Italianada (*)
Los narradores que conformaron la lista canónica de lo que se llamó el boom de la novela hispanoamericana (una estrategia publicitaria y de mercado urdida desde el despacho de Carmen Balcells y desde la editorial de Carlos Barral, en la Barcelona de los años sesenta del siglo pasado) fraguaron sus mejores obras literarias a partir de un exilio voluntario o forzoso de sus propios países de origen, exilio que les suministró la distancia necesaria para encararse con la realidad mágica de aquellos escenarios que habían abandonado, retratándolos con una nueva perspectiva.
García Márquez, Julio Cortázar, Vargas Llosa, José Donoso pergeñaron desde sus nuevos países de acogida en Europa obras tales como Rayuela, Cien años de soledad, Conversación en la Catedral, El obsceno pájaro de la noche… De tal modo, el alejamiento, la extrañeza de la separación, tuvo un efecto revulsivo en su faceta de creadores.
No es este el caso, ni el resultado, para uno de los creadores cinematográficos más importantes de los últimos cuarenta años. A Woody Allen no le sienta nada bien la lejanía, la separación de su espacio sentimental, vital y artístico: Nueva York. Quizá por el parentesco idiomático, se salvan las películas ambientadas en Londres. En París, empezó a mostrar síntomas de cansancio, a dar muestras de agotamiento. En Barcelona, sufrió una angina de pecho. En Roma, el infarto ha sido total, el colapso se ha apoderado de su flamante talento, dejándolo postrado en la UVI a la espera de una deseada recuperación o de la certificación de lo inexorable, de su defunción creativa.
Lo que queda claro es que el aire neoyorkino es el que mejor oxigena su inventiva, mientras que la vieja Europa sólo parece ofrecerle una atmósfera miasmática, la que ella misma emana, y el director no puede evitar inhalar.
Se queja Allen de falta de financiación y de libertad para desarrollar sus proyectos en su propio país, mientras que en Europa lo requieren con los brazos abiertos. Craso error el del director judío cuando se deja engatusar por los cantos de sirena de unos productores y unas productoras (Mediapro, Mediaset; Roures, Berlusconi) que lo único que persiguen es aprovecharse del plus de la fama adherida, aureolada a su imagen de gran artista, para lograr unas plusvalías directamente proporcionales a la minusvalía estética de los productos que Allen les manufactura.
También cabría preguntarse si el problema no radica en la pobreza intrínseca de la mercancía que expone Allen, para la que sólo encuentra compradores avispados y trileros en su idealizada Europa.
O si la buena recepción que sus filmes han tenido a este lado del Atlántico por parte de público y crítica no halaga en demasía su vanidad, ejerciendo un efecto perverso que le hace descuidar su nivel de exigencia. En cierto modo, se suscitaría la misma paradoja que el miembro superviviente del matrimonio de escritores suecos que idearon la serie del inspector Martin Beck (origen del boom de novela negra escandinava que nos azota en estos últimos años) evidenciaba respecto a la figura del totémico Bergman: sus películas no gustaban en Suecia, mientras que eran aclamadas en el resto del mundo.

A Roma, con amor es una pésima película, impropia de quien la firma y la ha filmado. Es zafia, ramplona; roza la vulgaridad y la chabacanería en algunos momentos; en otros, sonroja por la trasnochada ideología machista que desprende, por lo rancio del discurso que exhibe, tanto formal como temático. Es una italianada, con toda la connotación negativa y peyorativa del término.
Está a años luz de ser un pálido reflejo de las comedias italianas canónicas de los cincuenta y de los sesenta, mientras que cae de lleno en las astracanadas de esa misma tradición humorística desvirtuada por sus propios epígonos en los años setenta, con las series de infracomedias protagonizadas por los jaimitos y las profesoras, enfermeras, colegialas y demás fauna soez. Tradición que ha sido recientemente remozada por toda la retahíla de los Manuale d’amore, un reflejo cinematográfico del berlusconismo sociológico (a fin de cuentas, quien paga manda: Mediaset).
Para más inri, la película ha sido superada, en cuanto a su arraigo referencial, por la velocidad de la historia: la Roma del título es la anterior a la Roma de la crisis, del gobierno tecnócrata de Monti, del estallido y malestar social reinante en la sociedad italiana.
Según el propio Allen, sus películas europeas buscan lo ahistórico de una guía turística, una visión esencialista y esteticista, pero, a pesar de sus intenciones, el fantasma de la historia, la ideología dominante (y patrocinadora) recorre todos y cada uno de los fotogramas con un velo de ranciedad carpetovetónico que no es un recurso ad hoc, como en esos enfrentamientos entre Don Camilo, el cura, y Pepone, el alcalde comunista, sino una membrana casi reaccionaria impropia de un Woody Allen o de cualquier director con un mínimo de sentido común. Se parte del estereotipo no para superarlo, sino para regodearse en él, embadurnarse en el cliché hasta las trancas.

La escritura y la dirección son coherentes en su ininteligible caligrafía, el fondo y la forma se corresponden en su ínfima calidad. La estructura episódica es un emplasto, una argamasa forzada, que sólo sirve para deshilachar, para mostrar los costurones de un traje confeccionado deprisa y corriendo, sin un patrón.
La única historia que podría haber tenido un poco de sentido es la protagonizada por Alec Baldwin, un arquitecto famoso que ha renunciado a sus principios en aras del dinero y la fama mediática. Su recorrido sentimental por el Trastevere podría haber sido un recorrido vital por el fracaso y las renuncias, por la ambición y el éxito, pero nos quedamos con un leve esbozo sin profundidad, con unos meros apuntes superficiales. El juego entre fantasía y realidad, entre ficción-imaginación y verdad se resuelve de una manera epidérmica, a trancas y barrancas, con calzador. Dicho defecto ya mostraba sus primeros síntomas en Midnight in Paris; aquí estalla la enfermedad.
La inclusión de Allen como actor resulta contraproducente y patética. Sí, los tics temáticos, los tópicos allenianos (el miedo a la muerte, la fama y sus funestas y efímeras consecuencias, los fantasmas del demiurgo creador, etc.) se dicen, pero no se enuncian; se muestran, pero no se estructuran; se citan, pero no comparecen.
En un momento dado, uno llega a preguntarse sobre si habrá algún indicio de genialidad oculta que no ha logrado captar entre tanta capa casposa. Algo atisba en el personaje que encarna el propio director, un escenógrafo jubilado que no acepta su retiro, su apartamiento de la escena de la vida y que espera una ocasión al vuelo para volver a reintegrarse en sus tareas. En este personaje se atisba cierta crítica e ironía sobre la vanidad del demiurgo-creador, sobre la propia condición de Allen como artista, sobre sus miedos y sus fantasmas, pero la puesta en escena de las mismas es horrible, desactivando el mecanismo crítico para acabar sucumbiendo en el mencionado estereotipo y en el ridículo más espantoso, con las secuencias y el leitmotiv de su futuro consuegro cantando ópera en la ducha (sic). El chiste, la desactivación de la frase hecha, es nefasto.

Los episodios más italianizantes, mejor no nombrarlos, por pudor y vergüenza ajena. Son simples retazos de las comedias más bufas producidas en la Italia del berlusconismo. Pobrecitos actores italianos: qué malos son; qué cosas tienen que hacer; qué pagados están de sí mismos.
¿Será que el director norteamericano ha querido evidenciar sus carencias como actores? Ojalá. Sin embargo, lo que sucede es que dichas carencias contagian al mismo director. Benigni y compañía producen dentera, lo mismo que la italiana de pacotilla de Penélope Cruz, en sus reiterados intentos por emular a la Magnani o a la Loren.
Los diálogos se empapan de la pobreza de las imágenes, son cáscaras vacías, chistes malos, sentimentalismo desaforado; a veces, machismo de alto voltaje, decimonónico.
Los actores americanos tampoco salen mejor parados, pobres marionetas que deambulan cual fantasmas en una Roma que no alcanza ni el estatus de tarjeta postal. Ay, la prometedora Ellen Page de Juno, ¿qué se hizo de ella? Qué mal le ha sentado dejar atrás la adolescencia. Y el Jesse Eisenberg de La red social, ¿qué se hizo de él?
Por la cinta pululan una serie de cadáveres del cine italiano, una especie de santa compaña de la filmografía italiana: Maria Rosario Omaggio (sí, la protagonista de El virgo de Visanteta), Ornella Muti…, y hasta algunos cameos de presentadores de la televisión y de los propios Dolce y Gabana: ¡viva el diseño italiano!
Un regusto amargo nos invade al salir del cine: si esta pifia la ha perpetrado Woody Allen, ¡cómo está el nivel del cine!
Escribe Juan Ramón Gabriel
(*) No es habitual en Encadenados publicar dos críticas de la misma película. No obstante, en casos excepcionales y dada la discrepancia entre algunos de nuestros redactores, hemos optado por publicar dos visiones distintas del film: en esta ocasión, una desde España, a cargo de Juan Ramón; la otra desde Italia, a cargo de Serena.

| Título | A Roma con amor |
| Título original | To Rome with love |
| Director | Woody Allen |
| País y año | España, Estados Unidos e Italia, 2012 |
| Duración | 112 minutos |
| Guión | Woody Allen |
| Fotografía | Darius Khondji |
| Montaje | Alisa Lepselter |
| Distribución | Alta Classics |
| Intérpretes | Woody Allen (Jerry), Alec Baldwin (John), Roberto Benigni (Leopoldo), Penélope Cruz (Anna), Judy Davis (Phyllis), Jesse Eisenberg (Jack), Greta Gerwig (Sally), Ellen Page (Monica), Riccardo Scamarcio (ladrón), Ornella Muti (Pia), Alessandro Tiberi (Antonio), Alison Pill (Hayley) |
| Fecha estreno | 21/09/2012 |
| Página web | http://sonyclassics.com/toromewithlove/ |