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Seres sin vida deambulando por una ciudad
Escribe Adolfo Bellido López
Una gran parte de las películas policíacas ha tenido como centro la ciudad de Barcelona. A comienzos de los años cincuenta y a lo largo de los sesenta se realizaron una serie de títulos de cierto interés dentro del género, que tomaron la ciudad condal como centro de la trama. Se trataba, entre otras, de Apartados de correos 1001 de Julio Salvador, Brigada criminal de Iquino, No dispares contra mí del siempre desconcertante José María Nunes, Los atracadores y Crónica sentimental en rojo, ambas de Rovira Beleta, Distrito Quinto de Julio Coll y, sobre todo, A tiro limpio de Pérez-Dolz, que recientemente fue objeto de un remake dirigido por Jesús Mora.
No quiero decir con eso que Madrid no haya sido una ciudad protagonista de varios filmes policíacos. Puede recordarse, en ese sentido, algunos de los títulos (dentro de lo misterioso) realizados por Edgar Neville durante los años cuarenta, como La torre de los siete jorobados o El crimen de la calle bordadores, así como posteriores obras de otros realizadores, como Forqué (091, policía al habla), Zorrilla (El arreglo), Garci (El crack y El crack II), Aranda (Asesinato en el Comité central); sin olvidar otros títulos, distanciados en el tiempo, desarrollados en diferentes lugares de España, como pueden ser Los peces rojos de Nieves Conde (y el remake no muy lejano de Giménez Rico, Hotel Danubio), Días contados de Uribe, La caja 507 de Urbizu…
Pero, con todo, Barcelona parece ser una ciudad más adaptable a narraciones policíacas cercanas a los mundos de Vázquez Montalbán (varias de las novelas de Carvalho se han llevado al cine) o de González Ledesma, quizá por el sentido a la vez misterioso y cosmopolita de la ciudad.
Ahora, también con Barcelona convertida en protagonista, nos llega 25 kilates, una película sorprendente, sin duda una de las más sólidas del joven cine español. Y es que este filme de Patxi Amezcua es el primer largometraje que dirige. No es perfecto, claro, su guión, incluso, posee varias trampas tan ingenuas como evidentes, y su final es tan equivocado como falso, pero estamos ante un filme estimable y sugerente. Hay, además, buenos actores, una creación de atmósfera sorprendente y, ante todo, una pareja protagonista excelente, prototipo y reflejo de los antihéroes de la serie negra.
Los antihéroes de la narración
Abel (Francesc Garrido) y Kay (Aida Folch), por Carolina como asevera el personaje, son dos seres perdidos y derrotados en una ciudad repleta de corrupción, de juegos ilícitos, de trampas constantes. La película narra el encuentro de dos seres que viven como pueden o… les dejan. Todo parte de un encuentro debido al azar y en unas circunstancias extrañas. Momento que deja claro la actitud vital (o mortecina) del hombre. Se trata de un ser de vuelta de todo y sin ningún viso de futuro.
En algunos momentos, Abel, muerto en vida, deambulando por la ciudad de acuerdo a lo que otros le proponen (una especie de salvaje cobrador de deudas pendientes), en una necesidad inútil por sobrevivir, nos lleva a recordar al personaje interpretado por John Cassavetes en la excelente Código del hampa de Siegel. Ambos no viven, simplemente se dejan llevar por la vida. Y es que en realidad murieron hace años, cuando la mujer querida desapareció de su vida por una traición (Código del hampa) o por una muerte imprevista (25 kilates).
En el primer, caso el personaje se ha sentido traicionado en su amor sin límites; en el segundo, Abel no puede olvidar a la mujer amada de cuya muerte además se siente culpable. ¿Qué sentido va a encontrar en su vida al haber desaparecido de su lado la mujer que queria? En realidad ninguno, máxime cuando ese amor era lo único que le sostenía en una existencia hecha de renuncias, sin posibilidad de una vuelta atrás. Abel tuvo que dejar el boxeo, siendo una gran promesa, ante la enfermedad de su padre, que le mantiene atado a una silla de ruedas.
La interpretación de Francesc Garrido matiza a un ser perdido en el mundo, sin sentimiento alguno. Sin capacidad alguna para amar o sentir. Hay instantes en que el filme muestra claramente ese no sentir del personaje, como se trasluce en el momento en que comprueba que ha sido robado en su propia casa por una mujer (aunque se equivoque de autora), en la nula reacción ante el asesinato del padre o al admitir, en el penúltimo plano, que probablemente ha sido traicionado.
La presencia del padre
Kay, a la que da vida una impresionante Aida Folch, es una especie de ángel perverso en un mundo cruel y sin horizonte. Está hecha a todo. Se dedica al robo de vehículos por procedimientos aparentemente simples o ingenuos. Ligada a un destino trágico, en un mundo oscuro y tramposo, por una especie de unión, de difícil ruptura, con su padre, con el que mantiene un cierto aire proteccionista.
