Una historia de violencia

Hay una pregunta que esperaba ver contestada cuando me enteré de que, por fin y después de múltiples vicisitudes, esta película iba a estrenarse en cines.
Esa pregunta, que muchos jóvenes que crecimos divirtiéndonos con los Looney Tunes a lo largo de muchas generaciones nos hacíamos, era más o menos la siguiente: ¿Por qué tendíamos a simpatizar con el Coyote y notábamos que nos caía mal el Correcaminos, cuando se supone que uno era el villano que quería devorar al otro? ¿Por qué ese supuesto villano es el primero en poseer película propia, antes que el héroe, como si la propia industria confirmara nuestra sospecha de que él era el verdadero protagonista y el Correcaminos el antagonista, para sacar tajada de esa competencia eterna?
Intuyo que inconscientemente detestábamos al Correcaminos porque siempre se salía con la suya y porque este incontestable y recurrente triunfo sobre el Coyote respondía a razones injustas.
En primer lugar, el Correcaminos solo hacía una cosa: correr y correr; no se preocupaba de pensar en cómo escapar del Coyote, no se esforzaba en que las cosas le salieran mal a su perseguidor. Su mérito era exclusivamente debido a su velocidad, y no a su ingenio. Además, tanto la suerte como incluso las leyes de la física parecían confabularse en su favor para contrariar al Coyote.
El Coyote, sin embargo, era esforzado y ocurrente, y su motivación era el hambre. Nos compadecíamos de la injusticia metafísica de su fracaso eterno, bajo toda circunstancia y en toda ocasión, mientras que despreciábamos al que siempre triunfaba sin despeinarse. El Correcaminos se nos aparecía, en fin, como un privilegiado.
Esta película viene a modular esa antipatía por el Correcaminos y a reforzar nuestra estima sobre el Coyote, sugiriendo que, en realidad, muchas de las desgracias del último eran debidas a un tercer actor interpuesto, ACME, paradigma de los grandes poderes empresariales que se aprovechaba de la rivalidad natural de los dos contendientes.
Uno no puede dejar de apreciar la ironía de que, precisamente merced a esos poderes, esta película estuviese a punto de no ver la luz, porque la Warner prefería perder treinta millones de dólares a arriesgarse a promocionar un producto que quizá no recuperase en taquilla la inversión inicial.
Tan solo el clamor popular y la arriesgada apuesta de alguna distribuidora menor –Ketchup Entertainment y en España Beta fiction–, han conseguido que podamos verla en salas y disfrutar con esta paradójica historia del cine reflejada en el cine.
Técnicamente, la película no va más allá de lo que podríamos considerar un híbrido entre una comedia blanca –eso sí, con abundantísimos injertos de slapstick, típicos de las caricaturas animadas de Warner, con algún que otro detalle de las buddy movies– y una película de juicios. Desde un punto de vista narrativo, abusa a veces de ciertos clichés y lugares comunes, mostrándose casi previsible en la escaleta y en la resolución del conflicto
Sin embargo, es de reseñar su capacidad para realizar, con esos mismos clichés, un ácido retrato de la sociedad norteamericana merced a los riquísimos recursos que le proporciona el elenco de personajes de los Looney Tunes. Estos se hallan tan perfectamente integrados –de un modo gráfico y estético, pero sobre todo argumental– que dotan de una profundidad notable a una historia en principio bastante sencilla.
Y es que, en este sentido, la importancia del subtexto se hace notar en dos niveles diferenciados que parecen tener muy distintos objetivos; en primer lugar, un caricaturesco pero muy acertado retrato de los tipos humanos que han germinado gracias a la sobredimensionada cultura de la demanda judicial estadounidense: Kevin Avery, el protagonista, es un picapleitos que apenas aspira a firmar y cobrar múltiples demandas presentadas contra corporaciones gigantescas que prefieren pagar minucias a verse implicadas en juicios mediáticos. Es el ciudadano acrítico y acomodaticio que vive de inercias, sin ambición y sin objetivos, y sin interés en salir de su zona de confort.

