Arco (3)

Published on:

Diálogo entre futuros probables

Arco es el primer largometraje del realizador francés Ugo Bienvenú, que había dirigido varios cortometrajes, algún vídeo musical y un par de series de animación antes de esta película que ha acabado representando a Francia en los Oscar en el apartado de filme de animación.

Sin duda Bienvenú ha debutado a lo grande, y la calidad de Arco la hace merecedora de sinceros elogios: es una película muy agradable de ver y de factura técnica impecable; recupera el placer de la lentitud y el peso de las puras relaciones humanas en narraciones de corte fantástico, sin necesidad de epatar constantemente con el sentido de la maravilla o la acción desenfrenada. La película halla su verdadero tono cuando discurre de forma tranquila, aunque pierde un poco de frescura cuando se abandona al humor forzado o el espectáculo pirotécnico, momentos por lo demás no demasiado abundantes en su desarrollo.

Arco cuenta la historia de dos niños que se conocen accidentalmente, y a través del tiempo, a raíz de la travesura de uno de ellos. La acción se inicia en dos futuros: uno extremadamente remoto, en el que la humanidad parece haber sobrevivido a una catástrofe ecológica y es capaz de trasladarse en el tiempo para recopilar especies vegetales que garanticen su supervivencia; y otro más cercano, en el que la crisis climática parece incipiente e inevitable.

El diálogo a través de las épocas pone de manifiesto los lazos comunes mediados por la universalidad de sentimientos humanos como el amor, la amistad, la responsabilidad y el cuidado, que permanecen más allá de las posibles diferencias de percepción sobre el medio ambiente y la tecnología.

En este último aspecto, y casi de modo paradójico, Bienvenú da a entender que hay una mayor comunión con la naturaleza en las sociedades más avanzadas, que parecen haber comprendido la función de la tecnología como mero elemento auxiliar de la vida humana, que en aquellas que se dejan arrastrar por su carácter omnímodo: allá, en el mundo de Arco apenas se usa para viajar en el tiempo o lograr una mayor integración con el medio ambiente, recurriendo en los demás casos a utensilios tan arcaicos como funcionales; acá se ocupan de funciones educativas, de crianza, policiales, sanitarias…o incluso decorativas: es llamativo ver cómo las plantas que adornan muchos hogares o centros comerciales en el mundo de Iris son burdas proyecciones tridimensionales, incidiendo en un peligroso carácter sustitutivo que puede acabar por deteriorar una relación diádica y necesaria, como antesala de la catástrofe.     

Se ha comparado en ocasiones esta película de Bienvenú con el estilo Miyazaki. Algo de eso hay en un aspecto temático: un estimulante derroche de imaginación futurista, una preocupación ecológica, el absoluto protagonismo de los niños en el desarrollo de la trama —tengan o no aspecto de adultos, como es el caso de los tres hermanos, que no dejan de comportarse de forma infantil—, la ausencia de verdaderos villanos entre los antagonistas, que en realidad se caracterizan como adultos irresponsables o personajes cuya motivación principal no es hacer daño a los protagonistas, sino acaso impedir que lleven a buen término sus planes…

No parece tan adecuado sin embargo aplicar esta similitud al ámbito artístico; si bien es cierto que abundan paisajes naturales y urbanos que se recrean en el detalle, el trazo es completamente distinto: responde más bien a la tradicional línea clara franco-belga que a la acuarela y el gouache del estudio japonés.  

Bienvenú ha entregado una película estéticamente estimulante, bella, sin necesidad de añadir más calificativos. Su parte final compensa ciertas lagunas narrativas, en la medida en que enlaza la conexión de pasado y futuro gracias a los dibujos de la cueva y los proyectos de ciudad del futuro de Iris.

Una película correcta, agradable, de un director joven que sin duda puede dar aún muchas alegría

Se construye así una paradoja temporal que da un poco de fuste intelectual al carácter fundamentalmente emotivo del filme, que pasa de ser una metáfora ecológica a verdadera película de ciencia ficción. Del mismo modo muestra las consecuencias de la desobediencia con la aparición de los padres de Arco en un giro sorpresivo pero coherente, que dota de contenido dramático lo que hasta ahora había sido una bonita y agitada historia de amistad y descubrimiento.

Arco es una película notable, pero aún se halla a una distancia sideral de las mejores producciones de Pixar o Ghibli en el aspecto narrativo: su guión es, en ciertos momentos, muy previsible, y muchos de los tópicos del cine infantil se hallan aquí insertos casi sin variación creativa. Adolece, además, de cierta pereza en la construcción de algunos personajes: el comic relief que se supone protagonizan los tres hermanos resulta las más de las veces cargante; la inexistencia de arco de personaje en Clifford, el compañero de escuela de Iris, hace sentir que es un elemento accesorio, casi un recurso fácil para introducir el tópico del amor desinteresado, que además no tiene un papel en el epílogo del filme.

Una película correcta, agradable, de un director joven que sin duda puede dar aún muchas alegrías: su fecunda imaginación estética, su manejo del subtexto y de la metáfora, compensan su disculpable falta de pericia narrativa: en última instancia, esta es una habilidad que puede ser aprendida o complementada por la de otros guionistas.

Esperemos que tome nota y siga avanzando por el camino de una animación diferente y preciosista, que se disfrute lentamente y con todos los sentidos.

Escribe Ángel Vallejo | Fotos Caramel films