Cinéfilos (4)

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El amor al cine

La cinefilia es, según mi parecer, más que mera afición al cine, implica amor profundo a este. Ese amor va más allá de la trama o el entretenimiento, involucra la apreciación del lenguaje cinematográfico en su conjunto, los sentimientos y emociones que se crean y cuanto nos conecta con la propia experiencia de visionar cine, sí, visionar, que es ver imágenes desde un punto de vista crítico, reflexivo, técnico.

Un cinéfilo, o amante del cine, es quien disfruta de la experiencia cinematográfica de manera global, integral, valorando los elementos técnicos y artísticos de una obra y, por lo común, compartiendo su pasión con otros de su misma índole. 

Muchas veces he pensado en el origen de la afición por el cine como algo fruto de la educación familiar, escolar, universitaria o de cualquier otro entorno próximo. En mi caso fue así, e igual en otros aficionados que conozco.

Sin embargo, la cinefilia marca un punto de inflexión con este concepto pues se puede ser mero aficionado, a muchas personas les agrada ir al cine, el cine como producto cultural y de pasatiempo. Pero unos pasos más adelante están los amantes al cine, lo que yo llamaría cinéfilo.

Este es un sentimiento creo que mitad conculcado por una familia o madre cinéfila y por una cierta predisposición a quedar embobado con las imágenes que se proyectan en la pantalla de una sala oscura, atraído por una intimidad poética con la cinta, una forma de simbiosis con todo cuanto rodea al cine.

El amor es un escalón cualitativamente superior al gusto por algo. Una cosa es sentir gusto o agrado por una persona y otra cosa es amarla, aspecto este más complejo y apenas bien desvelado por filósofos, psicólogos o poetas. Pues en el amor al otro, hay elementos de uno que, inconscientemente, se captan o aprehenden en ese otro. E incluso elementos que uno pone en el otro, lo cual que deja de ser «otro» para ser «sí mismo».

Por eso esta película me ha parecido tan interesante, porque amar el cine es tener la sana vivencia de que en la gran pantalla uno aprehende aspectos o partes que estando en uno revierten y, junto con la película, también se proyectan en la pantalla e incluso con posterioridad, se reintroyectan, haciéndose imposible distinguir la línea entre la imagen en movimiento proyectada, las vivencias derivadas y uno mismo.

La película

Presentada como proyección especial en Cannes este año, estamos ante una emotiva cinta, por cuanto abraza a la comunidad que se forma en un cine una vez que las luces se apagan y las imágenes proyectadas en la pantalla la transporta a otro lugar.

Esta ficción documental novelesca de Desplechin está llena de referencias cinematográficas y literarias. Cada una de ellas con un toque extraordinariamente certero e inteligente: los espectadores de las imágenes importan más que sus creadores.

Según Marshall McLuhan, las películas son un fenómeno dentro de su teoría de los medios de comunicación novedosos. Subrayaba McLuhan la riqueza sensorial que convierte las películas en una experiencia cautivadora y total que apenas requiere de la participación del espectador. Basta con tomar asiento en la penumbra de la sala, con poca apenas participación del público. Y a esperar que la magia nos inunde.

El director de este documento, Arnaud Desplechin, participa de la magia como elemento esencial del cine, pero en esta docuficción le da un enfoque distinto: el espectador es pieza sustancial de la experiencia.

En esta obra rebosante de genuino amor cinéfilo, se citan y aparecen docenas de películas (más de cincuenta), en un torrente de recortes, reflexiones, filosofía y también recuerdos.

Pero a diferencia de otros ensayos cinematográficos, no se mencionan autores, tampoco hay títulos en pantalla que identifiquen los fragmentos. Lo que importa no son los directores o el reparto de estas películas, sino los entusiastas espectadores, o sea, cuantos disfrutamos del cine en salas de cine.

El director se muestra entusiasta sobre las películas de las que hablamos y discutimos como iguales, de manera democrática y amigable. La acogida que Desplechin le da al público es el de un grupo del que él forma parte, lo cual se refleja en cada episodio del vibrante prisma de esta cinta.

Hay una secuencia que muestra entrevistas con cinéfilos anónimos, sentados frente a un fondo blanco plateado, respondiendo preguntas sobre la primera película que recuerdan haber visto, la más aterradora o las que han visto más de una vez.

Refieren también estos cinéfilos si lloran en el cine e incluso, algo poco tenido en cuenta, dónde les gusta sentarse en la sala. En cuanto a las razones de ver cine un hombre responde: «Voy a vivir lo que no puedo vivir». Respuesta simpar.

