Una fiebre de sábado…
Escribe Gabriela Mársico
El filme Tony Manero de Pablo Larraín habla entre otras cosas de la identidad y de la memoria durante uno de los períodos más terribles de la historia chilena: la dictadura del gobierno militar de Pinochet.
Raúl Peralta (el magnífico Alfredo Castro, cuyo parecido con Al Pacino es notable) sueña con montar un espectáculo musical basado en una coreografía de Saturday night fever realizada por John Travolta, para convertirse más tarde, concurso televisivo mediante, en el Tony Manero chileno.
La concreción del sueño llevará al protagonista a cometer una serie de crímenes, asesinatos y robos, en medio de un clima siniestro de vigilancia, delación y violencia.
El cuerpo colonizado
Raúl, espectador obsesivo del filme Saturday night fever, repite gestos, frases y hasta un monólogo entero en un mal inglés. Lleva a cuestas el ya legendario traje blanco (una réplica del que luce Travolta) como si se tratara del envoltorio de un cuerpo próximo a estrenar.
Se producirá así, paulatinamente, un vaciamiento de su propia identidad (que bien podría leerse como el típico lavado de cerebro que han llevado a cabo los gobiernos de facto con el pueblo) como si no tuviera más memoria o recuerdos que las imágenes y las historias que ve proyectadas en la pantalla del cine. Su yo se despersonaliza en medio de la soledad más absoluta, incapaz de iniciar o mantener vínculos con las personas que lo rodean.
De esta manera, Raúl, convertido en una especie de robot o autómata, que vaga por las calles de Santiago, traza un itinerario en el que va deshaciéndose de sí mismo, disolviéndose entre el horror de los crímenes propios en los que se erige como protagonista, y de los ajenos, en los que oficia de testigo cómplice o espectador desinteresado. En una palabra, Raúl ira desapareciendo para dar lugar a esta especie de monstruo hecho de fragmentos que él mismo saquea al ya mítico personaje hollywoodense Tony Manero que interpreta John Travolta.
Raúl deviene (al mejor estilo Frankenstein) en Tony Manero, apropiándose no sólo de su habla, sus gestos, movimientos y vestuario, sino y sobre todo de su ser, que no es más que una ficción, un simulacro.
Paralelamente, Raúl irá re-construyendo el escenario, mosaico a mosaico con bola de cristal incluida, con sangre, sudor y lágrimas que no resultará en otra cosa que un instrumento sin mejores pretensiones que lucecitas montadas para escena (vaya, la oportunidad para homenajear al gran Silvio Rodríguez), el mismo escenario que se transformará más tarde en el set de televisión en el que Raúl no encontrará otra cosa que su propio fracaso.
Una ciudad cárcel
El clima social de Chile de los años setenta se traduce en la desolación fantasmal de sus calles desiertas y sombrías, por las que la gente no puede o, más bien, teme circular. Esta ciudad ajena, inhabitable, con una trampa en cada esquina, que retrata tan fielmente Larraín, comparte ciertos rasgos de las sociedades disciplinarias: el encierro, el estricto sistema de vigilancia que se da a través del merodeo y patrullaje de las fuerzas de seguridad por sus calles.
Recordemos la escena en la que este equipo de tareas detiene a uno de los conocidos de Raúl, que para su desgracia lleva en su morral panfletos sobre una reunión sindical, y que termina ejecutado y dejado en la calle como un deshecho.
O en una de las últimas escenas, cuando el grupo de tareas irrumpe en la casa donde vive Raúl con sus compañeros de baile, y nos enteramos de la delación y la traición de uno de sus integrantes…
Tal vez la metáfora más iluminadora y elocuente del filme sea la más poderosa, y no precisamente por su cualidad escatológica, sino por lo reveladora que resulta: ese momento del filme en el que un Raúl corroído por la furia, la amenaza y la impotencia, defeca sobre el inmaculado traje blanco de un posible competidor, justamente para suprimir al otro, reducirlo, desintegrarlo del mismo modo en el que él lo ha hecho consigo mismo.
La disolución de su personalidad es sinécdoque de una disolución más amplia: la disolución de la nación chilena durante aquellos años.
