Forza Italia
La forzada convivencia entre elementos antagónicos ha servido de materia prima en innumerables y ancestrales representaciones artísticas, siendo uno de los basamentos de la comedia cinematográfica. La contraposición puede ser individual (hombre-mujer; rico-pobre; guapo-feo…) o colectiva, cuando la disparidad se sustenta en la confrontación de dos idiosincrasias aparentemente inconciliables.
En el caso que nos ocupa, se trata de avivar los rescoldos de incomprensión mutua que todavía laten en los italianos, casi un siglo y medio después de su unificación política; de aventar las brasas de los más acendrados y rancios estereotipos que dividen
El traslado forzoso de un funcionario de correos, servidor y emblema de esa superestructura política con la que se quiere uniformizar las heterogeneidades regionales que constituyen y conforman la península itálica, es el motor de arranque, la coartada, para suscitar la hilaridad en el espectador. Poca gracia tiene la película, por no decir maldita la gracia.
Dos son los motivos fundamentales de la carencia de vis cómica.
En primer lugar, la inanidad de la representación de la italianidad, de lo específico y propio de lo italiano. Ya no se trata aquí de poner en duda un discurso de base esencialista o idealista, ni mucho menos: qué es lo definitoriamente italiano; sino de resaltar la escasa consistencia cinematográfica con que dicha supuesta esencia ha sido representada. Y no será por falta de modelos dentro de la amplísima tradición nacional del propio cine italiano.
En cierto modo, se ha renunciado a la materia prima de primera mano, a los productos naturales de la tierra, en aras de un producto envasado en serie, de un readymade, de una fórmula cuya validez sería universal, pues al fin y al cabo la película responde no ya a una adaptación, remake, relectura, traducción o traslación de otra película, sino a una copia pura y dura de un precedente de origen francés (Bienvenidos al norte) que ha sido literalmente fotocopiado; y que podría seguir siendo fotocopiado por otras cinematografías: la alemana, entre los de Hamburgo frente a los de Munich; la estadounidense, con las incompatibilidades entre este y oeste; la inglesa, la española y así ad libitum.

En segundo lugar, la secuencia que ha de originar el traslado del director de correos, su sustrato picaresco, está tan poco elaborada y resulta tan forzada y falsa, que el resto del guión no sólo no la desmiente, sino que se complace en esa falsedad diegética, siendo lo único forzado que hay en la película, no el traslado del personaje, sino el desarrollo de la historia entera.
Esta falta de tacto con que los personajes son dibujados lastra la narración desde el principio hasta el fin. No hay ni un solo detalle inteligente, ni una sola hilada con destreza: todo es tosco, obscenamente no ya previsible, sino paupérrimo: los destellos del supuesto humor perseguido provocan vergüenza ajena; son dignos, posiblemente, del programa de televisión del que ha sido extraído el actor Alessandro Siani, programa que bate records en la televisión napolitana.
Es decir, manca finézza. Los personajes son tipos, caracterizaciones tenuemente inspiradas en las clásicas comedias italianas: ahí está la tía buena a lo Sofía Loren; el policía, la mamma…, pero sin pizca de la naturalidad y del humor de estos arquetipos de la comedia transalpina; lo dicho: copias hueras, cartón piedra.

No hay ningún tipo de progresión interna y real de los personajes, más allá de las (otra vez) forzadas similitudes que un guión forzado les obliga a adoptar. Repetimos: no se trata de criticar una complacencia, un regodeo en los más manido y trillado, en el gastado estereotipo de lo italiano, sino de evidenciar lo pésimamente que está realizado.
Que se enarbole el argumento de cantidad (¡cinco millones de espectadores en Italia¡) como carta de presentación de la película asusta al abajo firmante. Mamma mia!: esto debe de ser berlusconismo sociológico. Pero, ¡ojo¡, que nadie está libre de él. Una película francesa como El concierto jugaba las mismas bazas con los mismos resultados. O sea, que el berlusconismo es exportable, al menos el cinematográfico.
Para más inri, el guionista es el mismo que el de Gomorra, de Garrone. Analizándolo con un poco de profundidad no es tan extraño. Nos imaginamos que se habrá sentido en la obligación de crear el reverso de la moneda: frente al naturalismo sórdido y engañoso (sí, forzado y falso) de aquélla, contrapone el edulcorado escaparate de un Nápoles que allí escondió. En ambos casos, el punto de partida y de llegada es el mismo: lo falaz revestido de seriedad, en una, y de escaparate cómicamente idealizado e intrascendente, en la otra.

Igual que sucede con el teatro, en donde el público mayoritario busca obras interpretadas por actores de series con éxito televisivas, con el cine se está reproduciendo el mismo fenómeno, al menos en el cine más taquillero y comercial.
Conclusión: más que cine, en la pantalla contemplamos un telefilme, una expansión de la televisión más acomodaticia a otro nicho de mercado. Una sobreexplotación. Sólo resta esperar que se agote pronto, por favor.
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| Título | Bienvenidos al sur |
| Título original | Benvenuti al sud |
| Director | Luca Miniero |
| País y año | Italia, 2010 |
| Duración | 102 minutos |
| Guión | Massimo Gaudioso |
| Fotografía | Paolo Carnera |
| Música | Umberto Scipione |
| Distribución | A Contracorriente Films |
| Intérpretes | Claudio Bisio, Alessandro Siani, Angela Finocchiaro, Valentina Lodovini |
| Fecha estreno | 04/03/2011 |
| Página web | http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/24/bienvenidos-al-sur/ |