Marlon y Adoratriz
Escribe Carlos Losada
No hay duda que Eliseo Subiela, desde El lado oscuro del corazón, pretende siempre ser original. Bien por su estudiada aproximación a los temas, bien por su tratamiento de la realidad integrándose con la fantasía, bien por su manera peculiar de enlazar las secuencias entre los actores y el espectador.
No mires para abajo responde a los tres supuestos, que desarrolla de forma intermitente entre el sarcasmo final del tema tratado, relaciones sexuales, hasta el enlace que los actores brindan al espectador para que le sigan, participen de sus experiencias y hasta pretendan llegar más allá del anunciado sexo tántrico.
No puedes evitar aproximarse a esta película desde la ironía, porque en el fondo Subiela quiere jugar con ella; salvo, es posible, los momentos donde la relación entre Marlon y Adoratriz tiene un ligero aire erótico rozando lo festivo; mas, cuando la alegría está abriéndose paso entre el erotismo y las sensaciones, para llevarnos a nuestras zonas realmente íntimas, Subiela parece ponerse serio, esa impresión da al menos, no dejándonos participar del todo en el festín.
Vamos a explicarnos. Las prácticas sexuales entre humanos, salvo para casi todos los tertulianos de radios y televisiones, son algo tan íntimo, cordial, alegre, pasional y estimulante que puede hacernos sentirnos como dioses, apreciar la vida en sus múltiples facetas, conocernos mejor y reírnos de nosotros mismos.
Pues bien, cuando Eloy (apreciable y dócil Leandro Stivelman) conoce a Elvira (entonada y manipulante Antonella Costa) en una de sus noches de sonambulismo, cae en la cama de Elvira, desde la claraboya de la azotea, las relaciones que se van a establecer deberían ser siempre gozosas porque ella le lleva a experimentar con juegos de iniciación, para que se contenga, para que goce más, para que cuente hasta cien, si es posible, las veces que Marlon va penetrando a Adoratriz…
Olvidaba contar que Elvira llama a su sexo Adoratriz, por haber estudiado con las monjas adoratrices -lo que en el fondo le honra-, y sentirse así adorada, deseada, querida. Eloy, a requerimientos de Elvira, opta por llamar al suyo Marlon, en homenaje al apasionado actor de Un tranvía llamado Deseo. Aceptado el juego, las cosas hubieran ido mejor si Subiela no se entrometiera en el desenvolvimiento de los personajes, dando su particular opinión sobre unas relaciones que él pretende tan íntimas como cordiales y necesarias.
En definitiva, la película, que entretiene y hasta te pone una sonrisa, no pasa de discreta porque no juega la baza del acercamiento humano al problema del sexo, del que casi se excluyen los sentimientos, como si le interesaran más las ensoñaciones que tiene Eloy, viendo la fila de muertos a lo largo de la tapia del cementerio, cercano a su casa, y que curiosamente todos son hombres, y sus cerradas relaciones familiares, que entroncarse en la visceralidad de una pareja que va ganando confianza, hasta apunta ternura, y que sus enseñanzas sirven para afrontar la vida con más optimismo y humor, quedando los sueños como delirios compensatorios. Eso viene a sugerir la tía de Elvira, enigmática señora que se dedica a sus brebajes, por supuesto afrodisíacos.
Antes del punto final de estas digresiones, que a más de uno pueden parecerle estilo Eliseo Subiela, preguntar el sentido del título, No mires para abajo. La conjetura menos mala, al menos para el que escribe, es que si miras demasiado abajo cortas la inspiración tántrica de un sexo dispuesto a complacerte. Se admiten opciones: por ejemplo, que los pies no tienen atractivo -pero ya sabemos qué opina Buñuel-, o que se te va el pensamiento justo cuando lo estás aprehendiendo; aunque la clave puede estar en no dejar de mirar a los ojos del amado.
Sin embargo, véanla sin prejuicio alguno y es posible que algo aprendan, al menos a contenerse, que no es poco. Y a la próxima, que Eliseo Subiela nos dé algo más de cine y menos especulación inútil.
