Ahí va ese bólido

Bienvenidos a Blindado, un claustrofóbico juego de supervivencia para una persona atrapada en un todoterreno con aparatos tan sofisticados que harían llorar de vergüenza a Elon Musk, e infligiéndole un trauma más que suficiente para hacer resucitar a los mismísimos Freud y Jung. Este thriller urbano no se trata de una batalla del hombre contra la máquina, sino más bien un hombre contra una lección de moralidad impartida por Bluetooth.
El que piense que va a asistir a la proyección de un émulo de Fast & Furious, con su consabida carga de escenas de acción desopilantes y piruetas de vértigo que te dejen boquiabierto se va a equivocar de película. Aquí los códigos fuentes irían más por una mezcla de Llamada perdida y la saga de Saw, pasando por todos aquellos trabajos en los que alguien se queda encerrado en un pequeño espacio y debe inventar lo indecible para salir del apuro. Abróchense los cinturones, porque están a punto de viajar con una víctima involuntaria de una cruel venganza y una víctima puramente accidental.
La trama es aparentemente bastante simple: el ladrón de poca monta Eddie (Bill Skarsgård, que rezuma toda la tristeza maníaca de un hombre cuya vida entera es un lunes por la mañana) roba coches para pagar unas deudas pendientes con una sudadera rosa chillón.
En un último intento por recomponer su deteriorada existencia, se adentra en lo que parece ser el santo grial de los vehículos de lujo abandonados. Desafortunadamente, el todoterreno en cuestión no es una solución mágica para cumplir su objetivo de mitigar los pagos pendientes, sino que se trata de una trampa diseñada a medida por alguien con demasiado tiempo, dinero a espuertas y un inquietante sentido de la justicia poética. William, con la voz de Anthony Hopkins, decide jugar a ser Dios (¿o al diablo?) y transforma el vehículo en una cámara de tortura de retribución moral tapizada en cuero de lujo.
Al principio lo cierto es que la peripecia te atrapa. El coche se convierte en un personaje: frío, elegante, inhumano, lleno de trampas sorprendentes y originales. Un ataúd cerrado donde la comodidad se convierte en una amenaza y el interior apesta a desesperación. Las ventanas no solo reflejan al protagonista presa del pánico por su encierro involuntario, sino que también se burlan de él.
William mientras tanto monologa, dando sermones sobre la desigualdad de clases, la justicia y la venganza. Es la charla TED infernal de un psicópata, aunque algunos dirán que no le falta razón. La palabrería de uno y el afán de supervivencia combinan muy bien, y obliga al espectador a un doble ejercicio de atención sensorial.
Skarsgård usa su vulnerabilidad como otros usan los puños: su mirada suplica, su voz se quiebra y su cuerpo se retuerce en una lenta danza de desesperación. Su Eddie no es ni una caricatura de criminal ni un santo compasivo, sino un hombre profundamente defectuoso y roto que intenta trascender la larga sombra de su pasado. Sientes su sed, su rabia, su humillación. Y aunque no estés seguro de si Eddie te cae bien, te encuentras apoyándolo, aunque solo sea porque la alternativa parece demasiado cruel.
Pero pronto el viaje se vuelve monótono y sentimos que el tanque de ideas se está vaciando y que empezamos a tirar de las reservas. Tras una introducción bastante emocionante, la película empieza a dar vueltas como si transitara una rotonda. Solo se puede extraer una cantidad limitada de tensión de una persona atrapada en un coche, incluso si el vehículo es una máquina de matar.

El guion, como el aire, empieza a escasear. El William de Hopkins sigue siendo principalmente una voz misteriosa, y por un rato resulta divertido verlo filosofar como un Sócrates nihilista de vacaciones, pero los temas se van repitiendo, y acabas por desear que la cosa acabe lo más pronto posible.
La moraleja del filme estriba en que te preguntes si la justicia puede ser «personal» sin caer en el sadismo, si el privilegio puede usarse como arma bajo la apariencia de moralidad. Pero luego lo desdibuja de forma frustrante. Las quejas de William son comprensibles, pero ¿sus métodos? Menos. La película coquetea con la idea de «quizás tenga razón» y luego se acerca demasiado a «quizás los pobres se merecen lo que les viene».
Eddie no solo está atrapado en un coche, sino también en un círculo vicioso de culpa y abuso económico. El coche es una parábola de Estados Unidos: hermoso, inaccesible y equipado con un sistema diseñado no para proteger, sino para castigar. Y el protagonista es cualquiera que crea que puede empezar de cero, solo para darse cuenta, tarde o temprano, de que las reglas del juego las escribieron personas como el personaje al que da vida Anthony Hopkins.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Beta Fiction Spain