Documental insólito
Escribe Carlos Losada
Sí que es insólita, y necesaria, esta última, por ahora, nueva experiencia de Javier Aguirre; porque no estamos ante un documental al uso, sino que podríamos decir que intenta acertados experimentos con las imágenes que van surgiendo al cabo de los años, y que captaron diversas cámaras, en la madrileña Puerta del Sol.
Desde la original, sobre todo para la época, España insólita, pasando por Los chicos con las chicas -y otros títulos tan denostados por los puristas como alimenticios-, su polémico y necesario Anticine, su descarnada La vida perra de Juanita Narboni -con la estupenda Esperanza Roy-, para llegar a los precisos y diría necesarios experimentos de Continuum, Voz -con el impagable Fernán Gómez-, Variaciones 1-113 y Dispersión de la luz, combinando imágenes, sonidos y colores, que vienen a desembocar en este Sol que ahora quiere alumbrarnos, Aguirre es un cineasta que ha ido ganando con el tiempo, y su sentido, que gusta bucear en sí mismo, y en los planos y secuencias que maneja, para darnos su particular visión del mundo que nos rodea y de las imágenes que conforman su cine.
Al abordar una posible "historia" de la Puerta del Sol de Madrid, no escarba sólo en ilustraciones conocidas o en hechos atestiguados. Se sirve de todos y cada uno de ellos para mostrarnos la maleabilidad de la vida, desde el realismo, con las situaciones y personajes que día tras día, cotidianamente, van llenando sus calles y aceras en un intento -tan habitual como fallido- por estar ahí, de permanecer en la retina de quienes pasan por su lado.
Desde el asesinato de Canalejas, hasta el empedernido fumador de todas las colillas que caen a sus pies -hombre que por sí mismo es toda una tierna historia de dolor y decadencia, del imposible que puede ser vivir, de hecho murió cuando la película se estaba montando-, Aguirre nos da un mosaico vivo, irónico, humano, consecuente, del paso de los seres humanos por esa Puerta del Sol, que es a la vez un mundo propio, a veces personal e intransferible, otras tan anodino y machacón como esas obras interminables, permanentes, de reconstrucción que hacen tan cambiante su fisonomía, que varía de indumentaria con las estaciones y que se resguarda de la lluvia con el toque humorístico de esa lotería navideña, cantada, escrita y anunciada, que nunca toca a quien debe.
Todo contado con cámara oculta de ahora mismo, en blanco y negro y en color, sin forzar ni una milésima la naturalidad que cada cual maneja en sus andares, gestos, palabras y ademanes, y aprovechando antiguas filmaciones, recreándolas de nuevo con el montaje, para lograr un entramado de vida propia que los planos sucesivos nos muestran con suavidad, humor, consideración, cariño, respeto. Y ese toque casi ingrávido para conseguir que esta película-documento parezca estar sucediendo, ahora mismo, ante unos ojos más avezados de lo habitual.
El arte consiste -nos viene a decir Javier Aguirre- en la mirada con la que observamos y con la que apreciamos lo que pasa a nuestra alrededor, para incorporarlo a nuestro ser o rechazarlo. Y si está contado, como en este caso, en un documental que experimenta con el hoy y el ayer, como en una rueda del tiempo que no cesa, pues mejor que mejor. La experiencia de su contemplación nos abre posibilidades para manejar y entender un poco más nuestros recuerdos, vivencias, pulsiones y desde ángulos que no apreciábamos o que no intuíamos que podrían existir, y así mejorar la apreciación del mundo y de los seres que lo pueblan.
Creemos que sería necesario aconsejar este Sol a los interesados por sus semejantes; y también, claro está, por sus implicaciones cinematográficas. No defraudará a nadie, entre la polémica y el aplauso que suscite.
