Al nacer el día (2)

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La música como salvación

al-nacer-el-dia-1Oriundo de la antigua Yugoslavia —uno de los países surgidos tras la primera guerra mundial y uno de los varios países desaparecidos como consecuencia de la caída del muro de Berlín y de la desintegración de la URSS—, el director serbio Goran Paskaljevic ha construido gran  parte de su filmografía sobre las astillas desgajadas del puzle balcánico en que se crió y se formó.

Su empeño fílmico ha sido retratar las heridas externas e internas del estallido del avispero geográfico que configuró su extinta patria, un ideal de convivencia, una construcción política y artificial diseñada para cobijar todo un crisol de pueblos, lenguas, culturas y religiones en la antigua frontera entre oriente y occidente. Su mirada escrutadora responde a cierto anhelo antropológico, fundido con un tono elegíaco por la sublimación de un estado federado que los intereses espurios de una Europa tan idealizada como prosaicamente materialista hizo añicos en las guerras sucesivas que se desataron a principios de los años noventa del siglo pasado.

Serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos, macedonios…, toda una serie de gentilicios soterrados que volcánicamente erupcionaron en búsqueda de su identidad política, resucitando el fantasma de un nacionalismo exacerbado y radical que la ninfa Europa creía haber desterrado para siempre de sus predios.

Cabe decir que el cine procedente de la antigua Yugoslavia siempre fue bastante bien acogido por la Europa más progresista, por representar una ventana de oxígeno detrás del frío telón de acero estalinista y ser calificado de disidente, en una especie de vía diferente a la soviética para alcanzar el socialismo (al menos, el intelectual, o su representación).

Así pues, cierto tono de denuncia, de película de tesis, se mantiene en Al nacer el día, película cuyo argumento se sitúa en la Serbia del año 2011, cuya presentación en España tuvo lugar en el festival de Valladolid de 2012 y cuyo estreno comercial se ha pospuesto hasta febrero de 2014.

La mirada crítica del director sigue recayendo sobre la intolerancia que late todavía en su nuevo país, Serbia y, por extensión, en el resto de la avanzada, civilizada y democrática Europa. Su propósito reivindicativo es evidente y palmario: la película se inicia con unas imágenes documentales relativas a una feria internacional que tuvo lugar en el Belgrado de 1937. La panorámica sobre el recinto ferial acaba enfocando las astas del pabellón alemán, en donde ondean al viento, majestuosas y orgullosas, las banderas con la esvástica nazi.

Con este símbolo del totalitarismo como tarjeta de presentación, la película da un salto temporal al presente de 2011, para buscar y encontrar al personaje individual a través de cuya focalización se llevará a cabo la tarea de concienciación subjetiva —del personaje— y objetiva —del olvidadizo espectador europeo y norteamericano a quien va dirigido el mensaje y que debe identificarse con el protagonista—.

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Una pedagogía histórica remoza el espíritu crítico del filme: hay que tener presente las atrocidades cometidas por el nazismo; en este caso concreto, se trata de revivir y extraer del olvido en el que ha caído la presencia de un lager, de un campo de concentración, en el mismo centro de la ciudad de Belgrado, obviamente en el recinto ferial con cuyas imágenes se inició la película. Este espacio se erigirá en ejemplo del abandono histórico al que se ha sometido a las víctimas, abandono que no resulta gratuito pues coadyuva a volver a cometer los mismos crímenes sobre algunas de las minorías que ya los sufrieron —los gitanos— o sobre los propios ex compatriotas yugoeslavos, convertidos en refugiados en su propio territorio y habitantes marginados del espacio de la marginación por excelencia.

La anagnórisis del protagonista, la aceptación y asunción de una nueva identidad sobrevenida desde un pasado terrible cuyas heridas todavía no han sido restañadas, se centrará en su paulatina condición de víctima tangencial de la shoá, la catástrofe, el Holocausto, de la que pudo zafarse gracias a la afortunada  previsión de sus progenitores. La película explora la labor de los museos judíos en el mantenimiento y conservación del recuerdo de lo inefable, en una especie de labor didáctica sobre los mismos, sobre su preservación de la dignidad de las víctimas y, en este caso concreto, sobre el campo de concentración Semlim, radicado en pleno núcleo urbano de Belgrado, lo cual aumenta su carácter infame y desmiente las teorías exculpatorias basadas en lo apartado y oculto de sus ubicaciones.

