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Folletón mexicano
Escribe Marcial Moreno
Parece ser que esta película está batiendo records de espectadores en México. Y no es de extrañar. Nada que ver con la crudeza de Arturo Ripstein, ni con las ocurrencias experimentales de González Iñárritu.
Aquí todo parece medido para conseguir el propósito comercial. Una trama de amores contrariados, de fascinaciones y desengaños, compuesta sobre un fondo histórico con apuntes hacia el presente, es decir, buena dosis de vísceras con leves referencias al intelecto. Y aliñándolo todo un toque de feminismo ramplón (quizá para México en este tema un poco es mucho), algo de erotismo, apelaciones a la corrupción y la honestidad, y algunos boleros. ¿Quién da más? Si continuamente se escuchan quejas sobre la pobre afluencia que registran las películas españolas, no estaría de sobra reparar en el fenómeno que ésta ha suscitado en su país y aprender un poco de la fórmula utilizada. Es muy posible que las taquillas mejorasen, aunque en lo que atañe a la calidad sería otro cantar.
Sí, porque el éxito comercial y la excelencia artística no siempre coinciden, más bien lo contrario. Ya no estamos en la época dorada de Hollywood, cuando las obras maestras solían atraer masivamente al público. Ahora el éxito popular invita antes que nada a la prevención. Y este caso no se sale de la norma.
La película posee dos partes claramente diferenciadas, siendo la aparición del joven amante la frontera entre ambas. En la primera, asistimos básicamente a la presentación de los personajes, llevada a cabo de forma progresiva, minuciosa y un tanto reiterativa.
De todos modos, el relato posee un ritmo adecuado, y logra disimular convenientemente sus carencias. Es verdad que gran parte del acierto descansa en el personaje del general, de largo lo más interesante de la película, con esa mezcla de abyección moral y simpatía que impide, y a veces da la impresión que a costa incluso de la voluntad del director, que nos formemos un concepto negativo de él. Queriéndolo o no, es un personaje dotado del encanto de los canallas inteligentes y finalmente magnánimos. Por el contrario, la protagonista no consigue mantener en pie de forma coherente la conjunción de ingenuidad (excesiva) y honestidad (más bien escasa) con la que se pretende dotar al personaje.
Pero con todo lo peor llega en la segunda parte, con la aparición en escena del joven amante, hijo de un antiguo superior del general (?), y director de orquesta (sí, eso, la cultura nueva frente a las viejas costumbres castrenses y corruptas). Desde ese momento la película cae en una deriva de la que no logra recuperarse.
Ni existe química entre los amantes, ni resulta creíble la manera de ponerlos en contacto, ni mucho menos se sostiene la supuesta actividad política del músico (a quien por cierto no hubiese estado de sobra dotarlo de ciertas nociones sobre dirección, y quizá así no se limitaría a mover las manos como si estuviera espantando insectos voladores) y su posterior detención.
La cadencia que caracteriza la primera parte del relato se transforma ahora en una sucesión absurda de acontecimientos cuyo objetivo no parece ser otro que acabar con aquello de la manera que sea. No otra explicación puede tener, por ejemplo, la reaparición de la pitonisa y ese diálogo casual que mantiene con la protagonista.
Al final, la narradora nos confiesa no sentir dolor por la desaparición de su marido, teniendo que recordar al amante para simular siquiera unas lágrimas sociales. Nosotros tampoco sentimos dolor por el fin de la película, y poder así perderla de vista tras constatar la mentecata en que se ha convertido aquella jovencita rebelde del principio.
