El extraño viaje

A principios de este siglo, allá por 2003, Danny Boyle sorprendía a todos rodando una de las mejores cintas de zombis que se recuerdan. Su título era 28 días después. Su repercusión aún hoy se puede ver en muchas obras que se enmarcan en el mismo subgénero ya que ofrecía una visión diferente de lo que podría ser una epidemia que provocara la aparición de muertos vivientes por doquier.
Desde luego, desde entonces, ha llovido mucho en este terreno. Los zombis —o infectados, o rabiosos, o como queramos llamarles— llevan años de moda y parece que la fórmula y el placer culpable de los fanáticos de la temática no tienen intenciones de agotarse.
Su éxito fue el lógico desencadenante de una secuela, en 2007, de la que todo el mundo sabía de antemano el título: 28 semanas después fue su continuación, pero no fue Boyle quien asumió el liderazgo sino Juan Carlos Fresnadillo, quien también a principios de siglo tuvo su momento con el estreno de Intacto.
Este rodó una cruda y sanguinaria segunda parte que no desmereció en absoluto a su antecesora, aunque después de esta Fresnadillo pareció desfallecer en sus siguientes propuestas.
Lo lógico hubiera sido que se hubiera rodado el tercer capítulo al cabo de 4 o 5 años, si no antes, ya que, aunque la segunda parte no obtuvo la misma recaudación que la primera, había funcionado más que correctamente. Así que han pasado los años, 18 años después para ser exactos de nuestras vidas, que se dice pronto, para ver la que se supone que cierra esta trilogía. Ahora ya estamos con 28 años después como sabemos. Y la sorpresa fue que retomaba su rol de director de orquesta Danny Boyle de nuevo, quien firmó la primera entrega.
Podríamos decir que Boyle pertenece a aquella categoría de directores que se atreven con todo y son capaces de dirigir diversos géneros. Cierto es que entre sus varios aciertos también se puede encontrar algún estropicio. Recordemos que ha rodado taquillazos como Trainspotting (1996), La playa (2000) o Slumdog Millionaire (2008). Precisamente fue con la segunda mencionada con quien colaboró con Alex Garland.
Boyle quiso adaptar la novela de Garland para escribir el guion junto con él. La operación fue tan bien que juntos diseñaron nuevos guiones: el de 28 días después y el de Sunshine (2007). Y esto es importante, porque el dueto ha decidido volver a unirse para cavilar y redactar esta nueva historia de zombis, la que hoy nos ocupa.
Cabe decir también que, si lo lógico hubiera sido que el tercer capítulo no tardase tantos años en ser pensado, el impacto inmediato de este tercer episodio ha sido tal que ya se ha anunciado un cuarto para el próximo año. Con un guion escrito igualmente por Garland, pero esta vez sin Danny Boyle.
El efecto instantáneo de las franquicias en tiempos de una alarmante escasez de guiones originales unido a un buen arranque en el terreno comercial de 28 años después ha apresurado el desarrollo de una saga que si bien se ha mantenido muy dignamente hasta ahora podría descarrilar fácilmente en un futuro más próximo de lo que podríamos pensar.
Demasiados años después
Pero basta de hablar de todo lo que supone esta saga y lo que está por venir, entremos ahora de lleno en estos 28 años después. Como ya su título indica, han pasado casi tres décadas desde aquella infección primigenia en las calles del Reino Unido. Y como es lógico y hemos visto mil y una veces, los humanos han aprendido a sobrellevar la situación de la plaga zombi que invade el mundo. Pero si en la primera entrega se exponía el fenómeno del contagio de forma colectiva, en este tercer episodio pasamos a lo particular.

En concreto, conocemos a Spike y a sus padres, viviendo en una pequeña isla escocesa en la que parecen haber logrado contener la casuística zombi en su reducida comunidad. Mientras que el padre de Spike es un buen macho experimentado en la caza de infectados, la madre del muchacho pasa el día entero en su cama con lagunas mentales importantes.
Y luego está el propio Spike, motor inequívoco de la función. Un chaval de 12 años al que le llega su día de enfrentarse al mundo exterior (el de los zombis) para formarse como cazador y llegar algún día a ser como su padre. Ambos, y por eso aquí contamos el prólogo de la cinta, son los que forjarán los acontecimientos. Porque ambos suponen un viaje, aunque ambos viajes sean completamente dispares.
Porque lo que han ideado Boyle y Garland para esta secuela se aleja, y mucho, de lo que el público hubiera esperado. Sus primeros tres cuartos de hora —primer viaje— parecen seguir la fórmula empleada en el episodio primigenio. Esto es, violencia descarnada, realismo seco, y un sentido del terror ciertamente envolvente. Los 45 minutos iniciales son absolutamente magistrales. Porque Boyle se dedica a hacer lo que mejor sabe: un montaje enervado, unos planos que dejan sin aliento, y una iconografía visual que muchos ya quisieran para sí.
Aunque viene después el segundo tramo de la cinta, en el que claramente Boyle quiere llevarnos a otro lugar. Uno diferente del que hemos conocido y en el que un segundo viaje nos lleva hacia el lado más metafísico de la obra. Diríamos incluso que los géneros se entremezclan casi constantemente a partir de la segunda mitad para entregarse al drama familiar, por encima de la peripecia terrorífica. Sea o no acertado su juego de estilos, innegable es la valentía de sus autores por querer llevar su hijo a un terreno sugerente y desconocido.
Ciertamente, podemos afirmar que es un guion construido en base de fases e intenciones. Si bien la primera fase se toma muy en serio, la segunda también puede resultar un tanto paródica y deslavazada. Y es aquí donde la cinta se torna alternativamente perfecta e imperfecta y donde Boyle deja ver todas sus luces y sombras. También resulta cierto que la decisión de centrar la atención en un núcleo familiar concreto hace que la trascendencia de lo que vemos se vuelva menor, aunque su objetivo sea universal.

Llegamos a una tercera fase, la final, en la que aún Boyle y Garland nos quieren ofrecer un último periplo. Porque cada una de estas trayectorias está perfectamente enlazada con un espectro emocional.
Estamos ante una cinta sorprendente. Para lo bueno y para lo malo. Porque la dosificación de secuencias que se mueven entre el paroxismo, la repugnancia, la furia y la emoción así lo implica. Aunque Boyle haya diseñado un viaje lleno de altibajos, bien es verdad que su viaje es único, extravagante, maximalista y lleno de riesgos.
Desde luego, aunque no sea una obra redonda, se trata de una cinta vibrante que quiere llevarnos a terrenos nuevos, nos hace saborear el buen cine de género y nos recuerda por qué nos enamoramos de su primera entrega. Y de algún modo, esta también cautiva.
Escribe Ferran Ramírez
Más información sobre el cine de Danny Boyle:
28 días después
Sunshine
Trance
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