Águilas de El Cairo (3)

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La trilogía de Tarik Saleh sobre la corrupción egipcia

George Fahmy (Fares Fares) es un actor reconocido y el más querido de Egipto. En esta obra, se ve presionado a protagonizar una película encargada por las más altas autoridades egipcias. Aceptando a regañadientes, este papel le hace entrar en el selecto grupo de las personas más poderosas del país. Como una polilla atraída por la luz, comienza un romance con la misteriosa esposa del general que supervisa el proyecto.

Al principio, el protagonista George Fahmy, una superestrella (ficticia) de la industria del cine egipcio (el «Faraón de la Pantalla»), escucha a un actor al que desprecia por protagonizar una reciente película de propaganda política respaldada por el gobierno, decirle: «No veo ninguna contradicción entre ser artista y ser patriota». Justo una línea espinosa que todo actor con cierto nivel de éxito debe cuestionar.

Pero sí hay un valor moral que Fahmy —un tramposo y tipo de dudosa moral— aprecia: su integridad como actor y la convicción de que su trabajo tiene una verdadera valía artística, una genuina importancia que como actor no debe corromper y sí poner realzar.

Sumido en estas cavilaciones y exigencias internas, decide rechazar con desdén la oferta para protagonizar la película encargada por el gobierno que glorifica el ascenso al poder del actual dictador Abdel Fattah el-Sisi.

Pero una noche, agentes del gobierno lo abordan en su coche y le amenazan con hacer desaparecer a su hijo adolescente. A partir de ahí, la película se convierte en una especie de thriller político que alcanza su punto más interesante cuando entra el actor en el cuestionamiento de si el arte puede crearse bajo el yugo de medidas totalitarias.

Esta película, como otras de Saleh, tiene una aguda crítica a la sociedad y al gobierno egipcio, pero la cinta la contrarresta con una clara nostalgia por el país y un cariño por su tradición cinematográfica, con una secuencia de títulos iniciales que rinde homenaje a los carteles de cine egipcios de los años 50 y 60, dibujados a mano, ricos en color y emotivos.

Ambientada en 2015, la película tiene un ritmo calmo, como para sumergir al público en el mundo de Fahmy, y poblarlo con personajes secundarios memorables, desde su novia, mucho más joven y atormentada, hasta su representante gay.

Pero la tensión entre la devoción de Fahmy por su oficio y la situación de vida o muerte que le obliga a participar en la producción cinematográfica le da cierta fuerza al ritmo a veces lento, y la cinta resulta explosiva cuando se adentra en el set para explorar la realización del proyecto, que un productor compara con Los Diez Mandamientos, de Cecil B. DeMille, para dar una idea de la magnitud, la grandiosidad y la veneración casi religiosa hacia El-Sisi, en la que se basa la enorme empresa.

Finalmente, el actor protagonista, conmocionado y abatido por la amenaza contra su hijo (un adolescente indiferente y avergonzado al que, sin embargo, su padre adora), Fahmy acepta participar en la película, con la intención de encontrar la manera de contar una historia convincente en torno a los mandatos de Estado.

La película examina el conflicto desde múltiples ángulos, mientras Fahmy lidia con ser convertido en un símbolo del presidente contra su voluntad. Le dicen que no use una calva postiza para parecerse más al presidente. Incluso azuza a sus compañeros para que interpreten sus papeles con más fuerza y empuje (hay que dotar de verismo las escenas), y con menos deferencia hacia el personaje.

En una disputa con Mansour (Amr Waked), un turbio burócrata gubernamental que supervisa la producción, la cosa empieza a complicarse. Waked está excelente e imponente en el tremendo papel, y Fares resulta especialmente convincente cuando Fahmy se enfrenta a Mansour en el set.

En general, los personajes femeninos de la cinta son superficiales

Hacia el último tercio, la historia empieza a flaquear, sobre todo al introducir a un personaje crucial: Suzanne, interpretada por Zineb Triki, la esposa de un ministro que supervisa la película y de quien Fahmy se enamora. Las motivaciones de Suzanne son ambiguas y desconocidas para Fahmy, y su romance empaña de forma poco convincente y forzada el desenlace.

En general, los personajes femeninos de la cinta son superficiales, con Lyna Khoudri relegada al papel bastante insustancial de la sufrida novia joven de Fahmy, con problemas paternos. Puede que sea una decisión deliberada, dado que vemos a esta mujer a través del prisma del sexismo imperante en el país árabe.

Hacia el final, Saleh logra darle un perfecto remate a la película, con un giro inesperado en el tercer acto que aumenta la tensión y permite a Fares plasmar la desesperación de Fahmy con gran realismo.

Lo fascinante del filme es cómo, incluso cuando se aleja del mundo de la industria del cine y adopta los elementos del thriller político, sigue vinculando la acción con las dificultades que Fahmy afronta como actor y portavoz político.

El punto final resume la difícil situación de la profesión con concisión: «Decimos palabras que no son nuestras y experimentamos sentimientos que no nos pertenecen».

Tarik Salehha realizado una trilogía dedicada a la feroz y corrupta autocracia que rige los destinos de su país de origen, Egipto

Resumiendo

Tarik Salehha realizado una trilogía dedicada a la feroz y corrupta autocracia que rige los destinos de su país de origen, Egipto, primero bajo el mandato de Hosni Mubarak y luego con el actual Abdulfatah al Sisi.

Se trata de películas interesantes que han tenido su abordaje crítico en esta revista. Trilogía compuesta por este estreno que comentamos, Águilas de El Cairo (2025), Conspiración en El Cairo (2023) y El Cairo confidencial (2017), que inicia la trilogía. Son, amén de películas de género, fuertes golpes de denuncia en la cara del poder egipcio.

Viendo la evolución de esta singular e impecable trilogía, y también siguiendo la prensa y las noticias, lo que vemos es que las cosas han ido a peor en este gran y milenario país de las pirámides.

El estado sigue ejerciendo una brutal y terrorífica violencia. En esta película, hay escenas en las cuales selanza a personas vivas desde helicópteros en pleno vuelo, lo cual recuerda al lamentable «proceso militar argentino».

Y en medio del terror, en medio de la barbarie, el actor Fares Fares de nuevo está irresistible como la estrella y galán que pensaba que podría seguir tranquilamente con su vida de fama y popularidad. Nada más errado.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos BTeam Pictures