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Thriller superficial
Escribe Luis Tormo
50 hombres muertos (Fifty dead men walking, Kari Skogland, 2009) arranca bajo la premisa de película "basada en hechos reales". Con el soporte del libro del protagonista, el filme cuenta como a finales de los 80, una década antes de la firma de los acuerdos que pusieron fin al conflicto histórico que asolaba Irlanda del Norte, el servicio secreto inglés consiguió infiltrar un topo dentro de las filas del IRA con el objetivo de anticiparse a las acciones terroristas, intentando acabar con los miembros en activo de los comandos de la organización irlandesa.
Este modelo basado en plasmar los acontecimientos que sucedieron, con las salvedades que la ficción siempre introduce en este tipo de historias con el fin de agilizar o garantizar una narración ágil, termina ciñendo o afectando considerablemente toda la disposición de los diferentes elementos que componen la película. En este caso, además, esta estructura se refuerza con la voz en off del personaje que interpreta Ben Kingsley que delimita los acontecimientos y una serie de títulos que aportan información sobre las localizaciones y los protagonistas del drama.
Además de la necesidad de adaptarse a la fidelidad de la historia, en este caso el libro del protagonista, este tipo de filmes también se ve constreñido por un modelo que el espectador ya tiene interiorizado y que siguen al pie de la letra todas las películas basadas en la infiltración como principal argumento. Es decir, ya sean espías, organizaciones terroristas, clanes mafiosos, cárteles de la droga o cualquier otro ejemplo, el modelo es idéntico: captación del topo, toma de contacto, infiltración, lazos de amistad o síndrome de Estocolmo y resolución que suele concluir con un final donde todos los personajes son las víctimas; en el cine de los últimos años podemos encontrar ejemplos suficientemente explicativos en títulos como Donnie Brasco, Infiltrados o La noche es nuestra.
Este doble esquema, estructura "basado en" y línea argumental reconocida, hace necesario que el guión sea capaz de destacar los personajes, sus motivaciones y que justifique los movimientos que realizan, pues en caso contrario nos encontramos con historias sin contenido que no aportan nada a todo lo que ya hemos visto en ocasiones anteriores. Y este es uno de los problemas de 50 hombres muertos, es un filme incapaz de diferenciarse de otros productos similares pues el guión se centra en la línea argumental pero descuida el porqué un personaje es capaz de realizar determinado sacrificio en su vida.
La película describe estereotipos: organización donde es necesario infiltrarse, el topo, el líder que manipula, etc. Y la consecuencia de este planteamiento es que nos encontramos con dos horas de imágenes que se siguen con facilidad, pero a su vez también estamos ante un conjunto que no admite la más mínima reflexión sobre la actuación que motiva las acciones de los personajes. Es decir, como espectadores sabemos que un ladronzuelo de poca monta se va a convertir en la persona que se infiltre en el IRA, pero lo que no sabemos es el porqué. La aceptación del personaje de Martin, interpretado por Jim Sturgess, se limita a dos escenas, dos conversaciones, donde sin tener excesivamente claro el motivo, vemos cómo acepta delatar a sus compañeros de barrio infiltrándose entre los terroristas.
El filme está plagado de ejemplos de este tipo, es decir, situaciones necesarias para el argumento pero no justificadas en la escritura de la película. El elemento de unión entre el agente inglés (Ben Kingsley) y el infiltrado es fundamental para establecer la relación de complicidad entre ambos, son los dos personajes que están solos, unidos por el secreto del que dependen sus vidas, y por lo tanto, se necesitan el uno al otro. Pero lo película en ningún momento revela la intimidad de los personajes y los lazos que de una manera u otra les atan, Kari Skogland se limita a mostrar alguna conversación, sus encuentros en el billar o alguna escena tan ridícula como la visita del agente inglés al hospital cuando el joven ha sido padre. En esa escena Martin agradece la visita de Fergus (Ben Kingsley) casi como si fuera un padre, pero en ningún momento se ha justificado con imágenes esa relación paternal. El mismo error se puede vislumbrar en su camino ascendente como miembro del IRA, pues Martin pasa prácticamente de ser un conductor a tener a su cargo una misión que tiene como objetivo conseguir armas para su lucha.
Si la película se atasca a la hora de mostrar o justificar las relaciones entre los personajes, tampoco es capaz de realizar un mínimo análisis de lo que supuso el conflicto irlandés. Salvando el determinante geográfico y la ambientación, 50 hombres muertos trata del IRA de la misma forma en que se acercaría a cualquier corpúsculo guerrillero o una organización mafiosa. Es extraño que una película basada en un libro autobiográfico sea incapaz de poner en primer plano el conflicto que desgarró durante décadas a un territorio, mientras películas donde el drama de los personajes deja el tema del IRA en un segundo plano, reflejan mucho mejor la realidad de esos años, valga como ejemplo de esta tesis los dos filmes de Jim Sheridan con Daniel Day-Lewis como protagonista (En el nombre del padre y The boxer).
Buenas intenciones (todos los personajes son víctimas, el sistema de unos y otros maltrata las individualidades, todos están a merced de sus superiores, etc.) que naufragan entre la banalidad de las situaciones, la superficialidad con que se aborda el tratamiento humano e histórico de los sucesos narrados y alguna que otra trampa de guión (el prólogo que se reescribe en el epílogo).
