Sin rumbo

Cuando el cine comenzaba su andadura, cada plano, cada secuencia, eran un experimento. Se estaba creando un lenguaje casi desde la nada. Pero con el tiempo experimentar se fue volviendo más difícil, y, aunque se siguió haciendo, también aparecieron imposturas que no conducían a nada y se agotaban en su misma exposición.
Jia Zhangke, prestigioso cineasta chino, ha llevado a cabo una de esos experimentos (algo que se había hecho en otras ocasiones con coartadas menos intelectuales, más alimenticias): recupera descartes de sus películas anteriores y los monta dando lugar a una obra nueva. No se trata de tomas falsas, sino de trozos de celuloide descartadas en el montaje final y que, en ocasiones, podrían dar lugar a nuevas líneas narrativas que finalmente fueron desestimadas.
La viga que sostiene este edifico es la presencia de la actriz Zhao Tao, habitual en casi toda su filmografía, además de mujer del director, quien permite enhebrar un hilo que proporcione cierta continuidad a la película. La idea es construir una especie de historia de amor-encuentro-desencuentro entre dos personajes sobre el marco de la evolución de un país, de una sociedad. Un marco que se expresó ya en sus obras anteriores, de las que procede el material utilizado, y que se completa con las imágenes añadidas ad hoc que completan o aspiran a redondear el discurso desde el presente.
La voluntad es firme. Los resultados, no tanto. En primer lugar, y, sobre todo, porque las imágenes originales no fueron tomadas con el propósito de construir la historia que ahora tienen que integrar, cosa que sí ocurrió, por ejemplo, con Boyhood, la película de Richard Linklater, quien filmó a lo largo de los años siguiendo un estricto plan orientado al propósito final que lo guiaba. Aquí se hace obligatorio resignificar esas imágenes para dotar de una unidad, al menos argumental, a la obra, y tales imágenes no siempre se dejan manipular hasta ese punto.
La secuencia es estrictamente temporal, por cuanto sólo así puede reflejarse de forma clara el paso del tiempo en los actores, una de las piedras angulares que dan forma a este relato. Ello hace que revivamos las películas ya filmadas, de tal manera que resulta muy difícil escapar a lo que aquellas planteaban, pues lo que vemos se creó con el propósito de contribuir a su propuesta.
A la deriva se erige así, por mucho que quiera evitarlo, en una revisión fragmentada de lo que el núcleo embrionario original ya ofrecía. El grueso de las imágenes proviene de Naturaleza muerta, y lo que ellas nos ofrecen no puede escapar a la historia que allí se nos ofrecía, aunque con menos detalles y necesitada de mucha imaginación para encontrar cierta coherencia.
El material es el que es, y con ello no cabe hacer milagros. Además, invade la sensación de que en muchos casos se están utilizando planos de continuidad descartados (nada más fácil de descartar), y así avanza la película, de continuidad en continuidad sin encontrar un objetivo firme al que dirigirse.
Intentando sacar rendimiento de las carencias, el conjunto puede leerse como la creación de una atmósfera, un recorrido por la historia de un país cuyo valor no está en la trama narrada sino en el marco que la comprende. La propensión del director chino hacia el documental facilita las cosas. A lo largo de su filmografía ésta ha sido una constante, y, a falta de mejores anclajes, esta película es fiel a esa actitud.
Lo que ocurre es que lo presentado no es algo novedoso, pues ya estaba contenido en sus obras anteriores, y lo que en todo caso aquí se presenta es una sistematización que apunta a la continuidad temporal, una síntesis que permita atisbar en conjunto lo que se había ofrecido en cada momento con la mirada coetánea.

Los grandes temas de Zhangke, como no podía ser de otra manera, reaparecen. Los obreros de las zonas en desarrollo ocupan la pantalla, al mismo tiempo que se plasma su querencia por la construcción y el derribo, síntomas de un país en transformación, que busca alcanzar la modernidad desde unas bases aún arraigadas en la pobreza.
El tramo final de la película, el filmado expresamente para la ocasión, incide en ese contraste entre la vejez (de los protagonistas, pero también del sorprendente tiktoker) y la juventud y la actualidad que se abren paso impetuosas. Una contradicción que se observa, mejor que en ningún otro sitio, en los planos de las ciudades, entidades abigarradas en las que conviven pasado, presente y futuro, en una mezcla darwiniana áspera, autónoma e incontenible.
Y como una mirada al pasado que se transforma para seguir subsistiendo, es la referencia a las escenas de festivales, karaokes o todo tipo de actuaciones musicales que, aquí, vistas en continuidad, se hacen mucho más evidentes.
Un experimento ante el cual el espectador se tentará las vestiduras antes de rechazarlo, no sea que, viniendo de quien viene, acabe constituyendo un hito en el cine y no se haya sabido ver en su momento. Servidumbres de la mitomanía. Si se escapa a ella no queda otro remedio que reconocer la insignificancia del resultado. ¿Por qué esta película? Más allá de la autocomplacencia es difícil encontrar una respuesta.
Escribe Marcial Moreno | Fotos Atalante