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¿Podemos reírnos en 3D?
Escribe Carlos Losada
Pues eso, que decíamos ayer -ver comentario sobre San Valentín sangriento 3D– que los espectadores agradeceríamos si con el sistema 3D podíamos reírnos, y lo hemos hecho con El destino final 3D, aunque se trata de una película de terror.
Evidentemente, con El destino final 3D podemos reírnos, y mucho, a lo largo de los ochenta y pocos minutos que dura esta cuarta entrega de terror -insistimos-, que se inició en el 2000 con Destino final, de James Wong, donde las premoniciones ocurren en torno a un avión.
Sí, habéis leído bien. Son una saga de películas de terror, iniciada con la mencionada y continuada en 2003 con Destino final 2, de David R. Ellis, donde la autopista y un enorme camión son los protagonista, y continuada en 2006 con Destino final 3, repite James Wong, donde la noria -montaña rusa- es el desencadenante de los acontecimientos. Y todos propiciados, en las cuatro películas, por las premoniciones de su protagonista, que imagina una serie de visiones de acontecimientos sangrientos y traumáticos, con la muerte siempre presente, que le llevarán a la reflexión y a insistir, cerca de sus amigos, sobre la necesidad, más que ineludible, de ponerse a salvo.
En todas tienen que ponerse a salvo de la muerte, el destino final de todo ser vivo -es tan obvio que hasta resulta ridículo- y cómo con las premoniciones no se salvan, y solamente intentan engañarla, pues quieren esquivarla de todos los modos posibles, desde averiguar quién es el próximo, que según la premonición del protagonista, en el caso concreto de El destino final 3D es un aseado y casi impertérrito Bobby Campo -Nick-, que si saben quien es el siguiente en morir, intentarán evitarlo y así romperán la cadena, con lo que se acabaron las muertes.
Por muy ingenuo que parezca, esto no es lo peor de la película; diría, incluso, que es lo menos malo, porque a fin de cuentas todos somos humanos. Lo malo está es la escritura de los guiones, que lo fían todo a una serie de casualidades, que si se dieran en la vida cotidiana es posible que ya estuviese toda la Tierra conocida hecha un reguero de cadáveres injustificados, fruto de ese azar que solamente existe en la mente de los guionistas, que intentan suplir así las coordenadas de la naturaleza.
Y no queremos decir que la naturaleza no tenga sus casualidades, abocadas siempre a una lógica consecuente, sino que cuando los guionistas suplantan ese hacer, lo hacen de tal forma que nos suena a chacota, intentando que los sucesos se encadenen a base de anormalidades fortuitas, fruto de que esto es así porque así lo digo y porque así conviene para el desarrollo de la trama. Y así vamos, de disparate en disparate, de tornillos caídos, tuercas mal ajustadas, serrín inflamable, bidones de gasolina próximos a un fuego, neumáticos voladores, motores de coches empotrándose en el cuerpo humano, techos que se desploman, destornilladores fuera de su sitio, sangre que flota, vísceras que se estiran… y así hasta la náusea.
La prueba la tenemos que en esta cuarta entrega, que David R. Ellis -ya se encargó de la segunda- potencia con la técnica de las tres dimensiones, para que esas tuercas, tornillos, coches, neumáticos, sangre, vísceras y demás, lleguen a nuestros ojos y nos provoquen el terror que anuncia la publicidad, dado que se desarrolla, en gran parte, en un circuito de carreras de coches. Y a la mayoría de los que contemplábamos El destino final 3D nos provocaban risas y sonrisas, al margen de oír algunas frases de los personajes dignas de un despropósito, ya que adivinábamos lo que iba a ocurrir, que se nos antojaba sumamente divertido.
Por eso decíamos que al menos esta película "cumple" el requisito de hacernos reír, aunque sea por caminos inversos a sus intenciones. Lo que nos lleva a apostillar que rodar en 3D no tiene por qué dar patente de corso para que cada cual haga del cine un espectáculo típico de video juegos, y le reste todo interés para experimentar con el formato tridimensional y contarnos historias, las que sean y como sean, que nos sirvan para comprender mejor el mundo en que vivimos y los seres que lo habitan, amén de entretenernos e ilustrarnos; si bien, que no sea para contemplar unos destinos finales que son puro disparate.
Hala, a divertirse, diríamos que después de haber insinuado el terror -que sí lo consigue la secuencia final, cuando Nick y algunos de los suyos quedan hechos esqueletos casi cristalizados-; y que la próxima entrega en 3D sea útil al cine y a los espectadores, y por más motivos que los puramente crematísticos para productores, distribuidores y exhibidores. ¿No os parece que haciendo buenas películas todos saldríamos beneficiados?
