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Sea benévolo con nosotros
Escribe Ramón I. Rodríguez
Una macabra cuenta atrás de 24 horas sirve de base para recuperar a Robert Langdon (Tom Hanks), especialista en simbología de la Universidad de Harvard, en una película dirigida por Ron Howard. El guión lo firman David Koepp y Akiva Goldsman que lo han adaptado de la novela homónima de Dan Brown.
La trama principal se construye sobre una conjura contra la Iglesia Católica llevada a cabo por una secta cientifista (los Illuminati) que ha encontrado el modo y el momento de vengarse por la persecución a la que fue sometida hace siglos por parte de la Inquisición. Para lograr sus fines, los Illuminati se harán con un contenedor de antimateria (el combustible del Big Bang) para con el destruir el Vaticano, y secuestrarán a cuatro eminentes cardenales a los que amenazarán con la muerte si la Curia de Roma no se pliega a sus exigencias. Todo esto, en el contexto de un Sínodo convocado para la elección de un nuevo Papa.
Teniendo en cuenta que el guión nos revela verdades sin ninguna base racional y con un tempo no siempre acertado, es sobre el trabajo de los actores que descansa la responsabilidad de que los 140 minutos que dura la película sea entretenida, a ratos.
Tom Hanks aborda por segunda vez el papel de Robert Langdom y resuelve con altura las exigencias y carencias del guión. A su lado está Ayelet Zurer encarnando a la doctora Vittoria Vetra, un personaje que no consigue justificar su presencia en la pantalla. Junto a ambos, también en papel protagonista, Ewan McGregor que aborda el papel del quebrantado Camerlengo Patrick McKenna, con fortuna diversa.
Les acompañan en el metraje cuatro secundarios internacionales con personajes planos y hasta cierto punto predecibles: Stellan Skarsgard, encargado de la guardia vaticana; Pierfrancesco Favino, enlace de la policía italiana; Nicolaj Lie Kass (señor Gray) y Armin Mueller-Stahl (Cardenal Strauss). Todos ellos protagonizan argumentos menores preñados de estereotipos que, sin embargo, a veces, son más interesantes que el argumento principal. Además, presentado en forma de caricatura más que de crítica, se le reserva a la prensa un papel secundario que llega a la burla directa contra la CNN, algo nunca suficientemente justificado a lo largo del metraje.
Por otro lado, con un acierto y desarrollo digno de premios y reconocimientos está la labor del director de fotografía (Salvatore Totino) y de los encargados de los decorados: Roma, San Pedro y la obra de Bernini están recreados y mostrados con un verismo y belleza que los convierten los verdaderos protagonistas. Igualmente, la banda sonora (Hans Zimmer) acompaña explicando mejor el argumento que éste. Por contra, los efectos especiales, a fuerza de espectaculares, resultan demasiado forzados para ser veristas.
En fin, un guión que recrea con todo lujo de detalles falaces cómo no es el trabajo del CERN, ni cómo se comporta la Curia Vaticana, ni cómo actúa la policía italiana, ni la guardia suiza. Así, la descripción del contenedor de antimateria no respeta las leyes físicas que conocemos de ésta; el rol que juega el Camerlengo en la elección del Papa es erróneo. Se equivocan en la etimología del vocablo Satán y la naturaleza de sus atributos, así como los plazos para elegir al Papa tras la muerte de su predecesor también están mal reflejados.
Todo ello aderezado con muertes, razonamientos imposibles, asesinos a sueldo, prisas y un Big Bang presentado como si de fuegos artificiales se tratara. Y por si lo anterior no fuera suficiente, la apología de los coches Lancia y Mercedes que usan los buenos, así como la identificación de los malos con la marca Volkswagen es sonrojante.
