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Arritmia narrativa
Escribe Gloria Benito
Fernando Trueba se fue a Chile a rodar su último filme, El baile de la victoria, que en la última edición del Festival de Cine de San Sebastián recibió más abucheos que aplausos. Más adelante, la película fue seleccionada para concurrir a los próximos Oscar como representante del cine español. Misterios del destino y del criterio de los miembros de la Academia.
Adapta Fernando Trueba el libro homónimo de Antonio Skármeta con resultados muy alejados del de aquel entrañable El cartero de Pablo Neruda, ejemplo amable de la simbiosis entre literatura y cine. Aborda el director en esta ocasión una historia de pretendidos sentimientos vitalistas en la que los más jóvenes rescatarían de la desilusión y el escepticismo a la generación más madura.
Situada en Santiago de Chile tras consolidarse el golpe de estado de Pinochet, el argumento pone en contacto a dos presos amnistiados por el gobierno del dictador. El chileno Abel Ayala (El polaquito, 2003; El niño de barro, 2009) encarna a Ángel Santiago, un ingenuo e inocente ladrón de poca monta, con la ilusión casi obsesiva de asociarse para dar un gran golpe con el popular y admirado Vergara Grey (Ricardo Darín), ladrón veterano y experto en abrir cajas fuertes. El destino de los dos personajes se une al de Victoria Ponce (Miranda Bodenhöfer), una pobre y desarrapada bailarina que solamente se expresa a través de la danza.
Con estos ingredientes construye Trueba una película irregular que desorienta al espectador en los primeros minutos, pues la presentación de los personajes y la articulación de la trama es confusa y en ocasiones falta de coherencia.
De desarrollo excesivamente lento durante la primera mitad del filme, la historia progresa a través de secuencias donde discurren escenas plagadas de imágenes que sirven tanto al argumento como a un simbolismo lleno de tópicos y lugares comunes. Así ocurre con el insólito cabalgar de la joven pareja a lomos del caballo que cumple tanto la función de vehículo de transporte como de metáfora de la libertad.
Hasta la muerte del joven héroe para salvar a la víctima de su traumático silencio y de las huellas de la violencia durante el golpe militar, tiene un tufillo a melodrama facilón, con el cóndor sobrevolando las cimas nevadas de los Andes y el fondo sonoro del trote imposible de un caballo golpeando la tierra.
Al final, lo que el desorientado espectador percibe es un popurrí de géneros donde se mezclan el cine de aventuras con el drama que no llega a tragedia, todo ello aliñado con alguna pizca de thriller, en las clásicas secuencias del robo, y no se sabe si también con algo de irónico relato negro de redención.
Quizá el fallo esté en un guión irregular que no llega a cohesionar la historia y desenfoca las vidas de unos personajes, cuyos conflictos no se acaban de definir en una sucesión de episodios sin demasiado orden ni concierto. Lo que sí parece claro es que la colaboración entre Fernando Trueba y su hijo Jonás como coguionista no ha sido todo lo productiva que sería deseable.
Una película fallida de un director que últimamente parece aquejado de alguna enfermedad respecto a su capacidad como creador y narrador de ficciones. Quizá fuera mejor que volviera a probar con el documental.
