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La realidad empapada de ficción
Escribe Daniela T. Montoya
Metafórico y cinéfilo, Costa-Gavras retorna a la carga con Edén al oeste. Renombrado analista socio-político desde el cine, el director griego afincado en Francia continúa insistiendo en la responsabilidad compartida que tenemos todos respecto a la organización social (ya sea municipal, comarcal, estatal o mundial).
No en vano, a ello alude el concepto originario de polis, y no a la representación teatral de los políticos actuales, que se afanan por reencarnarse diariamente en los medios.
¿Por qué un inmigrante chapliniano?
A pesar de las continuidades en los intereses y contenidos, Costa-Gavras ha variado su estilo. Con Edén al oeste deja atrás las películas más discursivas, en las que se prestaba atención a la exposición de los argumentos.
Era en las décadas de 1960-70 cuando, momento álgido de la semiología, los temas candentes fueron la lucha de trabajadores y las cotas de poder. Había que comprender las nuevas estructuras y, además, saber explicarlas. Sin embargo, desde la era de las comodidades, aquellos años de reivindicaciones sociales parecen muy lejanos.
Sí, puede que sigan existiendo numerosas injusticias (explotación, discriminación, abusos de poder, descompensada distribución de las riquezas, etc.), pero el descompromiso y la fragmentación en un mundo globalizado van parejas con la canalización espectacular y la exponenciación en la diferencia de oportunidades. Entonces, ¿cómo afrontar un llamamiento por (al menos) la reflexión crítica?
Si los docurealitys devoran la crudeza de la(s) subsistencia(s), ya sea entre nuestros vecinos en las zonas olvidadas de la ciudad, o entre extraños de países remotos; y, mientras, la televisión emite sus dosis diarias de las penurias de aquellos que, teniendo mayores dificultades, no logran acceder a un estatus normalizado de ciudadanía, ¿qué lugar le queda al análisis social?
Con Edén al oeste, Costa-Gavras parece encontrar una respuesta satisfactoria a esta cuestión de método. Si la ficción se apropia de la realidad, hasta el punto de transformarla en puro constructo irreal, entonces también la fantasía puede incorporarse a una narración que fricciona directamente con la realidad.
De ahí la caracterización del protagonista de Edén al oeste, un inmigrante de camino al centro del paraíso, que incorpora la gestualidad característica de la comicidad de Chaplin. Sólo así, provocando el sobresalto desde lo infrecuente, parece ser que actualmente se puede captar la atención del público. El resto, la carga crítica, vendrá de la mano de la parodia.
Diferencias de grados
La alusión geopolítica del título es elocuente. El paraíso se encuentra en un lugar geográfico concreto del globo terráqueo. Concepto abstracto o imagen promovida, el edén es el sueño -porque remite más bien a posibilidades, más que a un espacio físico determinado- que ansían llegar los que están al otro lado del (nor)oeste.
Esto es, a grosso modo, "los inmigrantes". Sujetos a los que se les priva de identidad y, por tanto, no tienen otra opción que adaptarse a las circunstancias que van surgiendo. Tal es el caso paradigmático de Elías (Riccardo Scamarcio), protagonista que encarna la odisea hacia el paraíso que es la historia de Edén al oeste.
Bien conoce Costa-Gavras el trato que desde la Europa civilizada se brinda a los que vienen de fuera (¡y sin dinero!). La descripción los avatares que debe supera Elias, junto a los muchos sin-nombre con los que se va cruzando en su viaje hacia el edén, hará saltar los colores a más de uno.
O, por lo menos, eso es lo que pretende Edén al oeste. Porque, con su aparente docilidad narrativa, va exponiendo una por una las situaciones que padecen los inmigrantes y de las que deberíamos avergonzarnos por consentirlas, si no ser responsables de las mismas.
Desde el inicio con el desembarco a lo "sálvese quién pueda", que suelen poner en práctica quienes trafican con personas; hasta las sistemáticas barridas a la caza de inmigrantes, que realiza la policía, Costa-Gavras va recreando con ironía cada una de las situaciones que debe afrontar quien no tiene voz (ni voto) para defenderse.
Elías, casi totalmente enmudecido (ya que desconoce el idioma), pasa a ser un títere en manos de los deseos de los demás. De todos los demás: la turista extranjera, que puede pagarse los favores sexuales del joven hasta que finalice (ella) sus vacaciones; los gendarmes, representantes de la persecución institucionalizada; los turistas, que pueden considerar al inmigrante como una amenaza, un divertimento o alguien a quien se puede tomar el pelo; los empresarios, que parecen tener inmunidad para hacer uso a su antojo de la mano de obra que no cotiza a la seguridad social.
Todo está encuadrado en una película que puede resultar muy naif, pero que tiene un trasfondo que busca herir sensibilidades sin tener que mostrar imágenes dramáticas. Porque ya empezamos a estar muy habituados a ver primeros planos de rostros demacrados por el hambre. Porque los discursos paternalistas no son la vía para poner fin a los problemas de desigualdad social que vive el planeta. Porque la inmigración es un tema que los gobiernos deberían encarar de frente, y no meramente autorizando barridas policiales. Y, sobre todo, porque los inmigrantes son personas a las que deberíamos tratar como tal.
Con Edén al oeste, Costa-Gavras da un giro de tuerca al tratamiento que, tanto el cine como los medios en general, están dando a la realidad. No sólo por el estilo narrativo, que absorbe lo mejor de las comedias de Chaplin para reubicarlo en la actualidad. Sino, también, por focalizar la problemática de la política actual. ¿Las inversiones para frenar el cambio climático?, no. ¿Los inmigrantes?, tampoco. ¿La desidia respecto a las condiciones de vida de buena parte de la población del planeta?, pues seguramente ahí esté el quid de la cuestión.
