Violencia y parábola política
Reconozco que no vi en su momento The purge (The purge: La noche de las bestias, 2013) y que tampoco tenía ningún interés a priori por ver esta segunda parte, rebautizada como Anarchy: La noche de las bestias (The purge: Anarchy, 2014).
Pero a veces el cine te da esas sorpresas y, pese a que se vende como un producto de violencia irracional y gratuita, estamos ante una propuesta que bajo el ropaje de peli de pandilleros a lo The Warriors nos ofrece una atractiva parábola política.
Y —como el film de Walter Hill en 1979—, también está pasando muy desapercibida para un público más atento a la propuesta promocional que al contenido ideado por DeMonaco… y eso que el director insiste en sus intenciones hasta dejarlas claras y subrayadas.
Quizá demasiado. Una falta de sutileza que impide que estemos ante una gran obra.
El fantástico y sus mitologías
Una de las vertientes más extendidas del cine fantástico es la que especula con el futuro de la raza humana, usando esa proyección como reflexión sobre el presente.
Desde el expresionismo, pasando por la serie B norteamericana de los años 50 y la crisis de valores en los 70, es un cine que nos habla de la manipulación de las masas (Metrópolis, 1927, de Fritz Lang), del miedo a lo que viene de fuera (La guerra de los mundos, 1953, de Byron Haskin), de las dudas sobre el futuro del ser humano (Soy leyenda, novela de Richard Matheson repetidamente adaptada al cine), de la pérdida de la fe (El exorcista, 1973, de William Friedkin) o de la desintegración de la familia tradicional a manos del progreso (La matanza de Texas, 1974, de Tobe Hooper).
Situaciones extremas en las que el hombre casi nunca sale bien parado.
Films que, tras sus efectos especiales más o menos elaborados y sus miedos atávicos, esconden fábulas sobre la vida, sobre la política, sobre nuestro futuro.
Anarchy: La noche de las bestias participa de esa línea: habla de un futuro donde la violencia es legal una noche al año, gracias a un gobierno que presume de haber reducido la delincuencia mediante esta “purga” anual.
Aunque, lógicamente, el gobierno no dice toda la verdad.
Y la purga no es aleatoria, esconde un objetivo: con nocturnidad y alevosía, como tiene que ser.
La purga no es ese “ojo por ojo” que busca nuestro protagonista, el sargento Leo, un oficial del ejército que quiere vengar, en esta noche en la que todo vale, la muerte de su hijo a manos de un vecino de holgadas finanzas —y no menos holgada tasa de alcohol en la sangre— que logró salir indemne de su atropello por un presunto error judicial.
Ese es el planteamiento simplista del problema: para nuestro experto en armas y también para un público al parecer sólo experto en palomitas y eslóganes promocionales.
Si Anarchy: La noche de las bestias sólo fuera eso transitaríamos por el territorio de Charles Bronson, Harry el sucio y multitud de vengativos justicieros nocturnos, adalides de la Ley del Talión.
Pero no, ya hemos dicho que este tipo de cine fantástico conlleva una segunda lectura. Muchas veces en clave política.

El poder, el poder
Y es que en este film no se purga a cualquiera. Y no mata cualquiera.
Batallones del ejército, con modernas armas y acceso a información privilegiada (incluidas las cámaras de control del tráfico), deambulan por las ciudades para acabar con lo que consideran la escoria humana.
No buscan matar por deporte, ni por venganza.
Buscan acabar con negros, chicanos, inmigrantes, parados e incluso los sin techo que viven en los túneles del metro. En dos palabras: los pobres.
Es hora de ahorrarles presuntos errores de forma a la Justicia.
Matanza indiscriminada de pobres indefensos que no tienen cómo defenderse.
Como Israel en la franja de Gaza, pero con “autorización oficial” al menos una noche al año. Coincidiendo con la llegada de la primavera, que ya se sabe que la sangre altera. O quizá es un símbolo del fin del invierno, con la quema de todo lo viejo para dar paso al nuevo año. Como las Fallas en Valencia.
