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El espectáculo debe continuar
Escribe Sabín
En 2007, tres películas saltaron a los cines de medio mundo con una premisa similar, estar rodadas íntegramente en cámara subjetiva, aunque con resultados desiguales: Monstruoso (Cloverfield) de Matt Reeves, El diario de los muertos de George A. Romero y Rec de Jaume Balagueró y Paco Plaza.
Aunque ninguno de los directores podía conocer los otros dos proyectos, resulta curioso constatar que la premisa de la que partían, lograr la verosimilitud del relato en base a su carácter «documental», fue también la responsable en gran parte de los desiguales resultados y, en concreto, del fracaso del título apadrinado por J. J. Abrams y de alguna incoherencia en el de Romero.
Monstruoso mostraba la destrucción de Nueva York a través de una «grabación doméstica» recogida por las autoridades que investigan lo sucedido. Las imágenes de ese vídeo doméstico, grabadas por un jovenzuelo cualquiera sin formación cinematográfica, tenían la calidad que se presume en un videoaficionado: zooms, desenfoques, barridos innecesarios y demás atentados contra la estética cinematográfica eran parte integral del relato, en atención a la premisa insoslayable de la que se partía.
Sin embargo, en el último tercio de la narración, asistíamos a una escena imposible que arruinaba todo el planteamiento y dejaba en pelotas todo el esfuerzo por hacer creíble el relato: en Central Park, el monstruo alienígena se comía al jovenzuelo responsable de la grabación; por necesidades del guión, el monstruo escupe la cámara, que continúa grabando (en caso contrario, no la habrían descubierto las autoridades y no habría película)… pero, siendo grave el detalle, no es lo más increíble, porque, atentos al dato: su hermano, que ha asistido impávido al despanzurramiento y digestión del intrépido cameraman, no sólo se queda allí, sin salir corriendo a toda leche, sino que tiene el valor y la sangre fría suficientes como para coger la cámara (calentita, por haber compartido el estómago del alienígena con las vísceras del inepto jovenzuelo) y… ¡¡continuar la grabación como si tal cosa!!
Tamaño despropósito arruina la verosimilitud de la obra, vendida eso sí con una admirable campaña de marketing, y muestra todas las costuras de un proyecto que a partir de ahí sucumbe en le fango de las brillantes ideas publicitarias materializadas con los pies (o quizá con el estómago) en vez de usar la cabeza.
Algo mejor le fue a George A. Romero con su enésima parábola político-social camuflada bajo el manto de los zombis que se pasean por este mundo que nos ha tocado vivir.
El diario de los muertos parte de una premisa similar, el uso de «imágenes documentales», pero en este caso debidas a un equipo de serie-B que está grabando una cutre película de terror mientras se desata realmente el Apocalipsis a su alrededor y, en un gesto de profesionalidad, decide seguir grabando. Todo ello será debidamente editado por una joven superviviente del equipo en homenaje al principal operador, ya fallecido, y ese trabajo «montado» es el que se nos ofrece como película.
La profesionalidad del equipo de rodaje permite que nos ahorremos los insufribles zooms, desenfoques y demás quincalla técnica de escaso pedigrí, a la vez que el uso de varias cámaras permite pasar en ocasiones del punto de vista de una a otra… ya que no debemos olvidar que estamos viendo un final cut (nunca mejor dicho) realizado por la una de las pocas supervivientes a la invasión de los zombis, la cual quiere dejar ese testamento audiovisual para las generaciones futuras… si es que las hay.
Más ligera y soportable que el experimento de Abrams, pero mucho peor apoyada por una campaña de marketing que destacara sus indudables valores, aderezada además con la imprescindible crítica a los medios de comunicación (que manipulan la verdad, faltaría más) y a los poderes políticos (que manipulan los medios de comunicación, por supuesto), la propuesta acaba fracasando en parte por un intento de justificar lo injustificable que, nuevamente, nuestra las costuras del relato y pone en peligro su credibilidad.
En alguna escena se juntan dos cámaras en un mismo lugar, ambas grabando la misma escena desde ángulos oportunamente complementarios, lo que permitirá en el montaje final mostrar esa escena con un inmaculado plano-contraplano y un raccord perfecto. Una frivolidad difícilmente admisible cuando, además, ese plano-contraplano acaba resultando contraproducente para la «verosimilitud» de un relato cogido con pinzas y en el que lo mejor sigue siendo ese acercamiento «cotidiano» a los muertos vivientes, algo que Romero ya había realizado con menos argucias técnicas, pero más coherencia en el guión, en títulos tan sugestivos como la casi olvidada La tierra de los muertos vivientes.