La presencia del padre introduce uno de los temas sobre los que gravita el filme y en los que las personajes aparecen cercados, atrapados en espesas telas de araña. La falta o el exceso de amor se plasma en una serie de figuras paternas que se extienden a las respectivas familias de Abel y Kay. Por un lado está el padre de Kay; por otro, la relación existente de Abel con sus padres, en especial con el padre paralítico; y finalmente, la del propio Abel con su hijo pequeño. Idas y vueltas, espejos en los que unos se miran en otros en su intento de huida como forma de mantener a flote en un mundo sin esperanzas.
Alrededor de los dos personajes principales todo son traiciones o exigencias (el amor familiar posesivo). Un mundo donde se busca obsesivamente el dinero o aquello que se desea. Por ahí se mueven unos policías corruptos, un empresario sin escrúpulos, una mujer que no admite ser desechada, una matón a sueldo, unos tasadores sin conciencia. La única moral será la sumisión personal, de Abel en el cumplimiento de unas normas de actuación y la aceptación de unas reglas que acepta mansamente. Su necesidad, al fin y al cabo, de estar de acuerdo, dentro de su no existencia, con su personal forma de entender o cumplimentar la existencia.
Pequeños detalles, miradas, gestos, sirven para definir las situaciones: la acumulación de objetos sucios en la casa del padre de Kay define claramente a un personaje, el retrato (aún presente en la casa) de Abel y su mujer fallecida.
A veces claustrofóbica, 25 kilates se convierte en la radiografía de una ciudad. En principio, la película se iba a rodar en Madrid, pero a última se cambio por Barcelona porque probablemente le sentaba mejor a esa ciudad, el aire espeso de una trama que transcurre en gran parte a la luz del día y en exteriores.
Trampas evidentes de guión
Hay a lo largo del filme evidentes trampas de guión y resoluciones muy pobres de determinados momentos, pero más debidos al guión que a la realización. Pueden servir de ejemplo (y no son los únicos) tres momentos:
a) el segundo encuentro de los protagonistas, como fruto del azar, pero de manera muy forzada, en las calles de la ciudad, lo que posibilitará la posterior relación-unión de la pareja;
b) la forma incomprensible de tapar la cabeza al padre de Kay, al ser secuestrado por la policía. No se entiende tal hecho, ya que el personaje conoce perfectamente a los que le tienen prisionero. El único sentido de ese instante está en función de la muerte de uno de los policías a manos de sus compañeros al ser confundido con el personaje que mantienen prisionero;
c) el absurdo final. Difícilmente se entiende este término, tanto en cuanto Kay espere pacientemente a que vuelva Abel como que ella no se marche con el botín. En ese final se evita, astuta pero incomprensiblemente, la reacción del padre de Kay, y se procede a un final feliz que para nada entronca con el relato. Nos quedamos, por ello, con ese plano anterior al final en el que Abel, desde su posición de hombre perdido, entiende que alguien, en quien empezaba a confiar, le haya podido engañar. El resto es un apaño, al que quiere salvar de su fallida propuesta el chiste sobre el lugar en el que estaba aparcado Kay.
Una brillante primer largometraje del navarro Patxi Amezcua, que ha contado con unos intérpretes realmente excelentes. Sobre todo Aida Folch, la niña (su primer papel) de El embrujo de Shangai de Fernando Trueba o la joven francesita de la exitosa serie Cuéntame. Una de esas raras actrices actuales capaces de enamorar a una cámara, de comerse la pantalla.
Coda
El valor de 25 kilates es mayor si se compara con otras películas policíacas españoles recientes, como puede ser (aunque sea una coproducción) Naranjo en flor de Antonio González Vigil, un primer largometraje como el de Amezcua, pero a diferencia del suyo, con un realizador incapaz de vencer un pésimo e incomprensible guión, repleto en su totalidad de gratuitas trampas. Y eso que el tal naranjo tanguero aparece arropado por una novela de Carlos Pérez Merinero y unos agradecimientos que van desde el cantante Sabina hasta Manuel Hidalgo. Pero ni eso, ni las buenas intenciones hacen una buena película.
25 kilates, sin embargo, tiene calidad, incluso, para medirse con títulos extranjeros de tronío, al menos en cuanto a publicidad, porque los resultados son otra cosa. Sin in retroceder mucho en el tiempo, basta recordar (uno de los variados timos literarios y fílmicos) Los hombres que no amaban a las mujeres, que para nada se emparenta ni con las buenas novelas actuales del género (al ser sueca conviene recordar a Mankell), ni con el cine de calidad. Lo que, en su modestia, consiguen estos muchos quilates, que hacen esperar con impaciencia la siguiente obra de su director.
