Rutinas ministeriales y descubrimientos cinéfilos
Escribe Daniela T. Montoya
Ya han recogido las maletas la ministra de cultura y su lacayo el burócrata Ignasi Guardans. Entre otras cosas, además de entregar a Maribel Verdú el Premio Nacional de Cinematografía, vinieron a poner en común la reformulación de la nueva Ley del cine y los audiovisuales.
Pero, más que reformular los discutibles principios anticipados antes del verano, parece que venían con una amplia sonrisa para ganarse el favor de los disidentes. Porque, de reformulación, ha habido poca. Ya que se mantienen firmes en su intención de aprobar el nuevo cálculo de concesión de ayudas a la creación.
Una nueva fórmula que, en estos tiempos tan políticamente correctos con la igualdad de género, incluirá discriminación positiva hacia el cine realizado por mujeres. Pero que, sin embargo, muy probablemente deje en la cuneta directores como Javier Rebollo o Isaki Lacuesta. Directores que, precisamente este año, están presentes en la sección competitiva del festival. ¿Repetirán en posteriores ediciones o el cine nacional (todo o casi todo) será fruto de producciones televisivas, como en el caso del Festival de cine español de Málaga?
No estaría mal eso de que las cadenas apoyasen al cine. A todo el cine. Es decir, que no sólo se dedicasen a promocionar sus propias inversiones, caso de TVE respecto a la alabada El secreto de sus ojos, ni que confundiesen las sesiones de cine con las infumables peliculillas de sobremesa con las que llenan la programación.
Pero este es otro tema inabordable. Porque de momento, a pesar que en estos últimos años se ha producido una gran cantidad de cine español (y europeo), éste sigue sin llegar a los espectadores. Entonces, ¿dónde está el problema? ¿En que no se tienen los recursos para hacer cine o en que es tortuoso el camino para hacerse visible?
Quizás la modernización de las salas de cine, incorporando sistemas de proyección digital, facilite las cosas. Pero, quizás también, si se pusiera freno al control monopolístico de las majors, que extienden sus tentáculos hasta la distribución y exhibición, los espectadores tendrían otra impresión sobre qué es eso del cine. Ya que no todo son palomitas, ni es imprescindible crear guetos de supuesta excelencia artística. Como ejemplo, el propio Festival de San Sebastián, que entre su programación a concurso, incluye cine más adocenado con propuestas arriesgadas, películas de género con experimentos, comedias agradables con dramas punzantes.
El toque humano
El director francés Bruno Dumont se trajo bajo el brazo una cinta que, en un principio, parece no encajar en estos tiempos. Porque Hadewijch remite a una ferviente creyente del siglo XIII que, Dumont, reformula adaptándola a la actualidad del siglo XXI.
Así, Hadewijch es el apodo que recibe la joven novicia Céline (Julie Sokolowski). Encarnación de la inocencia, la excesiva entrega a las manos de Dios que encarna Céline preocupa sobremanera a la madre superiora. Por lo cual, para evitar que enferme a causa su estado de gracia, que lleva a Céline a despreocuparse de su carnalidad practicando el ayuno y no abrigándose, decide expulsar a la joven del convento. Pero su retorno a la vida mundana no consigue quitar de su mente su deseo de comulgar con Dios. Lo cual, nos lleva a Céline, en un estado de flotación a dos pies sobre el nivel de la realidad, deambulando entre el mundo de lujo en el que vive, junto a su padre ministro y su perrita con pedigree, y los arrabales en que viven dos jóvenes musulmanes sin trabajo.
Explicó Dumont que quería hacer una película sobre los peligros del fanatismo religioso. Más bien, del riesgo que se corre al rondar la locura del deseo extremo. En este caso, de la entrega en exceso a la palabra de Dios. La joven se plantea si se puede llegar a combatir por las sagradas escrituras.
Pero, por lo visto en Hadewijch, Dumont parece darlo por hecho. Aunque, no queda del todo claro el proceso que se sigue para llegar a tal punto. Ya que, en los tiempos que corren, resulta demasiado simplista asociar sin más el islamismo con explosiones indiscriminadas dirigidas a la población.
Hadewijch logra mantenernos expectantes respecto a dónde nos llevará esta joven, perdida en su incuestionable amor divino. Una entrega excesiva que Dumont no pretende justificar, pero sí cuestionar. Para ello, primero introduce la confusión, transmutando la fe en la racionalidad en entrega a la acción. Y, posteriormente, dando pie a la duda mediante la construcción temporal del relato con el fin de redimir a la joven. ¿O es sólo para hacerla renacer de las profundidades en que se estaba ahogando?
Menos, mucho menos metafísica fue la segunda (de las cuatro) películas españolas a concurso. Yo, también, codirigida por los noveles Álvaro Pastor y Antonio Naharro, es una descarada propuesta por tratar con normalidad a quienes padecen alguna disminución psíquica o… emocional.
De entre los más visibles, Daniel (Pablo Pineda) encarna la excepcionalidad de entre los españoles con síndrome de Down. Por su parte, Laura (Lola Dueñas, de nuevo enganchada a personajes atormentados) es la víctima alcoholizada de un pasado que arrastra abusos. Entre ambos, surge una historia de amor a través de la que podrán recuperar la integridad que se habían olvidado que tenían.
Con un discurso tan abierto a la tolerancia como el de Yo, también, Pastor y Naharro se ganaron al público. Han sabido tocar la vena emotiva sin caer en la lágrima fácil. Pero, sin duda, el golpe de efecto resulta de saberse situar en el punto de vista de el otro. De quien es tratado con diferencia y, siendo consciente de ello, se toma la libertad de tomárselo a guasa.
