al arranque del certamen, que han hecho saltar este apartado a los medios, gracias a la presencia del exsecretario del PCE en Málaga.
No obstante son, como decíamos, cuestiones más de fondo que de forma. Prueba de ello es que las cifras de las que disponemos a modo de balance continúan, en esencia, la misma línea de la anterior edición. Si entonces se hablaba de más de 100.000 asistentes al certamen, incluyendo no sólo las proyecciones de las distintas secciones (a las que acudieron más de 60.000 personas) sino también las actividades paralelas, este año los datos aportados por Anabel Alonso durante la gala de clausura -que hablaban de 60.000 personas como total, suponemos, por error, puesto que lo lógico es pensar que el dato corresponde a la asistencia a las proyecciones- no suponen apenas crecimiento. Hay, no obstante, determinado lío a este respecto, puesto que, pese a lo anterior, la organización, que no ha aportado aún, como venía siendo habitual por parte del anterior equipo, cifras oficiales de forma directa, habla de "incremento considerable", gracias, según ellos, "a iniciativas implantadas este año, como el nuevo sistemas de abonos, proyecciones abiertas, o el ciclo ‘Al cine por un euro’, etc. de los que se han podido beneficiar todos los públicos".
En cuanto a medios de comunicación, frente a los más de 1000 periodistas acreditados en 2008 según fuentes de la anterior organización, este año han sido un millar de profesionales los han dado cobertura a los actos del Festival de Cine, según los organizadores actuales. Pese a la cifra similar de acreditaciones, lo cierto es que se ha notado una mayor presencia "real" de periodistas en el certamen, lo que ha resultado problemático debido a la limitación del espacio reservado a prensa para la cobertura de los pases por la alfombra roja, de la sala donde se han celebrado las ruedas de prensa (imposible caber en las que han suscitado mayor interés, como la del palmarés) y, sobre todo, del propio Teatro Cervantes, que ha quedado pequeño, tal como reconoció el propio director del festival al cierre de éste, para acoger las galas de inauguración y clausura. Unas galas que tienen cada vez mayor reclamo y a las que muchos ciudadanos se han quedado sin poder asistir, no tanto por sus relativamente elevados precios sino porque salen pocas entradas a la venta y la mayoría de las localidades se ocupan a través de invitaciones.
Al margen de dicha problemática, subsanable en ediciones posteriores, los organizadores han mostrado su satisfacción por el transcurso del certamen, con el que afirman haber "querido demostrar la calidad y cantidad de la industria del cine español", y por el nivel de las películas que han formado parte de sus distintas secciones.
De fondo queda el eterno debate en torno al cine español. Un debate que este año, en un contexto marcado por la crisis y la creciente piratería haciendo uso de las nuevas tecnologías y la Red, ha adquirido una especial trascendencia, con la nueva Ministra de Cultura en el certamen y, sobre todo, con la respuesta de Antonio Banderas a las polémicas declaraciones de Juan Marsé previas a su recogida del Premio Cervantes. Hay quienes, como Marsé, seguirán sosteniendo que al cine español le falta talento, otros que, como la propia Ángeles González Sinde, aseguran que el problema viene por la falta de dinero y de apoyo a los guionistas, mientras que, al otro lado, determinados sectores señalan la dependencia a las subvenciones públicas y la falta de productoras fuertes que sustenten un proyecto como uno de los males endémicos de nuestro cine.
En cualquier caso, sea como fuere, si el Festival de Málaga es el termómetro con el que se mide su estado de salud, podríamos decir que, aunque mejora por momentos, es necesario acabar, ahora más que nunca, con determinadas amenazas y carencias.
Al margen de éstas y de estar de acuerdo o no con sus resultados (como afirmaba valiente De La Iglesia al dar a conocer el palmarés: la decisión del jurado, como la propia nuestra al realizar este balance, es subjetiva), su alimento con iniciativas como ésta, cuya intención es eminentemente positiva, es, sin duda, su mejor cura.
En resumen
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Lo mejor de esta duodécima edición |
Lo peor |
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Entre éstos ha habido, además, mayor diversidad de géneros y tendencia al cine de autor que en años anteriores. El afán de no quedarse en el presente y mirar al futuro con actividades como "5 minutos de cine" y "Foro de proyectos" que adelantan lo que está por venir, o los masterclass, cinefórum y talleres, espacios de formación, entre otras. También en cuanto a la participación cada vez más activa de jóvenes en el festival, la constitución de un jurado joven. La decisión de ofrecer las películas, tanto a prensa como al público, no sólo coproducciones sino también aquellas rodadas en catalán, en versión original subtitulada, más completa y fiel al trabajo de los actores. El sentido homenaje a Juan Diego y, con él, a toda una generación de actores comprometidos con la profesión. La asistencia al certamen de Antonio Banderas, con la que cumple una promesa pendiente desde antaño y con la que el arranque del festival ha tenido mucha más repercusión. La cabida que han tenido de nuevo este año las actividades solidarias (conciertos, campaña No Hunger antes de las proyecciones). La creación de nuevos espacios de proyección en la ciudad (cine al aire libre en la Plaza de la Constitución, proyecciones de la Sección Oficial en los multicines Yelmo Vialia). Y, por qué no decirlo, los fantásticos cafetitos servidos a las puertas de la sala del Teatro Cervantes, donde han tenido lugar las ruedas de prensa, por cortesía de uno de los patrocinadores del certamen, de cuyo nombre no quiero acordarme. |
En la misma línea, la pequeñez del Teatro Cervantes como espacio para acoger a un evento de cada vez mayor reclamo. Mucha gente se ha quedado sin poder asistir a las proyecciones y galas, salen pocas entradas a la venta y la mayoría son invitaciones. La desaparición de cine Alameda como espacio para pases de prensa por las tardes de las películas estrenadas en el Cervantes y ofrecidas en pase de prensa matutino en dicho teatro un día antes. La inclusión, como novedad, de la película proyectada el mismo día de la gala de clausura en el concurso de la Sección Oficial y, consecuentemente, problemas en la organización de la última jornada. La escasa información oficial al finalizar el certamen en cuanto a datos cuantitativos, a modo de balance, y la incoherencia que resulta entre el resultado de comparar las cifras facilitadas con las de años anteriores y las declaraciones de la organización. Pero, sobre todo, el hecho de que de nuevo hemos asistido a un Festival televisivo en exceso en cuanto a gran parte de los invitados, que, de la mano de sus principales patrocinadores, han dejado en un segundo plano ante el público a prestigiosos cineastas.
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