Una vez el protagonista toma plena conciencia de su ser, decide organizar un homenaje a sus padres y a todas las víctimas que perecieron en Semlim, de común acuerdo con el rabino y la exigua comunidad judía de Belgrado. Para ello decide organizar un concierto, pues su profesión de músico, de profesor de música, es una herencia que ha recibido de su padre judío, junto con la caja que sirve de excusa para desatar el conflicto dramático y que actúa de nexo de unión entre el pasado y el presente, en una especie de continuidad temporal canalizada a través de las notas musicales recurrentes de una composición que su padre empezó durante su reclusión pero que dejó inacabada, hasta que su hijo la concluya como tributo, composición intitulada Al nacer el día, leitmotiv compositivo y estructural de la narración.

La música trasciende la palabra, los idiomas, los odios, las diferencias y ayuda a cicatrizar las heridas, bálsamo etéreo y salvífico que alcanza los espacios más recónditos del alma, consiguiendo el reencuentro redentor entre los padres y el hijo, en una secuencia que se asemeja en su planteamiento y objetivos al final de El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, pero en el filme de Goran Paskaljevic con una mayor carga explícita de sentimentalidad, como ofrece el crescendo emocional con pequeños surcos lacrimógenos sobre el rostro de los personajes que anticipa la clausura el periplo indagatorio.

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Carga emocional e ideológica que han discurrido a la par durante el trascurso de la historia, lastrada por la bondad del protagonista, cuya generosidad es un tanto abrumadora, con una entrega y sacrificio por los demás tan intensa que ha orillado a su propia familia, más pragmática que el padre, más europea y mercantilista que su idealista progenitor. El director y coguionista tampoco pierde ocasión para lanzar sus andanadas contra los efectos negativos de las guerras balcánicas. Ahí están la refugiada que malvive, desde hace veinte años, en un cubículo del antiguo recinto ferial, pero cuya generosidad ostenta cuando el viejo profesor necesita ayuda; así como su amigo el antiguo tenor, actualmente alcoholizado y mudo debido al dolor que lo habita por la muerte de su único hijo durante el conflicto bélico mencionado, varado en un mar de ebriedad para sobrevivir y que no puede articular sonido en el concierto organizado por su antiguo compañero en las lides musicales.

La sombra de la intolerancia, del huevo de la serpiente que parece anidar permanentemente en el solar europeo, aparece durante la celebración de una boda zíngara, agasajada con cócteles incendiarios que pretenden abrasar a los asistentes. El fascismo sigue recorriendo Europa.

Se tiene la sensación de que la película es un tributo exigido, una especie de peaje que debe ser pagado por Serbia para alcanzar el status que la Unión Europea exige como certificado de garantía democrática. Si, antiguamente, la legalización de los partidos comunistas era la piedra de toque que otorgaba el definitivo veredicto de nación democrática a un país, ahora el reconocimiento de la shoá, el tributo y el homenaje a las víctimas de la misma se convierten en el carnet de credencial democrático que la vieja Europa exige a los nuevos candidatos a formar parte de su club.

Y no se olvide que Serbia fue la mala durante las guerras balcánicas. Ni que la película ha sido producida por capital francés y una asociación judía. Ni que el horror de Semlim o de Auschwitz es algo más que unas esvásticas nazis.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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Título Al nacer el día
Título original Kad svane dan
Director Goran Paskaljevic
País y año Serbia, Croacia y Francia, 2012
Duración 90 minutos
Guión Goran Paskaljevic y Filip David
Fotografía Milan Spasic
Música Vlatko Stefanovski
Distribución Wanda Visión
Intérpretes Mustafa Nadarevic (profesor), Predrag Ejdus (rabino), Nebojsa Glogovac (Malisha), Meto Jovanovski (Mitar), Zafir Hadzimanov (Marko), Nada Sargin (María)
Fecha estreno 21/02/2014
Página web http://www.wandavision.com/site/sinopsis/al_nacer_el_dia