A ellos se suman los que secuestran indiscriminadamente en las calles, no para matar, sino para vender las víctimas como carne de cañón.
Porque aún hay más.
No sólo el ejército se alía con el gobierno: también las clases más pudientes, cuyos barrios nadie se atreve a atacar.
Quizá porque en el fondo ellos son los únicos que realmente cazan en esta noche. Los demás son simples víctimas.
Blanco humano
Para los ricos —tomados así, en abstracto, como género humano—, esta noche toca jugar a la caza humana.
Una noche para matar por placer. Pobres, naturalmente.
Y pagando, faltaría más. Todo muy legal.
Estamos, efectivamente, en el terreno de El malvado Zaroff (The most dangerous game, 1933, de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack), el mítico film de los años 30 que ya adelantaba que el verdadero lobo para el hombre siempre es el ser humano.
Un film imitado continuamente.
Sin ir más lejos, John Woo hizo un remake sin licencia oficial en su primera aventura norteamericana, con la complicidad de Jean Claude Van Damme: Blanco humano (Hard target, 1993).
En esencia: los ricos pagan por cazar a unos pobres desgraciados que son encerrados en un terreno de juego controlado, donde los anfitriones observan la caza desde un palco VIP protegido por cristales antibalas.
El juego de la vida reducido a un simple y caro espectáculo.
Una parábola elemental, si se quiere, pero efectiva: los ricos cazan por diversión, los pobres huyen… aunque casi nunca logran escapar.
Casi nunca.
Una parábola política
La idea está clara.
Lástima que DeMonaco dude de la eficacia de su propuesta —o de la capacidad del público palomitero actual— y se sienta obligado a explicar su discurso en varias ocasiones. Con palabras, naturalmente.
Como si no estuviera claro. Como si fuéramos tontos.
Incluso se permite introducir un grupo de insurrectos (la mayoría negros y con una equis roja como anagrama) que, a la manera de Malcolm X, clama por la revolución armada.
Su modus operandi (interfiriendo las emisiones oficiales para hacer una guerrilla armada y un llamamiento a la revolución de las masas) recuerda al de Están vivos (They live, 1988), aquella otra elemental pero efectiva parábola política de John Carpenter.
Allí eran extraterrestres disfrazados de ejecutivos, banqueros y políticos.
Aquí son ejecutivos, banqueros y políticos sin necesidad de disfraz.
El amor hacia Carpenter se entiende. Antes de dirigir, DeMonaco escribió algunos guiones, entre ellos Asalto al distrito 13 (2005), una floja actualización del clásico Asalto en la comisaría del distrito 13, primera gran película del director de La noche de Halloween.
Y no es la única referencia cinematográfica que maneja el DeMonaco.
También esa sociedad más o menos secreta que se intuía en Eyes Wide Shut (1999, de Stanley Kubrick) está aquí presente. Pianista incluido. Aunque aquí al pianista no le vendan los ojos: el sexo no debe estar al alcance de cualquiera, la violencia sí.
Pero aquí ya no es el sexo el que mueve a los ricos. Es sencillamente la satisfacción de pisotear a los pobres. Perseguirlos y cazarlos. Un simple deporte. Eso sí, reservado sólo a las clases más exquisitas de la sociedad.
Con todo, ni Kubrick ni Carpenter ni Woo son los mayores inspiradores de esta huida nocturna.
La verdadera semilla se encuentra en un clásico de Walter Hill.

The Warriors
Lo más atractivo del film es ese regreso al hogar, en una sola noche, con encuentros continuos con el lado más oscuro del ser humano.
Una noche. Un grupo que se mueve por la ciudad. Busca un hogar… aunque quizá el hogar, la familia, no existe.
Walter Hill fue zarandeado en su momento porque The Warriors (1979) fue considerada una película de pandilleros sin más. Sí, había una reunión inicial de pandillas. Un líder que era asesinado. Una pandilla injustamente acusada. La búsqueda por toda la ciudad. Y la huida hasta llegar al hogar al amanecer. La playa de Coney Island era ese hogar. Aunque tampoco era un lugar paradisíaco.