Continuando con el "ciclo de noveles"
Desde ese llamado cine independiente estadounidense (hecho al margen de los estudios, pero contando con "sobrado" presupuesto), procede el primer largometraje de Aaron Schneider Get Low.
Atraído por una (por lo visto) clásica leyenda popular sureña, Schneider nos cuenta la historia Felix Bush. Mítico personaje del Tennessee de principios del siglo XX, su extravagancia y hosquedad dio pie a que la población lugareña fabulara sobre su persona. Hasta que, sintiéndose ya muy mayor y cansado de tantos rumores banales, decidió recrear un funeral en vida para confesar el secreto que atormentaba su vida desde hacía décadas.
Es normal que Schneider, maravillado con semejante cuento, retratara con cierta épica la última locura de este hombre, tan hosco como airado, que encarna a la perfección Robert Duval. Pero es difícil que, desde este otro lado del Atlántico, nos dejemos deslumbrar por una historia de hombres rudos, donde los billetes verdes mueven masas, y los dilemas morales no alcanzan cotas tan tremendistas.
Si Get Low nos hace pasar un rato agradable, sin más, la otra cinta anglosajona a concurso sí que logra tocar hueso. Con Blessed, Ana Kokkinos hurga con eficiencia en las disfunciones de la sociedad bienestante.
Las últimas películas del director inglés Ken Loach, por antonomasia referente del cine social, no acaban de cuajar. Quizás el tipo haya perdido habilidad narrativa. O, simplemente, ya no acierte apuntando a la lucha de clases (léase, de trabajadores explotados frente al sistema) como origen del desajuste social.
Sin embargo, Gus Van Sant lleva ya unos años centrando su atención en los jóvenes. Con Elephant (2003) abordó el acuciante problema de las masacres en institutos estadounidenses, y extendidas también en Europa, protagonizadas por chavales frustrados. ¿Pero de qué se puede estar frustrado en el paraíso de la abundancia? Más recientemente, seguía en Paranoid Park (2007) pensando en qué les lleva a los menores de edad a vagar por las calles sin apenas sentir remordimientos por las consecuencias de sus acciones.
Luego llegó Antonio Campos, con Afterschool (2008). En ella, además del análisis antropológico de los chavales preuniversitarios, introduce la variable tecnológica del desarrollo de los móviles y el libertinaje en la circulación de imágenes sin ton ni son. Y, ahora en San Sebastián, aparece Ana Kokkinos con Blessed, sobre el callejeo de unos chavales y el papel que juegan sus padres.
Historia coral sobre los miembros de cinco familias, Blessed analiza de forma aislada las idas y venidas de los hijos y sus padres durante un día. Cada uno por su lado, cada uno con sus pensamientos, permanecen inconexos en la era de los teléfonos de cuarta generación.
Estructurada en dos partes que corresponden a la mirada de los hijos y, después, la de los padres, Blessed discurre cruzando ambas perspectivas manteniendo el orden temporal. Primero, contemplar cómo los menores hacen pellas, beben alcohol o roban porque sí, como si fuera un mero entretenimiento. Después, observar las preocupaciones de los padres respecto a sus descendientes, sus angustias y su sufrimiento por una vida que no va tan bien como habían planeado.
Así, en esta alternancia de puntos de vista, unas veces asistimos previamente a las causas que originan los sentimientos de los mayores. Pero en otras, el comportamiento de los padres es la explicación de la irracionalidad anterior.
Con Blessed, Kokkino rehúye ser moralizante. En ningún momento osa juzgar a una mujer soltera por dejar que sus novios abusen de sus hijos. Ni quiere culpar a un hombre en vías de alcoholizarse por pasar los días sin encontrar trabajo. Como tampoco pretende infligir un castigo a una cleptómana que no sabe cómo dar emoción a su vida.
Al contrario, Kokkinos muestra los extremos al que cada uno ha llegado y trata de explicar las causas para que podamos comprender el porqué de sus reacciones. Entre las causas de la desorientación generalizada, ¿podríamos señalar "el capitalismo"? Puede que éste sólo haya sido una broma, una broma pesada. Sin embargo, tener entre las manos un buen fajo de billetes puede alegrar la existencia. Al menos, por unos minutos, hasta que haya que volver a pagar la hipoteca o el reflejo del espejo desfigure la fantasía de felicidad.
Pero, a pesar de las penurias económicas por las que atraviesan estas familias cuasi monoparentales (o de tíos convertidos en un cero a la izquierda), la mayor de las carencias es el afecto. Afecto, cariño y… falta de responsabilidad. Porque, ¿a dónde pueden ir unos chavales que no son nada? Sin proyectos, sin saber qué quieren ser, ¿acaso pueden llegar a ser algo? (Y, mientras, por estas tierras, discutiendo sobre si la autoridad puede ejercerse por ley…).
Algunos quisieran que los personajes de Blessed fueran sólo ficción. O que, a lo sumo, remitiese únicamente a la población anglosajona. Pero es que la película de Kokkinos resulta tan próxima… Sin tener que recurrir al documental (tan de moda, últimamente), Kokkinos expone con sabiduría los entresijos de una sociedad que maquilla impecablemente sus carencias.
Y lo que es más difícil todavía, construyendo un relato cautivador, que no precisa recurrir al melodrama, sabe manejar los recursos estilísticos y, además, logra mantener la atracción hasta el último instante (algo que no consigue la encumbrada El secreto de sus ojos, cuyo relato desfallece con la prolongación final que introduce Campanella). Por todo ello, habrá que prestar atención a esta novel y madura directora.