La venganza del antihéroe

En 2022, y tras varios tropiezos en taquilla, Warner Bros. anunció a James Gunn como CEO de los recién creados DC Studios, otorgándole plenos poderes y el liderazgo necesario para reiniciar el universo cinematográfico de esta franquicia de superhéroes.
Tras este anuncio, llegaron a la cartelera títulos como Superman (en su nuevo reboot) o Supergirl, cintas coloridas, edulcoradas y con la intención de llegar a todos los públicos en forma de blockbuster familiar.
Sin embargo, Clayface, aunque supervisada por Gunn, rompe por completo esa línea colorida. Bajo la magistral dirección de James Watkins, la cinta ofrece una propuesta mucho más adulta, oscura y profunda que se aleja radicalmente del camino trazado anteriormente.
Clayface es un villano del universo de Batman, creado originalmente en los años 40 como antagonista del Hombre Murciélago.
En los cómics, el personaje ha tenido diferentes encarnaciones y reinicios; de hecho, la versión de esta película es una fusión entre dos de las más populares: Basil Karlo —un actor de cine mudo que enloqueció al ser sustituido en un remake— y Matt Hagen, creado en los años 60 y cuya faceta, de la que más bebe la cinta, alcanzó una gran repercusión en la mítica Batman: La serie animada de los años 90.
La cinta de Watkins, apoyada por un sólido guion de Mike Flanagan y Hossein Amini, toma la versión más oscura de la fusión de ambos personajes del cómic y presenta a un Matt Hagen interpretado por Tom Rhys Harries.
El protagonista, un famoso actor en auge, es atacado y desfigurado por la mafia; desesperado, recurre a un peligroso tratamiento celular para recuperar su rostro, pero la exposición a este experimento le otorgará unos sombríos poderes.
El sello autoral de Watkins se hace evidente en esta versión del villano: a pesar de tratar sobre un antihéroe de cómic, la cinta habla con voz propia a través de una violencia cruel y una tensión psicológica inconfundible del cineasta, de las cuales ya había dado una buena dosis en las perturbadoras Eden Lake (2008) y No hables con extraños (2024). Así, el director muestra cómo la caída a los abismos del protagonista puede hacer relucir ese «monstruo» que quizás todos llevamos dentro.
La oscuridad de Gotham
Otra característica claramente diferenciadora de lo visto hasta ahora bajo la visión de Gunn es la atmósfera oscura y tenebrosa en la que está ambientada la película. Para ello, el director sumerge al espectador en una fotografía de claroscuros que recrea a la perfección la Gotham más tenebrosa de los cómics: un lugar inhóspito, con laberintos sucios y hostiles que envuelven la trama en una ciudad asfixiante.
Esta sensación se intensifica al contemplar cómo el mal (representado por la mafia y los corruptos estamentos oficiales) campa a sus anchas y, esta vez, el Caballero Oscuro no aparece para contrarrestarlo.
Si bien el cine perturbador de Watkins inunda la propuesta, la influencia e inspiración de otros títulos cinematográficos ejerce también un peso importante en este Clayface. El caso más representativo es la obra de culto Darkman, de Sam Raimi (1990): ambas comparten a ese protagonista herido físicamente cuyas secuelas van más allá de la carne y se cuelan en su psique, corrompiendo por dentro al individuo hasta convertirlo en un ser despiadado sediento de venganza.

Es en este punto donde el relato interroga directamente al espectador: el monstruo deja de dar miedo y se empieza a empatizar con él. El público toma partido porque Hagen ejecuta una venganza justa contra una sociedad maquiavélica que consiente que el mal camine a sus anchas y ejerza su tiranía sobre el inocente.
En este debate moral es donde Clayface funciona de maravilla: es un monstruo, pero su castigo resulta comprensible. Esa lucha interior entre el bien y el mal traspasa la pantalla y plantea un dilema incómodo.
Una segunda y profunda idea que aborda la cinta es el anhelo universal de querer, en muchas ocasiones, ser otra persona; el deseo de huir de nuestra piel o de nuestras obligaciones en momentos de crisis para vivir otras vidas que, a nuestro parecer, nos merecemos.
Hagen ve cómo su existencia se ha derrumbado: su carrera de actor, sus amistades y todo lo construido hasta ahora le ha sido arrebatado. Este declive de la persona física y de su espíritu es recogido de forma sublime por James Watkins, quien retrata dicho anhelo en el protagonista a través de una dirección milimétrica y unos encuadres de cámara realizados con precisión durante las diferentes metamorfosis de Hagen con los rostros de las personas que utiliza en sus suplantaciones.
Si bien en un primer momento el alivio de adquirir sus poderes le sirve de balsa mientras va consumando su venganza, a medida que transcurre el tiempo contempla cómo a su alrededor solo ha construido más destrucción y oscuridad. Esta cruda verdad lo hará enloquecer por completo, permitiendo que el monstruo se apodere definitivamente de la persona.

Esperando al Hombre Murciélago
En conclusión, la película es un compendio muy bien hilvanado de thriller psicológico, body horror y escenas de gore magníficamente recreadas, todo ello respaldado por una carga moral muy interesante.
Lo más importante es que rinde un respetuoso tributo al cómic, logrando una interpretación sensacional del villano de Batman gracias al brillante trabajo físico y dramático de Tom Rhys Harries, quien convive a la perfección con las dos caras del personaje: su faceta humana y el rostro más oscuro del monstruo.
Además, la cinta deja un final abierto y posiciona al personaje para futuras películas como el conductor idóneo para transmitir los horrores y la oscuridad de Gotham.
De este modo, servirá de fantástico «telonero» para la llegada oficial del Caballero Oscuro en este reinicio del universo DC a cargo de Gunn.
Escribe José María Morán | Fotos Warner Bros.