EL KASERÓN (1)

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El kaserón
Título original: El Kaserón
País, año: España, 2008
Dirección: Pau Martínez
Guión: Javier Domingo y Ferran Folch
Fotografía: Miguel Llorens
Música: Nacho Marco
Montaje: Cristina Pastor
Intérpretes: Fele Martínez, Marc Rodríguez, Jordi Rico, Inma Cuesta, Manuel Tallafé,  Andrew Tarbet
Duración: 90 minutos
Distribuidora:  Zip Vision
Estreno: 17 abril 2009
Página web:  http://www.elkaseron.blogspot.com

Esbozo ligero de un movimiento en declive
Escribe Ángel Vallejo

El cine español medio no tiene forma de competir con las medianas producciones norteamericanasUno no puede dejar de tener la sensación de lo profundamente metafórico y premonitorio que resulta el mensaje de esta película menor, pero madura, cuando decide girarse hacia el patio de butacas y comprobar cómo sólo dos personas asisten a su proyección.

Es cierto que no era la mejor hora para medir el impacto de la tercera obra (segundo largometraje y primero estrenado comercialmente) de un director valenciano en un ya de por sí exclusivo cine, pero puedo apostar a que cualquier sala donde se proyectara el último producto comercial yanqui hubiera tenido más público.

No tiene por qué ser una cuestión de calidad; aunque es cierto que El Kaserón dista mucho de ser una película de campanillas, no parece serlo menos que no puede competir ni de lejos en promoción y en relumbrón estelar con productos de similar altura cinematográfica, precisamente por el hecho de no contar con un apoyo publicitario masivo. Es, en ese sentido, una película casi marginal, como el movimiento okupa que pretende diseccionar con más o menos acierto pero con indudable sentido del humor y me atrevería a decir que con cierto conocimiento de causa.

Pau Martínez ha huido de alardes innecesarios

Parece que Pau Martínez, siempre consciente de ello, ha huido de alardes innecesarios y no ha querido dotar de misticismo primerizo a un filme que debe darlo a conocer al público. Su película destila sinceridad, sencillez y entusiasmo, y esto debería ser más que suficiente para suscitar la aprobación de un crítico que sin embargo no puede dejar de hacer notar que en ocasiones la película adolece de ritmo, algunos personajes están sobreactuados y otros no consiguen justificar su presencia en la historia, como el caso de los hermanos del protagonista, un Fele Martínez que recuerda en su interpretación los mejores tiempos del José Sacristán desgarbado y atónito frente a los acontecimientos de toda una época.

Fele Martínez recuerda en su interpretación los mejores tiempos del José Sacristán desgarbado y atónito Toda vez que tales defectos puedan atribuirse más bien al guión que a la responsabilidad del realizador, aquél no deja de reflejar bastante fielmente las entretelas corruptas de la política municipal y los distintos grados de fervor revolucionario del que hacen gala unos okupas casi siempre más preocupados por la diversión que por la acción política propiamente dicha.

Es por ello que el sustrato del filme tiene un aroma profundamente escéptico: ni qué decir tiene que los munícipes salen escaldados, pero es que tampoco se libran de la cariñosa colleja los habitantes de la casa que aceptan apenas sin rechistar la propuesta de un abogado resuelto a socializarlos aunque sea a cambio de una vitrocerámica y una reforma del chalecito okupado. Por no librarse ni siquiera se libra el letrado que comprueba cómo la abogacía sirve casi siempre a intereses espúreos de los que no cabe zafarse una vez te hallas inmerso en los entresijos del derecho, aunque pretendas bajarte del barco a medio trayecto para volver a un trabajo insulso pero inocente.

Más allá de estos pequeños apuntes no cabe buscar un sentido profundo ni una crítica sesuda; salvando las distancias, ésta misma se ejerce desde postulados más bien berlanguianos. Pero estaría divagando si no reconociera que lo que fundamentalmente se busca es entretener; en ocasiones con humor de brocha gorda, en otras con ciertos guiños cinéfilos a Hitchcock, y por último con la mera actitud de unos personajes cuyo máximo logro resulta ser lo suficientemente entrañables como para que no produzcan rechazo, como es el caso del viejo rockero que no cesa de repartir besos a un personal sorprendido ante tales efusiones afectivas o el escocés borrachuzo fanático del rugby.

Un entretenimiento sin pretensiones, en fin, que no perdura en la memoria más que lo que pueda permanecer en cartelera, pero que brinda una excelente oportunidad a un nuevo realizador que puede tener cosas importantes que decir en un futuro no muy lejano.

Un entretenimiento sin pretensiones, en fin, que no perdura en la memoria más que lo que pueda permanecer en cartelera