Hay en el metraje tintes autobiográficos y debates sobre teoría cinematográfica, con un discurso guiado por la voz en off de Desplechin y su colaborador Mathieu Amalric. Está dividida en capítulos, y los cortes son nítidos y rápidos saltos temporales. La fotografía de Noé Bach posee una belleza onírica, a la altura de la elegante banda sonora de Grégoire Hetzel.

Hay referentes familiares del movimiento de Muybridge, el kinetoscopio de Edison, la revolución de los Lumière, las 24 verdades por segundo de Godard. Incluso el reconocimiento de que «Estados Unidos inventó las primeras películas», aunque rápidamente, plan chauvinista (digo yo), Desplechin añade: «Francia descubrió el cine».

Vemos debates diversos sobre el espectáculo, las reflexiones cinematográficas del filósofo Stanley Cavell y las observaciones del crítico André Bazin. Pero no estamos ante un filme de teoría. Más bien es un recorrido personal por la historia de una vida cinéfila.

Desplechin se mueve entre la ficción y la realidad para explorar la fluidez con la que el gran cine las diluye

Ficción, realidad y la experiencia del espectador

Desplechin se mueve entre las capas de la ficción y la realidad para explorar la fluidez con la que el gran cine, y nuestra participación en él, diluye las fronteras entre ambas. La propia relación de Desplechin con el cine se refleja en la narración de su personaje recurrente, Paul Dédalus. Recuerdos, ficción y descubrimientos se entrelazan en un flujo caudaloso de imágenes cinematográficas.

Dédalus, en alusión al alter ego de James Joyce en Ulises, es un dispositivo de distanciamiento, un sustituto ficticio del propio director y un hombre común con el que cualquier miembro de la audiencia puede identificarse.

Amalric aparece en las esquinas del marco de Desplechin, brindando una voz en off introductoria y haciendo un cameo en la conclusión de la película; en cambio, Paul es interpretado como un niño (Louis Birman), un adolescente (Milo Machado-Graner), en sus veinte (Sam Chemoul) y en sus treinta (Salif Cissé), en cada edad reflexionando sobre las experiencias personales que habitan en la condición de espectador.

En una de las primeras escenas, Paul, de seis años, y su hermana menor (Flavie Dachi) se estrenan en el cine de la mano de su abuela (Françoise Lebrun) para ver Fantômas. Tan pronto como comienza la película, el niño queda encandilado por el haz de luz que emana de la cabina de proyección.

En otra, Paul, ya con 14 años viaja a Lille y miente sobre su edad para ver Gritos y susurros, y Desplechin, al comenzar su escena en la pantalla, hace un paneo hacia el público para capturar la película desde el punto de vista atónito de Paul. Un visionado que cambia la vida de Paul, con aquellos grandes rostros femeninos bergmanianos en la pantalla.

Desplechin y la fotografía de Bach le confieren a las escenas y a los escenarios un cálido resplandor ambarino, que trasfiere el romance de ir al cine, y subraya cuán ligados están nuestros recuerdos de experiencias visuales específicas, a nuestros recuerdos de infancia y juventud (y viceversa), lo cual confirmo desde mí mismo.

Con digresiones más académicas sobre teorías del realismo, a través de las ontologías del cine de Bazin y Cavell, así como un largo diálogo entre Desplechin y la crítica literaria Shoshanna Felman sobre los actos de atestiguación y testimonio en Shoah, de Claude Lanzmann, Cinéfilos evita la autocomplacencia y, en cambio, con seriedad y turbación, refleja el sentido de Desplechin, de su sí mismo, como espectador de toda la vida, en busca del significado entre él y la pantalla grande.

Desplechin, a sus 63 años, tiene una buena edad para hacer revisión y retrospección

Haciendo repaso

Desplechin, a sus 63 años, tiene una buena edad para hacer revisión y retrospección, indagaciones que son importantes en su filmografía. Dédalus, su alter ego, proporciona un hilo conductor. El personaje (interpretado previamente en dos ocasiones por Amalric) se encarna en diferentes edades.

Desplechin nos pone delante a Paul, de 6 años, fascinado por Recuerda (Hitchcock) en el televisor de su familia, sin mencionar Dies irae (Carl Theodore Dreyer), a quien su padre (Jeremy Zylberberg) declara el mejor cineasta de siempre jamás.

Cuando su abuela lo lleva al cine por vez primera, está tan sugestionado con cuanto le rodea, que se queda mirando la luz que sale de la cabina de proyección, confundiéndolo con lo que hay en la pantalla; y por supuesto se enoja terriblemente cuando su hermana, quiere marcharse a toda prisa, aterrorizada por Fantômas.

