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Pus
Escribe Marcial Moreno
Acné, como su nombre indica, trata de esa época tan mala en la que los jóvenes creen que su vida futura va a depender de la evolución de unos cuantos granitos en la cara. Los jóvenes (chicos en este caso, pues apenas se nos dice nada de las chicas, quienes desempeñan en la película el papel de busto acompañante, referencia deseada e inalcanzable) viven lo que se supone que son los problemas propios de su edad, es decir, los asociados al despertar sexual, que no acaba de despertar del todo. De ahí también la importancia de combatir el acné. El resto se lo pueden imaginar.
Parece en un principio que la película puede adquirir una deriva social. De hecho hasta pasada la mitad de su metraje (escaso pero excesivo) se recrea en la descripción de la familia del protagonista, judíos uruguayos de acomodada posición. Lo de judíos, viaje a Israel incluido, no se sabe muy bien a qué viene. En cuanto al nivel económico se insiste una y otra vez en subrayarlo. Las clases de piano, el colegio de alto standing (parece que siempre están dando clase de inglés, síntoma inequívoco de apertura, de modernidad), la facilidad con la que dilapidan el dinero, y sobre todo la criada, una criada que, como está mandado en las familias con solera, inicia al chico con el sexo. ¿Que por qué? Nada se sabe. Quizá forme parte de su contrato.
Todo este despliegue, sin embargo, se queda en eso. Es decir, en nada. Si a la vista de lo expuesto cabría esperar una conexión entre el contexto socioeconómico y el comportamiento del protagonista, esta conexión brilla por su ausencia. No encontramos de hecho diferencia alguna entre el suyo y el de sus compañeros, hijos de mecánicos y albañiles, profesiones también muy dignas como se nos dice en la película.
Aunque quizá hablar de comportamiento de los personajes sea ya exagerar. Cuando sometemos a la observación analítica a este o aquel personaje esperamos ciertos matices, intenciones, pequeños equívocos, alguna contradicción comprensible. Carne, vísceras, sangre, huesos… Nada de esto hay aquí. Sólo pus. El del acné, naturalmente. Es como una fotografía tomada desde lejos en la que se reconoce, como mucho, la silueta del fotografiado, pero en la que somos incapaces de distinguir nada más. Jovencitos cabizbajos, tímidos, de palabra corta y un tanto lúgubre… Y con eso se agota el discurso. Ni viaje ni alforjas.
Con este material, claro está, poco se puede hacer. Y menos aún se hace. La película se alarga más y más sin nada que contar. El interés por la suerte que pueda correr el protagonista decae a los pocos minutos, y nada hay que venga a apuntalarla. El estilo, digamos impresionista, en el que el relato está construido se desfonda rápidamente. Para que este modo de narrar funcione ha de sustentarse en un férreo guión que dote de sentido a los brochazos que aquí y allá se van lanzando. Visto desde cerca el cuadro impresionista no es nada, pero visto a la distancia justa adquiere su verdadero sentido. En este caso no es así, pues las pinceladas no siguen un plan preestablecido. Cuando hay tan poco que contar el conjunto deviene deslavazado, absurdo incluso.
Y al final un beso y todo arreglado. Hay que ver la juventud…
