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Propuestas divergentes, opciones diversas
Escribe Daniela T. Montoya
Si pensamos en el Alzheimer como leitmotiv de una película, aún tenemos muy presentes dos recientes documentales españoles. En Bucarest, la memoria perdida (2008, Jordi Solé Tura) y Nadar (2008, Carla Subirana), dicha enfermedad es el detonante que pone en marcha el proceso de búsqueda de un pasado reciente el cual, entrecruzándose biografía particular con la Historia, fluctúa entre el olvido y la ocultación.
Sin embargo, Yesim Ustaoglu se desmarca de estos ejemplos al recurrir a esta enfermedad mental como vía de confrontación de posiciones que, en un principio, parece imposible que sean aunadas. Modos de vida divergentes, pero tras los cuales hay personas que, sin diferencia, sienten, padecen, desean.
Abrir la caja
Una llamada telefónica abre La caja de Pandora. En un piso de Estambul, una mujer de cuarenta y pico años recibe el aviso de que su anciana madre se ha perdido. Inmediatamente, los tres hijos de la anciana se reúnen para viajar en coche hacia el este, por caminos sinuosos, hasta llegar al valle en donde está la caseta de su madre.
El camino es suficientemente largo para sacar a flote sus rencillas. Si su madre no se hubiese perdido, seguro que cada uno seguiría felizmente hastiado con su vida rutinaria, sin tener que tratar con los otros hermanos, sin estar dispuestos a necesitarse. Pero su madre, Nusret, parece sí necesitarles (aunque quizás sea al revés…).
Se intuye en La caja de Pandora una percepción ligeramente paradisíaca de la naturaleza y la vida campesina. Pero nada más lejos, ya que Ustaoglu tampoco es ajena a la rudeza que exige la vida lejos del agua corriente, la electricidad y los medios de transporte y comunicación contemporáneos. Por ejemplo, una montaña, extensamente frondosa, se alza ante nosotros cual rascacielos, empequeñeciéndonos a sus pies en un efecto anverso a lo que supondría e situarnos ante el abismo romántico.
En cualquier caso, la oposición entre la apacible vida campestre, tradicional y artesanal, frente al estrés de la urbe, moderna y tecnificada, es un tema secundario de La caja de Pandora (aunque puede dar mucho juego a lecturas políticas sobre el pueblo turco y su interés (o no) en incorporarse al "futuro" de la Unión Europea o continuar aferrados a la tradición).
Alegoría de humanidad
A los locos se les suele dar licencia para traspasar los límites de la corrección. Escudados por la falta de consciencia con que sopesar las consecuencias de sus acciones, a veces desvergonzadas, es esta misma premisa (la falta de consciencia) la que se utiliza precisamente para desprestigiar sus discursos, tengan coherencia y lógica o no. De ahí que este tipo de personajes sean apropiados para mediar una crítica social soterrada.
Éste podría ser el caso de Nusret, personaje vertebrador de La caja de Pandora, que, sin caracterizarse exactamente como "loca", la enfermedad mental que padece sí condiciona su estatus de sujeto desvinculado de un contexto social. En este caso, la vida cosmopolita moderna. Aunque bien podría entenderse este extrañamiento, hacia un entorno percibido como hostil -básicamente, por los dolores de cabeza que provoca-, como la consecuencia directa de estar desubicada. Porque sus hijos, tras aparcar los rifirrafes que afloraron en el viaje en busca de su madre, consiguieron encontrarla y la trajeron a la ciudad. Así, la tendrán más cerca (que no estarán más cerca). Más que nada, para tenerla mejor tutelada.
La directora, quien recogió en San Sebastián la Concha de Oro a la mejor película, centra la atención de La caja de Pandora en las relaciones humanas entre los miembros de este pequeño grupo familiar desmembrado, y en cómo éstas afectan en las reacciones de cada uno de ellos.
Con la llegada a la ciudad de Nusret, se despliegan distintos planteamientos existenciales. Una vez rescatada de "el mundo salvaje" en el que vivía, se acentúa el aislamiento que le provoca su enfermedad. Pero también contribuyen a ello el hecho de que, de la noche a la mañana, se queda encerrada entre cuatro paredes y un televisor en marcha para entretenerse. Sólo cuando la tratan como Nusret, y no como a una anciana enferma, reacciona y establece un diálogo con su interlocutor. De forma recíproca, ella devuelve el trato humano con quien la trata como a una persona.
De ahí que el apartamento de su hija Nesrim, a pesar de sus vistas sobre la ciudad y de gozar de las comodidades propias de la vida moderna, resulte un lugar frío. Es un espacio tan gélido como la relación que mantiene con su hija. Nesrim, sin considerar que se excede en la manera en que ejerce el tutelaje de su madre -dependiente, pero no inútil-, si quiera tiene tiempo de preguntarse cuándo se olvidó qué es el cariño. En el polo opuesto, su nieto Murat, hijo incomprendido de Nesrim, será quien aproveche la llegada de su abuela para recuperar el afecto perdido en la incomunicación parental.
Con La caja de Pandora, Ustaoglu nos propone una lectura humanista de las relaciones personales/familiares. Ya es significativo que, a contracorriente de las tendencias actuales, Ustaoglu toma como hilo conductor de su película un personaje desahuciado de la vida social: una mujer, anciana, campesina y que, además, padece una enfermedad mental degenerativa. Y, sin embargo, es el personaje más lúcido de todos los que se mueven sin parar, de un sitio para otro, hablando o gritando sin escuchar.
El personaje de Nusret, del que Tsilla Chelton (también ganadora de una Concha, pero de Plata, por su interpretación) se ha apropiado sorprendiéndonos en cada cambio de estado entre abstracción e interpelación, nos obliga a ralentizar nuestro paso acelerado. A acompañarla en su apacible caminar, tal como hace su nieto, a menos que prefiramos el aislamiento rutinario. Pero, ni en este punto, Nusret/Ustaoglu está dispuesta a abrirse a la discusión. No impone la situación perfecta. Simplemente, saca a flote desajustes de las relaciones personales. Pero no va a obligar a nadie a que la acompañe, como tampoco quiere que a ella la obliguen a abandonar el que ha sido (y es) su hogar. Sólo apuesta por escucharse, intentar comprenderse y dejar tomar decisiones con autonomía.
Por tanto, y en vista de cómo está el patio de los audiovisuales en general, La caja de Pandora es una propuesta muy moderna y valiente.