El adolescente Paul, interpretado con aplomo por Machado-Graner, subraya su fascinación por el séptimo arte al dirigir un club de cine en la escuela. Como proyeccionista, es una especie de mago que evoca mundos nuevos, incluso aunque no los conozca. En un punto se hace pasar por más mayor para acceder a visionar, como ya he apuntado, Gritos y susurros; la taquillera le advierte: «¡Te vas a aburrir!»; nada más lejos de la realidad.

A propósito, quiero señalar que cuando yo vi esta película de Ingmar Bergman, en 1972, siendo estudiante universitario, recuerdo que un sujeto sentado delante no paraba de resoplar con estridencia, por lo que le pedí que se comportara (entonces el acomodador tenía, caso de necesidad, autoridad). O sea, ese sí se aburría y exasperaba.

Para un joven adulto, admirador de Francis Ford Coppola, el cine independiente es el lugar ideal; se acompaña de un libro del periodista guionista americano Ring Lardner y somos testigos de un cándido triángulo amoroso con dos amigas (Marilou Poujardieu, Salomé Rose Stein).

Para Paul, interpretado por un aspirante a director por Cissé, un encuentro casual con un cineasta (el narrador Amalric, que aparece en pantalla) es una señal del destino.

Hay también guiños de Desplechin al pasado, incluyendo homenajes a figuras fallecidas que admiraba: la actriz Misty Upham, a quien compara con Marilyn Monroe, y el cineasta Claude Lanzmann, a quien coloca a nivel de Picasso por su reinvención del medio.

Cerca de cuarenta años después de ver el documental de Lanzmann sobre el Holocausto (566 minutos), Desplechin visita Israel para agradecer a la crítica Shoshana Felman su artículo sobre la película. Discuten la experiencia de ver Shoah en una conversación amigable desprovista de dogmas.

La filósofa Sandra Laugier también interviene en una escena de ficción con la actriz Olga Milshtein y Desplechin, y mantiene otra entrevista con el cineasta Kent Jones en Nueva York.

Para nuestro director, el cine, más que una respuesta, es pregunta, y su sinceridad resulta conmovedora en su prudente disputa con expertos consagrados.

Pero el corazón de esta obra se resume en el apasionado testimonio de una preadolescente, una de las entrevistadas sentada frente a esa pared blanca y vacía. Experta en West Side Story antes de ver el remake de Spielberg, se sorprendió al descubrir que la película no solo la conmovió, sino que le cambió la vida, siendo que, por primera vez, quiso escribir musicales.

La película sigue a Paul Dédalus (al propio director), desde su infancia hasta convertirse en cineasta

Cierre

La película sigue a Paul Dédalus (al propio director), desde su infancia hasta convertirse en cineasta. Se articula como un viaje emocional y filosófico por su vida a través de sus recuerdos, descubrimientos cinematográficos y reflexiones personales.

Encuentros con grandes obras como Gritos y susurros, de Bergman, o Los cuatrocientos golpes, de Truffaut, construyen una narrativa que celebra el acto de mirar cine como experiencia transformadora, como refugio, como espejo y también como acto de resistencia.

Entre sus características principales cabe señalar que es una película que fusiona géneros, combinando ensayo, documental y ficción en una estructura inspirada en Wes Anderson: cada personaje es presentado antes de su segmento, lo que da a la película un aire de álbum visual, casi como una colección de estampas que juntas forman un retrato íntimo del espectador apasionado.

Es una narración personal y universal donde su director utiliza su personaje para reflexionar sobre el cine como arte, memoria y como firmeza cultural. Ello con un estilo visual libre, filmada sin trípode, inspirada por el movimiento de cámara en Melancolía, de Lars von Trier. Esto da a la película una sensación de libertad y espontaneidad, como si estuviéramos dentro de los recuerdos del protagonista.

Hay que señalar también que contiene fragmentos de 55 películas, incluyendo escenas de clásicos y éxitos comerciales, tras un complejo proceso de compilación y de negociación de derechos de autor.

Sus temas centrales son:

—El protagonista es el espectador. La película no trata sobre cineastas, sino sobre quienes miran. Es una reivindicación del espectador como figura activa, como creador de sentido.

—Un estilo vital llamado cinefilia. Porque el amor al cine no es sólo pasión, sino una forma de estar en el mundo, de construir vínculos, de resistir el olvido.

—El cine como repertorio personal y archivo emocional. Cada película vista, como sabemos, es un recuerdo, una emoción, una etapa vital.

Si eres amante del cine, Cinéfilos no solo te hará reflexionar sobre tu propia historia como espectador, sino que te recordará por qué las salas oscuras siguen siendo espacios mágicos. Es una obra que celebra el cine en todas sus formas: como arte, como memoria y como comunidad.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin