Amable caricatura
No es la primera vez que la cinematografía adapta a los clásicos del cómic hispano. Del gran Ibáñez son conocidas las desiguales, pero correctas versiones de Mortadelo y Filemón llevadas a cabo entre otros, por Javier Fesser. También los Zipi y Zape de Escobar, con menor fortuna y fidelidad al original, han gozado de una película reciente dirigida por Oskar Santos.
Ahora llega el turno de Anacleto, el peculiar agente secreto de Vázquez, su no menos estrambótico creador. Que ésta haya sido la última de las adaptaciones de los tres grandes dibujantes de la edad de oro del cómic español no parece casual.
Dada su idiosincrasia, el propio Vázquez ha tenido su reflejo en pantalla, en una estimable película magníficamente interpretada por Santiago Segura donde se mostraba la desordenada vida del creador de la Familia Cebolleta, Angelito o Las hermanas Gilda. Sus personajes eran auténticos reflejos de la sociedad española del franquismo, una sociedad que formalmente no podía tolerar la proliferación de espíritus libres y anárquicos como los del propio Vázquez, pero que le reía las gracias y ocurrencias para no reventar por las costuras.
Maestro de su generación, homenajeado por el propio Ibáñez en su Rúe del Percebe 13 en la imagen del moroso del ático, Vázquez no acabo sus días con la gloria que alcanzaron los menos rebeldes —o por qué no decirlo, más trabajadores—, pero dejó un legado indeleble, muchas veces en forma de autorretrato en sus cómics: famosos son la némesis de Anacleto o el moroso profesional que llevaba su nombre y al que dedicó una saga completa.
Esta versión cinematográfica de Anacleto, adaptada a los tiempos, no es sin embargo un remedo sarcástico de la sociedad actual, al estilo de lo que el propio Santiago Segura ha hecho con su Torrente. Aunque no elude la caricatura, Ruíz Caldera no ha optado por la crítica socarrona y la chabacanería: su estilo es más sutil y elegante, y el humor es mucho más blanco, toda vez que no puede dejar de señalarse que la extrema violencia de algunas secuencias mantiene alejado al público infantil como principal target de la película.
En esa mencionada caricatura Ruíz Caldera introduce alguna puya absolutamente contemporánea, como la referida al maltrato institucional que sufre el funcionariado, pero también sabe acomodar la trama en una suave línea descendente que va desde el ambiente geopolítico internacional, pasando por la realidad sociológica de la periferia catalana, hasta el terruño payés, sin desmerecer ninguno de ellos en lo que respecta a la línea de acción del filme, plagada de persecuciones, tiroteos y explosiones que, no siendo lo mejor del filme, contribuyen a darle un acabado que hace las delicias de los adictos a la pirotecnia.
Pero eso no es, desde luego, lo mejor de un filme que alcanza sus mejores momentos en el plano medio: hay tres o cuatro escenas en las que el nivel de la película se eleva gracias a conversaciones de sobremesa, charlas intimistas o puros chistes visuales. Uno tiene la sensación de que de haber dedicado menos dinero a las explosiones de fuego, podrían haberse logrado más estallidos de risa.
Con todo, los principales hallazgos de Anacleto son estéticos, pues sabe aglutinar en torno a una impecable factura formal, un equilibrado eclecticismo entre la imagen del denostado aparataje burocrático franquista y las modernas aplicaciones de la high- tech norteamericana.
En el aspecto interpretativo, aparte de la percha de Imanol Arias —que cumple de sobras con la imagen de un agente secreto elegante, siempre enfundado en esmoquin pero a su vez sujeto de acción y aventura—, destaca un Quim Gutiérrez que da vida a Adolfo, el hijo de Anacleto que, ignorante de la profesión de su padre, se ve envuelto en su peligrosa vida de un modo totalmente involuntario. Gutiérrez protagoniza alguno de los momentos más descacharrantes del filme, que arrancan verdaderas risas, y ha de decirse que a pesar de su aparente inanidad, el personaje que ha dibujado tiene un sustrato bastante nutricio. Un actor a seguir, muy probablemente.

No obstante, es precisamente aquí donde se echa en falta un poco más de oficio cinematográfico: Ruíz Caldera no parece tener mucho pulso en la dirección de actores, o bien puede decirse que ha dejado al natural desenvolverse de unos cuantos famosetes —Carlos Areces, Berto Romero— la responsabilidad última de la construcción de los personajes, como si su particular gracejo fuera suficiente como para dotarlos de entidad interpretativa. Pero bien pronto se ve que esto no es así, puesto que han de ser los profesionales como Emilio Gutiérrez Caba, Imanol Arias o la propia Rossy de Palma los que saquen en última instancia las castañas del fuego al descuidado realizador para que el sustento actoral no eche por tierra las pretensiones de la película.
Si hemos hablado al principio de Vázquez es porque él mismo —o mejor dicho, su sosías, encarnado por un flojo Carlos Areces que no parece hecho para un papel de malvado—, aparece en la película como el conocido archienemigo de Anacleto. Toda vez que uno no sea un entusiasta de Santiago Segura, cabe preguntarse si el afamado director y protagonista de Torrente no lo hubiera hecho mejor dando vida a un personaje que ya había interpretado una vez, aunque fuese de un modo realista y aparentemente alejado de la supervillanía castiza del genio del crimen.
La sensación que queda después de visionar Anacleto, es la de haber contemplado un sonoro artificio, una enorme perífrasis, una excusa ad-hoc para señalar al sucesor de Imanol Arias en una futura secuela. Si esto es así, sea bienvenida la introducción, y esperemos que la posible saga no desmerezca la primera entrega.
Si al final no resulta serlo, entonces valga este pequeño homenaje al gran Vázquez, que ha visto cómo su persona —quizá cupiera decir incluso que su personaje, ese constructo en torno al cual se idealizó su vida— ha protagonizado ya dos filmes de entidad menor, pero profunda emotividad.
Algo debía tener su tinta cuanto tanto la bendicen.
Escribe Ángel Vallejo
