Resulta muy fácil ser despiadado con una película que todo el mundo coincide en calificar como un auténtico desatino. Sin embargo, y sin negar lo estrambótico de su guión, lo torpe de su realización y lo bisoño de sus actuaciones (por calificarlas de un modo suave, presumiendo el amateurismo de alguno de sus intérpretes), no podemos dejar de sorprendernos ante la poca mesura y consideración de parte de la crítica con respecto a las condiciones en que se ha sacado adelante esta película: no ya sólo, como adelantaba Mister Arkadín en su crónica, por lo dilatado de su preproducción: una trayectoria desventurada que se ha caracterizado por los cambios de guionista, director, productor y actores principales a lo largo de demasiados años; sino también por la insuficiencia de fondos para llevar a buen término un proyecto del que se exigiría como mínimo, que fuera capaz de garantizar la implicación de los profesionales que lo integran.
Y es esta a mi juicio, la relación de causa y efecto que ha condicionado radicalmente el devenir de la película: si el dinero no llega, los profesionales no cobran y parece lícito que dejen de considerar suyo un trabajo otorgándole una nula atención. De hecho, lo más normal es que un proyecto así nunca acabara de realizarse, y nadie, en su sano juicio, estaría en condiciones de reprochar esa actitud.
Sin embargo, Capitán Trueno ha llegado a estrenarse, lo que en principio abre dos posibilidades: o bien efectivamente los profesionales han cobrado y sencillamente han realizado un trabajo penoso, indigno de sus carreras, o bien no han cobrado y han decidido, a pesar de todo, sacar adelante un proyecto en que lo único comprometido, aparte de su no correspondida profesionalidad, ha sido su amor propio.
Considerando la trayectoria de Antonio Hernández, el director de En la ciudad sin límites, no se entendería bien la primera de las premisas. Tampoco se entendería el lastimoso trabajo interpretativo de algunos actores que por su juventud, tienen una proyección que no pueden permitirse enterrar bajo las toneladas de cochambre que destila este filme.
Más bien pareciera que han antepuesto el cumplimiento de su parte del contrato, a la mancha que supondría una renuncia a seguir trabajando en una película que de por sí debiera tener un encanto acorde con la leyenda de su personaje, y de la que, según se anuncia en los títulos de crédito, puede esperarse una mejor elaborada segunda parte.

Así pues, se me ocurre aventurar una hipótesis para explicar lo pobre del resultado: la película parece haberse concluido por la vía rápida realizando una sola toma de cada escena, lo que ahorraría tiempo, celuloide y, por tanto, dinero, que es lo que faltaba en última instancia.
Sergio Peris Mencheta y Natasha Yarovenko no son actores de relumbrón, pero bien dirigidos pueden cumplir a la perfección con su cometido (de hecho, el papel de Capitán Trueno parece hecho a la medida del primero en lo que respecta a su físico); Ramón Langa muestra que su sola presencia y su voz pueden resultar inquietantes, pero nada de ello es suficiente para realizar un trabajo decente si falta lo más básico: la posibilidad de no hacerlo perfectamente a la primera, y además sin el estímulo de recibir una compensación económica por ello.
No obstante, no podemos dejar de señalar lo obvio: que la película ha resultado un fiasco y que hay aspectos que no se salvan siquiera con la mejor voluntad… ¿Es que no hay actores rubios, o al menos de tez clara en España? ¿Cómo pueden pretender no levantar carcajadas ante el postizo aspecto de Crispín, un morenazo tan mal tintado que deja ver las raíces de su cabello a la mínima ocasión? ¿Y no es más fácil buscar una tranca de madera auténtica, aunque no tenga el aspecto de as de bastos que acudir a un todo a cien para dotar de un arma a Goliat?
Pero sobre todo… ¿era necesario meter un bicharraco infográfico a toda costa, a pesar de no aparecer más de un segundo para cumplir su papel de diavolus ex machina? Porque esta cuestión ya no habla de falta de presupuesto, sino de un guión inconsistente, infantiloide y absolutamente efectista.

Mucho deben mejorar las cosas, si es cierto que como se promete puede haber una secuela que continúe la saga. Material gráfico y literario no falta; tampoco creo que falte talento cinematográfico
El de crítico resulta desolador cuando se comprueba cómo en un día de fiesta la sala de cine se encuentra completamente vacía, a excepción de nuestra sola persona. Es la constatación lamentable de que el mal hacer de ciertos advenedizos, más que la tan socorrida piratería, es lo que mata la pasión por el cine.
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