Un espectáculo cargado de adrenalina

Son ya una parte fija de la cartelera cinematográfica: las películas anuales protagonizadas por el maestro Detective Conan, personaje creado por Gosho Aoyama.
Aunque cabría pensar que, más de 30 años después de la publicación del primer volumen del manga, la demanda acabaría por saciarse, nada más lejos de la realidad: tanto la versión impresa como la animada continúan su curso sin pausa.
El año pasado, Detective Conan: One-eyed Flashback nos llevó a las montañas nevadas, escenario de extraños sucesos y de un atentado a traición. Ahora llega la siguiente entrega de la saga, que supone la vigesimonovena película de este héroe incombustible. Y, al menos en un principio, todo apunta a que estamos ante un nuevo caso de misterio en provincias, con individuos sospechosos acechando entre las sombras.
En principio, Conan y sus amigos iban a disfrutar del festival de motociclismo en Kanagawa. Sin embargo, de camino allí viven un encuentro inquietante cuando aparece una moto negra que circula a toda velocidad y sin control. La agente de tráfico Chihaya Hagiwara, una motociclista excepcional, sigue muy de cerca al desconocido.
No será la última vez que los chicos se vean involucrados con esta moto, ya que vuelve a aparecer en otro lugar causando el caos. Mientras la policía intenta atrapar al responsable, Conan se pone manos a la obra para desvelar el misterio que se esconde tras el asunto…
Detective Conan: El ángel caído de la carretera es una película que transcurre principalmente en ruta. La persecución inicial es solo un anticipo de todo lo que sucede a lo largo de sus 110 minutos. Casi todo gira en torno a las motocicletas. Si bien en algún momento se menciona un atentado con bomba que resultó mortal, se trata de un hecho previo que, aunque repercute en el presente, no se aborda en profundidad.
Al principio, esto resulta desconcertante, ya que un conductor temerario, por muy molesto que sea, no está al mismo nivel que los asesinos a los que Conan suele enfrentarse. Más adelante sí se producen asesinatos, pero en menor medida. A diferencia de muchas entregas de esta interminable saga, esta película no se centra tanto en descubrir al culpable; más bien, uno se pregunta de qué trata realmente la trama. Eso sí, hay enigmas, y la historia da varios giros inesperados.
La película aborda temas ciertamente actuales. Aunque no conviene desvelar demasiado, la trama gira una vez más en torno a los peligros de la tecnología y a individuos capaces de cualquier atrocidad por dinero. Para aportar un toque más humano, se introduce además a una agente de tráfico que llora la muerte de su hermano.
Como suele ocurrir, la historia está algo sobrecargada: intervienen demasiados personajes que, en realidad, no tienen ninguna relación con la trama. Por otra parte, tampoco es que sea imprescindible seguir el hilo de la historia al detalle; lo que se nos presenta no resulta precisamente verosímil. Pero eso es algo habitual en las películas de esta saga: sus argumentos siempre pecan de exagerados.
Que esta entrega resulte más interesante de ver se debe, en gran medida, a su ejecución. En particular, las escenas en las que los personajes recorren la zona a toda velocidad en sus motocicletas son realmente espectaculares. En general, el filme destaca por su buen acabado visual.
Si bien durante mucho tiempo las películas no pasaban de ser episodios televisivos alargados, últimamente se ha invertido más en el apartado estético. El estudio de animación TMS ha logrado secuencias visualmente muy atractivas, tanto en lo que respecta a los fondos como a la calidad técnica. Es una lástima que la historia no haya mejorado, pero aun así la película ofrece un entretenimiento bastante aceptable.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Alfa Pictures