A la cara (2)

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Dolorosas espinas existenciales

«Ni mayor pesadumbre que la vida consciente…».
(Rubén Darío)

Un reparto de lujo no garantiza el éxito de un filme. Prueba de ello es la película de Javier Marco, A la cara, que cuenta con Sonia Almarcha y Manolo Solo en los papeles principales, y que alberga entre los personajes secundarios a algún intérprete de enjundia como Roberto Álamo.

Reconociendo que Solo y Almarcha brindan dos notabilísimas actuaciones, en virtud de su calidad actoral y su versatilidad interpretativa, considero que el largometraje de Marco carece del pálpito discursivo necesario, con un guion demasiado forzado y bastantes secuencias que no logran atrapar la atención de los espectadores. Con todo, A la cara posee también algunos aspectos valiosos, además de la pareja protagonista, como las escenas correlativas, el uso de la iluminación natural, la trascendencia de los silencios.

Quizá el talón de Aquiles donde la película pierde cualquier posibilidad de vuelo, de gancho con el público, reside en la primera media hora de metraje. El encuentro entre dos personas muy alejadas entre sí —aunque luego iremos viendo sus características similares—, una famosa periodista televisiva y un empleado de mantenimiento de un campo de golf, no resulta creíble y notamos que la historia está cogida con alfileres.

Aquí se pone en juego uno de los temas más relevantes de la sociedad de nuestro tiempo: los peligros de las redes sociales, todo el universo de desvaríos que estas comportan y, aunque la temática sea de enorme actualidad, para los receptores es muy difícil otorgar credibilidad a que Lina (Sonia Almarcha) se vaya a vivir a la casa de Pedro (Manolo Solo). 

En esos minutos del visionado, donde a mi parecer el filme naufraga, me acordé de una entrevista a Ricardo Franco que leí hace muchos años. Decía el cineasta madrileño que el miedo fundamental que él tenía acerca de La buena estrella (1997) consistía en que el espectador no se creyese que Rafa (Antonio Resines) pudiera abrir las puertas de su hogar a Marina (Maribel Verdú). Ricardo Franco afirmaba que, si el espectador superaba esos instantes arduos, si se creía que dos personas de idiosincrasias tan distintas pudieran vivir juntas, la película podía llegar a gustarle.

Lo que ocurre con A la cara es que la ficción no logra conmover al espectador, básicamente porque la conexión entre dos seres tan diferentes presenta una notoria endeblez.

Luego, una vez los dos protagonistas empiezan a convivir en la casa, el largometraje sí gana algo de peso y estimo valioso el trabajo de Marco para equiparar los dramas existenciales de Lina y Pedro. En este sentido, el empleo de luz natural en las salas y pasillos de la vivienda, con algunas escenas con poca iluminación, casi en sombras, pienso que enfatiza muy bien la penumbra en la que viven ambos personajes, su tremenda pena, su falta de esperanza vital.  

En el fondo, Pedro y Lina son dos seres solitarios, en una fase melancólica, oscura, de sus existencias. El epicentro de su desaliento se halla en la lejanía de sus hijos. El no estar con ellos les hunde en el desánimo. Bajo mi punto de vista, sí acierta el largometraje al equiparar la soledad de Lina y Pedro, generada por el alejamiento de sus hijos. Ante una problemática así, el dolor es parecido en la mujer famosa y en el hombre humilde.

Otro punto luminoso de A la cara lo encontramos en la utilización magistral de los silencios, un puntal para reforzar toda la carga dramática de la historia. En una época donde algunos largometrajes abusan de los largos parlamentos y de la palabrería insustancial, en A la cara hay pocos diálogos, pero precisos, auténticos, sencillos.

El final de A la cara, de raigambre fordiana, constituye un cierre notable a una película irregular.

Los silencios vienen complementados por los primeros planos, ya que en los gestos y miradas de Solo y Almarcha se transmite toda una galería de estados anímicos, a menudo apenados, doloridos, meditativos, en una continua incertidumbre. Acaso sea Secretos de un matrimonio (1973), de Ingmar Bergman, el referente fílmico clave de la película de Marco, que en algunos momentos también recuerda a algunas películas setenteras de Carlos Saura, tan bergmanianas: Cría cuervos (1976) o Elisa, vida mía (1977).

Dos personajes secundarios aparecen en la casa para alterar la compleja cotidianeidad de Lina y Pedro. El primero es el compañero de Lina, interpretado por Roberto Álamo, demasiado previsible y esquemático. Poco aporta a la diégesis fílmica. De mucho mayor alcance es la aparición de la hija adolescente de Pedro, encarnada con brillantez por Helena Zumel, y que con su desparpajo y alegría logra articular un magnífico contrapunto al escepticismo melancólico de Lina.

Mención especial merecen las escenas correlativas de Pedro como trabajador en un campo de golf, que además de dinamizar el largometraje, hacen hincapié en la monotonía existencial que sufre Pedro. Junto con la lejanía de su familia, Pedro experimenta una progresiva lejanía hacia sus compañeros laborales. El final de A la cara, de raigambre fordiana, constituye un cierre notable a una película irregular.

«Las lágrimas amordazan al viento…».
(Federico García Lorca)

Escribe Javier Herreros Martínez