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Luces y sombras de una artista
Escribe Fernando Ramírez
Martin Provost, por consejo de una amiga, empezó a indagar en la biografía de la pintora Séraphine Louis, también conocida por Séraphine de Senlis. El realizador jamás había oído mencionar a la artista, pero, en su personal trabajo de investigación, se percató fácilmente de que tenía entre manos la que vendría a ser su tercera película de gran formato. La percepción visual de la obra de esta mujer impresionó a Provost sobremanera. La conmovedora vida que Séraphine había dibujado era el material perfecto para que el realizador se diera cuenta de que tamaña historia debía ser regalada a las masas.
Provost tuvo entonces la que se presuponía difícil misión de encontrar a quien pudiera interpretar a Séraphine. Pero la búsqueda resultó increíblemente sencilla. Su vecina y actriz, Yolande Moreau, se interesó inmediatamente por el proyecto. La casuística del azar hizo el resto. Moreau tenía un físico prácticamente idéntico al de la olvidada artista. Quedaba claro que era ella quien tenía que interpretar al personaje. El resultado es la mejor prueba de ello.
Sin Moreau, Séraphine no sería Séraphine. Director y actriz consiguieron una simbiosis de intenciones apabullante que se respira en todos y cada uno de los planos del filme. Moreau, además, logra no sólo una interpretación, sino una personificación integral, una encarnación en piel y cerebro de la pintora, que logra alcanzar el milagro. Todo su metraje está al valioso servicio de su actriz protagonista. La desnudez más absoluta se erige, y se rinde, ante su impagable presencia. Todos los elementos circundantes sólo se pueden entender como una sinfonía polifónica de celebración que envuelve el aura de esta obra. No en vano, fue la gran ganadora de los premios de la Academia Francesa de este año. Un total de 7 César acaparó la cinta: mejor película, actriz, guión, música, fotografía, dirección artística y vestuario colmaron la conjugación de los profesionales tras esta producción.
Séraphine Louis, con 42 años de edad, vive una vida abnegada, triste y solitaria en un pequeño pueblo francés. Su vida está dedicada a sus dos únicos quehaceres: limpiar hogares para sobrevivir y pintar en sus ratos libres. Ferviente admiradora de la Virgen, y con la castidad a cuestas, vive secretamente esperando el amor que parece no llegar nunca. La señora de una de las casas que la tienen asalariada le comprará una de sus acuarelas. Wilhelm Uhde, prestigioso marchante y coleccionista de arte, se fijará en el cuadro de Séraphine y la instará a seguir pintando. Además, la encumbrará y la convertirá en una de sus artistas protegidas, pero con el estallido de la Primera Guerra mundial, Uhde huirá de Francia, truncando todos los sueños de Séraphine. Catorce años más tarde, Uhde volverá a Francia y se reencontrará con la artista. Ella empezará la etapa más prolífica de su carrera, pero su ignorancia, y una incipiente locura, truncarán el camino de la pintora.
La composición que hace Yolande Moreau se mueve entre la humildad y el patetismo, entre la bondad y el egoísmo, entre la edad adulta y el infantilismo, entre la alegría y la pesadumbre, entre la genialidad y la incultura, recoge todos los matices posibles de una personalidad poco formada. Entiende el retrato hasta tal punto que le otorga a la interpretación una nueva semántica. Por supuesto, Provost le lega a Moreau todo el peso de la obra en un alarde de inteligencia, reservándose para él la construcción del entorno físico de Séraphine en el que intenta materializar todo su mundo interior.
El sentido de los espacios naturales en los que se mueve la protagonista mitifica toda la producción artística de la pintora, siempre dedicada a la reproducción de la naturaleza. En efecto, Séraphine Louis creía ver en la paisajística un microcosmos paralelo a la realidad en la que ella se sentía liberada, agradecida y viva. Provost dibuja con la cámara, como la artista podía dibujar con sus pinceles, todos los estados y escenarios bucólicos, transmitiendo la sensación ingrávida que pudo sentir la mujer.
Merecen especial atención los momentos en que Séraphine labra su amistad, y posterior mecenazgo, con Wilhelm Uhde (un excelente Ulrich Tukur, por mucho que su presencia quede mesmerizada ante su grandiosa compañera) que incluso necesitarían un detenimiento más esencial. Y es que el director probablemente se haya embelesado tanto con su obsesión impresionista del retrato que haya dejado a un lado otros aspectos que podrían haber dado aún mejor provecho.
El relato huye de todo artificio narrativo. Con un tempo pausado en su montaje, y un academicismo en favor exclusivo de la biografía rigurosa, Séraphine ofrece la mejor versión de la simplicidad en montaje y exposición, aunque ello pueda comportar, al unísono, su mayor defecto. Nada altera esta hermosa historia, nada se sale de la más rotunda línea recta.
Todo fluye con quietud, todo está orquestado con atenta sensibilidad y servicial tristeza. La sobriedad se muestra inteligente, sin pudores de poder caer en la rutina, la delicadeza de Moreau es seguida escrupulosamente por la cámara con una avidez documental. Provost conoce el proceso de desarrollo que fundamenta la reconstrucción minuciosa de un personaje, y lo demuestra subiendo sigilosamente todos los peldaños de una vida hasta su punto y final.
Estamos delante, por supuesto, de un ejercicio biográfico, pero también estamos contemplando una poderosa reflexión sobre el artista y su obra, o si se prefiere, sobre la genialidad y la locura. Sobre las esperanzas hechas trizas, y sobre la glorificación ególatra del virtuoso. Sobre el poder del entorno social, y sobre la fuerza espiritual del individuo.
Y es que el personaje de Séraphine encierra una profusión de contradicciones, de luces oscuras y de sombras iluminadas, trazadas a pincel fino, que se valen como el mayor logro del filme. Séraphine vivió en un mundo que no entendía, el mundo tampoco la supo entender. Quizás este rendido homenaje a una vida desconocida sea capaz de reconciliar la incomprensión de la artista con el público, quizás ahora reciba el reconocimiento que ella siempre anheló gozar.