Su némesis es Buddy Crane –por cierto, interpretado por un John Cena que muestra ciertas cualidades como actor–, un brillante abogado sin escrúpulos que ha escalado hasta lo más alto del escalafón precisamente por atesorar, sin medida, las cualidades que le faltan a Kevin. Entre medias se halla Paige, sobrina de Avery que representa el mérito y el esfuerzo sazonado con el desinterés económico y el compromiso ético, la más noble aspiración del ideal estadounidense encarnado, como no podría ser de otra manera si atendemos a la casuística real, por una persona asiática.
Alrededor de estos personajes principales encontramos ejecutivos pelotas, administrativas hedonistas, e incluso abogados sensatos que le recuerdan al jefe el estado real de las cosas.
Pero, en segundo lugar, la película profundiza también en aspectos más siniestros y menos risibles de la estructura ético-económica de la sociedad de consumo: con una habilidad notable para retratar, recurriendo a la ya mencionada riqueza simbólica de los dibujos animados, el mecanismo despiadado del mercado.
En este sentido, la película se centra en mostrar tanto la arquitectura mercadotécnica de las grandes empresas como su impacto en los consumidores: de aquella muestra cómo sus gerifaltes tratan a sus propios empleados como pura mercancía, cuando no como ganado sacrificial; de esta, en qué medida el mejor cliente debe ser transformado en un adicto a sus productos.

Cualquiera puede ser capaz de ver cómo esta crítica, bien que suavizada por el trazo amable de los dibujos animados, apunta directamente al corazón de la industria alimentaria o cosmética que experimenta con animales o, en otro aspecto, a las grandes empresas tecnológicas que viven de la adicción a la adrenalina que generan los videojuegos y el scroll infinito que nos mantiene pegados a las pantallas.
Pero hay un aspecto que me ha llamado la atención: hay un componente ético muy importante que apenas queda sugerido, pero que constituye en mi opinión uno de los centros de gravedad de la película: la necesidad de marcarse objetivos y fines vitales, ese motor de una sociedad dinámica que acaba por constituir, en la accidentada historia del filme, la más acerada crítica a los jefes acomodaticios, las administrativas hedónicas o los ejecutivos despiadados.
En el primer aspecto por su ausencia, puesto que tanto Avery como Dottie Jones, la administrativa, carecen de ellos: Avery se deja llevar por la rutina de los pequeños casos y Jones solo piensa en el ocio de baja intensidad. En el segundo aspecto, por lo equivocado de los mismos: Buddie Crane solo piensa en el triunfo y en el dinero, a ser posible aplastando a sus rivales. Que su papel sea interpretado por un luchador de la WWE es tan acertado como que Paige, la sobrina de Avery, sea asiática.
Esto no pasaría de ser una caracterización típica, pero lo enigmático acontece cuando reparamos en que el proyecto de ACME se denomina Sísifo y nos damos cuenta de que, metafísicamente, y casi como una inversión de la paradoja de Aquiles y la Tortuga, el Coyote nunca será capaz alcanzar al Correcaminos.
Este enigma plantea varias cuestiones, que se responden en la película de modo suficiente, pero nunca absolutamente satisfactorio: ¿Acaso el Coyote tiene una finalidad vital sin término posible? ¿El Correcaminos solo puede aspirar a huir eternamente? ¿Puede escapar el Coyote a su compulsión? ¿Es por esta impotencia que lo obsesiona que podamos a llegar a considerarlo por un momento el villano, o solo es que lo han dibujado así?

La película, ya lo he sugerido antes, solventa esto de un modo elegante y por cierto bastante emotivo: el Coyote y el Correcaminos se necesitan mutuamente, y esto acaba por florecer en un extraño tipo de amistad.
Sin embargo, queda abierta la cuestión del determinismo ontológico de cada ser, y la injusta y casi cruel forma de existencia de unos dibujos animados, que, careciendo de aquello que denominamos libre albedrío, han sido creados solo para servirnos y entretenernos.
O quizá es que, como dirían los estoicos y Spinoza, la felicidad depende de que comprendamos las inquebrantables y eternas leyes de la naturaleza, para poder aceptarlas y con ello liberar nuestra mente del miedo y el sufrimiento que producen la incertidumbre y la impotencia.
Parece que el Coyote y el Correcaminos han acabado por comprenderlo: quien no se arriesga no gana; aunque uno esté casi siempre condenado a perder, resignarse es un fracaso mayor que no intentar alcanzar una meta en apariencia imposible.
La cuestión es si la Warner, Ketchup mediante, lo ha comprendido también.
Escribe Ángel Vallejo | Fotos Beta Fiction Spain