Un argumento simple que a primera vista mostraba pandillas en la noche, pero que pronto pasó a convertirse en una cult movie cuando críticos atentos (como el ilustre José Luis Guarner en las páginas de la histórica Fotogramas) descubrieron que tras esa actualización se escondía nada menos que la Anábasis de Jenofonte, con su fábula sobre el regreso al hogar del ejército derrotado: los 10.000 soldados de Ciro el Joven y su fracaso para conquistar Persia.
Y entonces la perspectiva sobre The Warriors cambió.
Aquí también tenemos una noche. La búsqueda de un hogar. Una familia que les cobija. Un grupo de cinco personas que huyen. Con su líder al mando, aunque, signo de los tiempos, esta vez son mayoría las mujeres.
Pero la Familia tampoco es el reducto ideal. El último refugio quizá sea un reflejo evidente de nuestra sociedad. Del odio que todo lo corroe. Y de ahí que esa noche en que todo vale acabe a tiros entre los miembros de la familia de acogida.
No, definitivamente la familia tampoco sale bien parada.
Nuestro protagonista busca vengar la muerte de su hijo, algo que su esposa no lleva demasiado bien. La pareja que le acompaña está a punto de divorciarse y ni el miedo les ayudará a mantenerse unidos. La madre que huye con su hija acaba de asistir a la pérdida de su padre/abuelo, un pobre diablo que ha aceptado ofrecerse como víctima a una familia de ricachones para sacar a su familia de la miseria. Y, en fin, la familia que les acoge, que, literalmente, se liará a tiros entre sí.
No, no hay paz en la familia.
Un mundo muy oscuro el que propone DeMonaco.
Lástima que esos minutos finales se empeñen en endulzar la píldora.
Ese innecesario y tópico epílogo en el que se empeña en explicarnos otra vez el papel del ejército (con ese malo que siempre pierde el tiempo en explicaciones innecesarias… hasta que es muy tarde para su propia salud).
Ese perdón hacia una presunta víctima, intentando demostrar que pese a todo el ser humano es racional y los irracionales son los otros (un final feliz metido con calzador… y poco creíble).
O esa salvación in extremis del protagonista arrepentido de su participación en la purga…
Una simple concesión para almas palomiteras necesitadas de un final feliz. Falso, pero feliz.
La película seguramente debía acabar unos minutos antes, sin tanta luz, con más oscuridad.

Es posible que en ese final feliz tenga algo que ver su productor, Michael Bay, quien se reserva trabajos de dirección en las grandes superproducciones (la serie Transformers) pero bajo el sello Platinum Dunes sigue ofreciendo curiosas muestras de serie B con algo más de mala uva.
Su influencia también se observa por momentos en el uso de la cámara a mano, en esos teleobjetivos con desenfoques y en un cierto estilo de planificar la acción, donde la sangre y el gore se omiten, para insinuar más que mostrar el resultado.
Algo que se agradece.
Como también se agradecen algunas imágenes apabullantes: un autobús incendiado que cruza la calle a toda velocidad, furgonetas donde entran transeúntes que nunca vemos salir, cadáveres que adornan la oscuridad de las calles, planos aéreos de calles vacías, un camión último modelo que al abrir su puerta trasera muestra un psicópata barriendo la calle ametralladora en mano…
O esas máscaras de los esquivos atacantes. Otra vez el terreno de Walter Hill y de John Carpenter. Casi un carnaval. De bestias, naturalmente.
Un atractivo diseño de producción.
Y, para la reflexión, dejamos una idea que también se repite varias veces en el film —y en su publicidad—: como el 4 de julio y otras fechas solemnes, la purga también es una tradición americana de la que los supervivientes se sienten orgullosos.
Es lo que tiene ese país: pronto se lo creen todo y lo pregonan orgullosos a los cuatro vientos.
Aunque en el fondo estemos hablando de una sistemática e incivilizada matanza de vecinos. Vecinos pobres, eso sí.
Sí, ya sé, es sólo una película.
Pero quizá deberían hacérselo mirar.
Escribe Mr. Kaplan
