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Éxtasis congelado
Escribe Daniela T. Montoya
Cuán recurrente es retratar a los jóvenes saliendo de marcha. Noches de desenfreno juvenil. Noches repletas de alcohol, drogas y sexo. Noches en las que se salta a la pista de baile para desfogarse al precio que sea.
Sin embargo en After, la segunda película de Alberto Rodríguez tras 7 vírgenes (2004), llama tremendamente la atención que los protagonistas de la noche de marcha no sean adolescentes. Ni siquiera jóvenes, de esos como los "universitarios-tipo", que durante la veintena se desfogan antes de verse constreñidos por las responsabilidades.
Porque el trío que Rodríguez retrata en After, sobre el que pivotan los flashes de luces de la discoteca, se distancia respecto al modelo prototípico. No sólo por generación, al tratarse en este caso de individuos que están a las puertas de la cuarentena. Sino, también, por el rol social en el que se asientan sus protagonistas. Manuel (Tristán Ulloa), Julio (Guillermo Toledo) y Ana (Blanca Romero) encarnan el éxito, representado por oficios bien remunerados, la pacífica convivencia vecinal en una urbanización con vigilancia privada y, en el caso de Manuel, el diseño de una vida familiar de folleto.
Que nadie espere con After encontrarse una reformulación digital de mensakas pasados. Aunque el contexto de situación pueda ser similar, el tema de interés ya no es el mismo. Ni siquiera el tratamiento, tanto estético como moral, que en After requiere nuevas formas y se abstiene de enjuiciar conductas particulares. En ésta última, Alberto Rodríguez y Rafael Cobos (también coguionistas de 7 vírgenes) componen y recomponen un personal descenso al infierno de la frustración que, por reiteración en cada uno de los tres protagonistas, se hace extensiva al conjunto de una generación. A saber, esa de "chicos y chicas" modernos, liberales, con buen gusto, amigos de los amigos, que están a la última en tecnología y, sin embargo, arrastran en soledad una autoestima renqueante.
Movimientos cíclicos
After es la historia de una noche de fiesta, desde sus preparativos hasta los efectos secundarios de la borrachera, los excesos y el retorno al mundo de los adultos. Rodríguez y Cobos estructuran el relato en tres episodios, de similar duración, y que ordenadamente son asociados a cada uno de los protagonistas.
Con sugerentes títulos, dan pinceladas de la vida autónoma de éstos: primero, "Los ladrones de cuerpos", aludiendo a la difícil relación de Manuel con su hijo que reniega de él (y hasta odia por momentos); sigue "Laura 230", pseudónimo de un ligue virtual -probablemente, uno más- con el que Julio establece un contacto carnal fugaz; y, por último, "Niebla", nombre con el que Ana rebautiza una perra moribunda que le enseña que "cariño", "autoridad" y "renuncia" son conceptos diferentes.
El virtuosismo del guión de After radica en la habilidad de alternar estos capítulos, descriptivos de cada uno del trío de amigos, con el desmadre conjunto que experimentan en una noche de descontrol. Sin perjuicio del equilibrio en la simetría, Rodríguez y Cobos incorporan a la película la sensación de subidón en el que se sumergen a la par (aunque en distinto grado, como descubriremos al final del filme), los tres protagonistas. Es decir, siguen una estructura pareja a la que utilizó Gus van Sant en Elephant (2003). A los sucesivos saltos en el tiempo, se suman los diferentes puntos de vista de un mismo instante que, repetido desde otro ángulo, adquiere otra dimensión. Así, la aparente reiteración, pasa a ser la suma de detalles que añaden más precisión a la descripción del conjunto. Incluso la incorporación de variaciones, respecto a un mismo acontecimiento que había sido asumido como válido, nos sirven para distanciarnos de una ficción narrada desde la subjetividad -y el colocón-.
Por ello, que no sea baladí el orden del relato respecto a la presentación de los protagonistas. Primero, el padre de familia. Desde la apariencia de orden y respetabilidad, Rodríguez incorpora detalles que minan la imagen prediseñada. Adentrados en la volatilidad de la vida nocturna, los tres amigos se van desprendiendo de su fachada de responsabilidad a medida que incrementan las copas de alcohol en sus venas.
El infantilismo va en aumento porque… ¡hay que vivir la noche como si fuera la última de los siglos! Por tanto, con la luna, hay licencia para propasar los límites. Tantos gramos ha cortado ya Julio que el cajero (ironías del capitalismo liberal) no le permite sacar más dinero. Y, entonces, se giran las tornas de quien, a la luz del día, era un profesional de la manipulación. Será con Ana, la que menos se ha metido de los tres amigos, con quien veamos amanecer. Es decir, el espeluznante retorno a la cotidiana soledad tras la estimulante trasgresión.
Pegarse a su respiración
A veces parece tan fácil describir unos personajes, unas situaciones, unos sentimientos, un estado de las cosas… Pero nada más lejos, ya que hay numerosos ejemplos que desmienten esta premisa. Aunque este no es el caso de Alberto Rodríguez.
Con 7 vírgenes sorprendió con un relato rabiosamente verosímil respecto a unos adolescentes en un barrio popular. Sin tapujos, se aferraba a las vivencias cotidianas de unos jóvenes que despertaban a la vida (y la muerte). Ahora, con After, sigue impregnando de vida la pantalla de cine. Esto se debe, por un lado, a las fantásticas interpretaciones del elenco protagonista. Pero, también, es el tratamiento estético, diferenciado respecto al común de las películas distribuidas, el que nos permite insuflar un aire fresco.
Sin duda la elección de actores, como ya ocurriera en su primer largometraje, juega un papel importante. Tristán Ulloa, Guillermo Toledo y Blanca Romero asumen a la perfección el reto de adaptarse con credibilidad a los distintos grados de emotividad y embriaguez. Los tres contribuyen a que los sujetos de After dejen de ser personajes sobre un papel y percibamos en sus ojos enrojecidos, en su voz gangosa, en sus gestos titubeantes, la corrosión interna que hace flaquear a Manuel, Julio y Ana.
Por otra parte, Il divo (Paolo Sorrentino, 2008) ya demostró cuán apropiada puede ser la desproporción digital para captar la desproporción de la realidad, en ese caso, de la política italiana. Así, aunque sin llegar a los límites de irreverencia de XXX, Rodríguez incorpora elementos que distorsionan la sensación de la realidad para, precisamente, acentuarla. Porque, cuando de lo que se trata es de hablar de estados emocionales y perceptivos, hay que meterse bajo la epidermis de los sujetos. Captar sus susurros, pero también la intensidad de su respiración; sostener los planos en los que se está cuajando la irritación; o recoger los detalles en los que fijan su mirada y reflejar dicho gesto. Y, a pesar de la celeridad característica del subidón de la noche, saber detenerse en el momento preciso para contemplar con detenimiento. Porque la cámara lenta no tiene necesariamente que ser un recurso de engatusamiento escópico, ya que también pueden tener una función distanciadota.
En After, ver con detenimiento cómo tres casi cuarentones se dejan llevar mientras la gente baila al fondo de la pista, da que pensar.