Rec, un antológico precedente
Allá donde habían errado sus competidoras en 2007, Balagueró y Plaza supieron cómo integrar fondo y forma, idea y materialización, con un envidiable equilibrio, que dio lugar a una de las grandes películas de terror de todos los tiempos.
Rec justifica la manida cámara subjetiva en base a ser un reality-show nocturno que acompaña una noche cualquiera a los bomberos de Barcelona. Tras descubrir anomalías en un edificio de l’Eixample de la Ciudad Condal, la cámara se pega a la presentadora del programa, la cual no olvida repetir una y otra vez a su operador que siga grabando, que no se pierda detalle… en definitiva, está ante su gran oportunidad y no hay que dejarla pasar, el espectáculo televisivo (auténtico vampiro que somete a las masas) debe continuar por encima de cualquier otra consideración.
Con un trabajo técnico encomiable (no en vano el operador de la ficción era el propio Pablo Rosso, responsable de la fotografía del filme) y con una atención primorosa a los detalles que dotan de verosimilitud a todo el relato (desde los «negros» cuando la cámara está apagada a los planos torcidos y desenfocados cuando un no-profesional la enciende accidentalmente), la película logra mantener la credibilidad en todo momento y su descenso a los infiernos (aunque sea ascendiendo a los pisos superiores de la finca) no pierde en ningún momento la verosimilitud, a la vez que aumenta la tensión por su carácter cada vez más asfixiante y oscuro…
Y todo ello aderezado con una conclusión antológica, en la que la oscuridad lo invade todo y sólo la visión nocturna de la cámara, auténtica protagonista de la función, permite asistir a la desaparición del último personaje vivo, que no puede ser otro que la intrépida reportera que ha pedido y ha ofrecido su profesionalidad por encima de todo, hasta el último instante, aún a costa de su propia vida: pase lo que pase, el show debe continuar (1).

¿Una secuela necesaria?
Difícilmente una secuela es precisa. Su justificación se busca a posteriori, cuando un título ha tenido éxito y se intenta aprovechar su tirón comercial para alargar una historia que, normalmente, ya tiene un principio y un final bien definidos.
Pero el éxito y el mercado mandan. Y no nos engañemos, a cualquiera le apetece que le ofrezcan continuar una de sus películas… sobre todo cuando ésta ha sido un éxito absolutamente inesperado: no olvidemos que Rec fue rodada con cámaras digitales, casi, casi como un divertimento personal de Balagueró y Plaza, pero ha acabado convirtiéndose en una película de culto, que ya cuenta con un bochornoso remake norteamericano (Quarantine, en la que los autores, sencillamente, olvidaron que la cámara era la protagonista de la función: un olvido lamentable), con un prestigio crítico intachable y con una legión de fans ansiosos por saber cómo continuaba la historia.
Y eso es exactamente lo que ofrece Rec 2, la continuación de la historia en el mismo punto en que finalizó la primera: apenas unos minutos después de los enigmáticos sucesos en un viejo inmueble de l’Eixample, un grupo de operaciones especiales se dirige al lugar, a enfrentarse a no se sabe qué o quién; allí les espera una multitud curiosa y expectante en el exterior (ya se sabe, el show debe continuar) y el más absoluto de los silencios en el interior, al que accederán acompañados de un delegado del Ministro del que pronto descubriremos que en realidad es un Ministro… de Dios.
Más allá de su argumento (que no desvelaremos por razones obvias, aunque baste decir que opta por aumentar el número de casi todo… hasta una sorpresa final que apunta a una tercera parte, faltaría más) lo verdaderamente atractivo de Rec 2 estriba en comprobar cómo se enfrentan Balagueró y Plaza a la forma de narrar esta nueva historia: volver a contar con un experto cámara de televisión para mantener un único punto de vista sería difícilmente creíble para el espectador, pero abandonar la técnica narrativa que tan buenos resultados les dio en Rec supondría el rechazo inmediato de su legión de fans.
