Anonymous (1)

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La reina se chupa el dedo, el público no

anonymous-1Roland Emmerich siente algún tipo de oscuro fetichismo por los mitos y la destrucción. Y si no, al menos sabe cómo elegir argumentos que ya sea por su absurdez o controversia arrastran al público a verlos. Este magnetismo hacia al caos posiblemente no sea más que una excusa para darle al espectador medio lo que quiere ver, o más bien, lo que cree que quiere ver. Lo que es definido como un director comercial en esencia.

Aún recuerdo con terror esos aplausos que irrumpieron en la sala de cine tras el final de la proyección de 2012, posiblemente uno de los productos cinematográficos más jaquecosos jamás filmados. 10.000, su chute prehistórico, se alzó como una de las mejores comedias del año además de coronarse como uno de los mayores despropósitos.

Parece evidente que Anonymous, película ambientada en el siglo XVII y que cuestiona la autoría de William Shakespeare, en la que ¡oh, sorpresa! predomina el diálogo, supone una abrupta ruptura con su anterior trabajo. Muchos dicen que es su filme más personal, aunque repasando la filmografía del director alemán (El patriota, Godzilla, El día de mañana) podría decirse que es todo lo contrario. Si su idea de destrucción antes se basaba en hacer añicos alguna emblemática capital estadounidense, con Anonymous la catástrofe se muestra al desmontar las bases de la historia literaria inglesa.

¿Es lícito el aparente escándalo de los medios y los historiadores por la película del catastrofista director? Teniendo en cuenta que la leyenda urbana sobre la verdadera identidad del dramaturgo inglés no la ha inventado el señor Emmerich y que se mueve dentro de los límites de la ficción, parece absurda la polémica. Y más aún cuando la caótica estructura de Anonymous está narrada de una forma tan plana y poco brillante.

La veracidad o no de la historia pasa a un segundo plano. Los obvios intentos de hacer una película profunda y seria que siga los esquemas que triunfan en festivales y galas de premios hacen que este embrollo no se entregue a su propio disparate. Y al no triunfar en su intento de producto serio y tampoco en producto de humor, el resultado es frío, aburrido y de dudoso interés.

Shakespeare como vehículo de un culebrón monárquico

Los líos amorosos en la ficción televisiva están de moda. Los incestos desconocidos y los esquemas pasión/interés de intercambios de saliva podría despertar en el público cierto morbo. El guión de John Orloff que atribuye la verdadera identidad del dramaturgo a Edward De Vere, amante de la reina Isabel, es el vehículo perfecto de Emmerich para mezclar esos rollos en la corte además de soportar esa teoría de falsa identidad literaria.

Rhys Ifans es el actor que da vida al vehículo principal de la película, Edward. Tanto él como el resto del plantel interpretativo es más que eficiente (incluso el a duras penas expresivo Jamie Campbell Bower). El problema es que el desastre de estructura (aparte de esa endeble Estatua de la Libertad de El día de mañana) navega de flashback a flashback y tira porque le toca. Vaivenes constantes entre una trama y otra que no se enlazan tan bien como desearan y que provocan más gestos de sopor que de sorpresa.

En todo este conjunto destacan dos aspectos: la recreación de las representaciones teatrales y Vanessa Redgrave. Ese público de hace unos cuantos siglos de las obras muchas veces se identifica con el propio espectador en la butaca. Esta empatía se extrema cuando ese patio del siglo XVII empieza a arrojar hortalizas y a silbar como unos auténticos descosidos.

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Vanessa Redgrave: lo único verdaderamente brillante

Probablemente el sector femenino sea lo mejor de la película, prácticamente representado por Joely Richardson y la mítica Vanessa Redgrave (vaya si ha llovido desde Blow-up) interpretando respectivamente a una joven y senil reina Isabel I de Inglaterra. Bueno, quizá estoy pasando por alto esa fulana que se agencia nuestro falso Shakespeare (Rafe Spall).

Richardson, que ya trabajó con Emmerich en El patriota y que suele estar siempre desmedida y sobreactuada, se ajusta sorprendentemente bien con un papel que a priori podría quedarle grande. Sin embargo es Redgrave la que se entrega totalmente a una desquiciada y peculiar interpretación que no hace más que ir acentuando su mitificación como actriz (toma Emmerich bonito, más mitos para tu colección).

A destacar tres momentos: su primera aparición y su extremadamente higiénica (no) sonrisa; la escena en la que  es irrumpida en su propia cámara rodeada de todas sus sirvientas y la vemos demoledora pero a la vez atrayentemente vieja, la actriz se entrega no sólo a su actuación sino a su desmejorado aspecto; y por último, a pesar de que el espectador no se chupa el dedo, la reina Isabel I aparentemente sí. Es ese momento en el que Redgrave tiene su dedo índice en la boca mientras mira una hoguera tras hacer un repaso y un importante descubrimiento en su vida sentimental donde se come a bocados gigantescos la pantalla. Esto es cerca del final de la película. A partir de este fotograma, aislado pico en el que la calidad sube, todo vuelve a ir cuesta abajo.

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En definitiva

¿Qué consigue Anonymous? ¿Despertar, que no originar, una polémica sobre uno de los ilustres escritores de la historia? Posiblemente todo aquél que vea la película busque alguna información sobre esa laguna histórica.

Por otra parte, parece que el escaso interés que la última producción del director ha despertado no había sido para nada esperado. Ni esa doble máscara temporal y situacional de la película (el espectador del cine ve cómo unos señores de su tiempo van a una obra de teatro donde se va a hablar de la leyenda de Shakespeare) ni esa mirada penetrante y final al espectador consiguen imponer lo suficiente como para no ser olvidados.

Sin embargo, si algo merece ser rescatado es ese inmenso ejercicio de contención de Roland Emmerich mediante el cual, para una escena de acción y destrucción en la que puede lucirse, nos regala un  precioso fuera de campo con un primer plano de Vanessa Redgrave mirando desde la ventana de su palacio.

¿Explotará esa contención en futuros proyectos apocalípticos marca Roland? Seguiremos informando.

Escribe Juan Bernardo Rodríguez (Mr Jotabe)

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Título Anonymous
Título original Anonymous
Director Roland Emmerich
País y año Reino Unido y Alemania, 2011
Duración 132 minutos
Guión John Orloff
Fotografía Anna J. Foerster
Música Harald Kloser y Thomas Wander
Distribución Sony Pictures Releasing de España
Intérpretes Rhys Ifans, Vanessa Redgrave, Joely Richardson, David Thewlis, Xavier Samuel, Sebastian Armesto, Rafe Spall, Edward Hogg, Jamie Campbell Bower, Sam Reid, Derek Jacobi
Fecha estreno 11/11/2011
Página web http://www.sites.sonypicturesreleasing.es/sites/anonymous_site/