Finalmente, los directores optan por multiplicar los puntos de vista, acudiendo a las cámaras que estos geos llevan adheridas a sus cascos. El uso de varias cámaras permite pasar de una forma más o menos «justificada» de un geo a otro, de un punto de vista a otro (aunque uno siempre podría preguntarse quién «edita» esos cambios de cámara tan brillantemente resueltos en pantalla), aunque lógicamente se pierde la «profesionalidad» del trabajo de Pablo Rosso en el original Rec, por más que uno de los geos se llame precisamente Rosso y sea el que nos ofrezca la mayor parte de las imágenes.
La aparición de una brigada especial y las cámaras en los cascos, amén de una misión en un entorno desconocido y hostil donde los habitantes del lugar han muerto a manos de un enemigo cada vez más amplio y poderoso, delatan la gran influencia del filme: Aliens de James Cameron, algo que Balagueró y Plaza han confesado sin rubor en numerosas entrevistas.
También este cambio en la forma de narrar la historia acaba acercando Rec 2 a sus dos competidoras de hace un par de años: se asemeja a Monstruoso en la falta de profesionalidad de las imágenes, mientras que con El diario de los muertos comparte el uso de varias cámaras para mostrar una misma escena.

Sin embargo, no es este acercamiento a las antiguas competidoras de Rec el principal problema de Rec 2, lo que acaba reduciendo el interés de una secuela que por momentos está cerca del original.
Las verdaderas dificultades comienzan cuando comprobamos que la continuidad temporal desaparece y las imágenes retroceden en el tiempo para mostrarnos una misma escena desde otros puntos de vista. Y si perder la continuidad espacio-temporal reduce la capacidad de provocar terror (una de las bazas de Rec), el amasijo de saltos en el tiempo acaba resultando injustificable con la aparición de un grupo de insoportables jovencitos que se cuelan en la finca por las alcantarillas, ascienden como si tal cosa a la terraza para realizar una broma con una muñeca hinchable llena de petardos (sí, lamentable, eso mismo opina este cronista) y acaban implicados en el enfrentamiento con los zombis del edificio…
Y todo ello, atentos, contado a través de la cámara de uno de los jovenzuelos que, como en los peores momentos de Monstruoso, continúa grabando las carnicerías en vez de tirar la puñetera cámara y salir por piernas.
Pese al bochornoso espectáculo que supone esa concesión al cine de jovencitos (incluso se puede considerar un homenaje o parodia de la propia Monstruoso, película que Balagueró y Plaza esta vez sí conocían antes de rodar Rec 2), el resto del relato resulta francamente brillante, apostando más por el thriller de acción que por el terror (ya lo decíamos, seguimos el mismo camino que Aliens frente al original Alien, el octavo pasajero), con algunos toques derivados de El exorcista (sobre todo lo referido a la niña Medeiros, incluida esa sangre que arde), unas buenas dosis de sentido del humor de grueso calibre (la jovencita se carga al geo que pelea con un zombi: lógico, nunca antes había disparado y no es tan fácil apuntar en mitad de una refriega), y algún susto digno de destacar (como la aparición de la niña Medeiros en la pila: una aparición esperada pero resuelta con gran brillantez).
Si algo destaca en Rec 2, es una gran idea que mantiene, eso sí, el espíritu del original: la niña Medeiros, encarnación del Mal, habita en un mundo paralelo al nuestro, en plena oscuridad, y sólo puede ser vista por los «ojos de la cámara», esa visión nocturna que tan buenos resultados dio en el antológico final del primer Rec. Una forma brillante de sugerirnos ese mal oculto, que habita entre nosotros, pero que no somos capaces de ver a plena luz. Lo dicho, una gran idea.
Pero no nos engañemos, Rec 2 no es una reflexión profunda sobre casi nada. Es más bien una traca bien confeccionada, ruidosa y que se consume rápidamente, pero que más allá del ruido y el humo inicial apenas deja huella.
No es casi una obra maestra, como su predecesora, sino un juego, un «más de lo mismo» en el que sus autores nunca se han tomado en serio a sí mismos… algo que se advierte fácilmente cuando comprobamos que Balagueró y Plaza aparecen caracterizados como dos de los zombis del inmueble, dos de esos seres monstruosos que se comen a los geos con un apetito voraz. The show must go on.
(1) Crítica de Rec en Encadenados.

